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miércoles, 30 de abril de 2014

Algo sobre los niños que participaron en la Guerra de Independencia.

    Tuvieron que pasar doscientos años para que la memoria colectiva de México anotara en ella los nombres de las mujeres que participaron activamente en la Insurgencia. Intentos se hicieron durante las Fiestas del Centenario para sacar a la luz los nombres de muchas de ellas. En este Bicentenario salieron muchos más nombres de mujeres que se encontraban en el anonimato. Pero de los niños poco se sabe, fuera de Narciso Mendoza, a quien en Cuautla, Morelos, se le recuerda con este monumento y el célebre pasaje del "Niño Artillero".

    Otro pasaje de la Historia, ocurrido durante la guerra de Independencia lo encontramos con otro niño, Luis Moreno Pérez, hijo de Pedro Moreno y Rita Pérez. A él se le recuerda en Lagos de Moreno, Jalisco con este monumento, él murió a los 14 años en uno de los crueles pasajes de la guerra, conocidos como el Fuerte del Sombrero. Sobre sus hermanas, niñas también, puedes leer más aquí.

Rita Perez, su madre, "junto con sus hijos padeció los horrores de la guerra. En 1813, su hija María Guadalupe, fue hecha prisionera por un jefe realista para servicio de la monarquía española. Sufrió la pena de ver morir a su hijo de quince años Luis Moreno el 10 de marzo de 1817 mientras combatía a las tropas realistas en el combate. Rita Pérez de Moreno en estado de preñez y sus pequeños hijos: Josefa, Luisa, Severiano y Prudencia son tomados prisioneros por los realistas el 19 de agosto de 1817 durante el ataque de los realistas al Fuerte del Sombrero y lograron huir Javier Mina y Pedro Moreno entre otros. (Wikipedia)

  Y es allí en esa comunidad del municipio de San Felipe, Guanajuato, que se le levantó recientemente, en Marzo de 2014, este monumento a Luis Moreno Pérez. En las trágicas páginas de la Historia de la Independencia de México se anota un oscuro pasaje conocido como el de Las Mujeres de Pénjamo, en el que fueron muchos los niños muertos, sea por enfermedad que por inanición, a ellos será bueno recordarlos también.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Víctor Rosales, caudillo zacatecano de la Independencia


Recuerdo que hace algunos meses, cuando fue la exhumación de los restos de los Insurgentes que reposan en la Columna de la Independencia se mencionó un nombre que era el menos conocido, por no decir que desconocidos para muchos, el de Víctor Rosales. Ahora que estamos haciendo este recorrido por las estelas de Cabeza de Águila y vamos cruzando por lo que era, en aquella época, parte de la Intendencia de Guadalajara y que actualmente es el sur del estado de Zacatecas será bueno conocer un poco más de su vida, la cual, no fue una participación individual, sino que, al igual que otros héroes, fue toda su familia, incluidos los niños, que participaron en el movimiento insurgente.

"No tenemos los datos necesarios para escribir una biografía completa de don Víctor Rosales, héroe de la Independencia; mas no por esta circunstancia dejaremos de honrar su memoria en este libro. Diremos lo que acerca de él consignó en sus columnas hace algunos años El Eco de Ambos Mundos.

Nació en la ciudad de Zacatecas en 1776. Inclinóse de niño a las letras y a la agricultura, estudió gramática y filosofía bajo la dirección del padre Porres, amigo de su familia, y merced a la influencia de este sacerdote, fue enviado a la capital de la colonia a seguir su carrera, dedicándose a las leyes.

Un incidente, común en aquellos días, vino a cambiar completamente las inclinaciones y destino del estudiante. Alzábanse en aquella época la estatua ecuestre de Carlos IV en el centro de la Plaza Mayor de México, la cual estaba custodiada por cuatro centinelas de la guardia virreinal. Una mañana llamó ese aparato la atención delcacique del Tecpam de San Juan y cuatro indios que le acompañaban, a la hora de la parada. El cacique admirado sin duda de la grandeza de la estatua, habló en el idioma náhuatl con aquellos que con él iban; y uno de los centinelas, creyendo que los indios censuraban el hecho de que el caballo estuviese, como está, pisando el carcaj, dio de culetzos al cacique. Rosales, que sabía el mexicano, habló en defensa del indio, explicando, aunque con amargura, que lo que había dicho eran alabanzas por la fundición de la estatua: el tono con que habló lastimo al cabo, quien dio de varazos a don Víctor y le hizo conducir con los indios, entre filas, a la presencia del jefe de día. Lleváronlos a la cárcel de Corte, en donde permenecieron cinco días incomunicados, saliendo al fin por empeño de los amigos del padre Porres, aunque se impuso a don Víctor la pena de expulsión del colegio, porque le consideraron desafecto al gobierno virreinal.

Colocóse entonces de cajero en la tienda de un comerciante amigo de su padre, y allí contrajo amistad con el licencidado Flores Verdad. En 1808 tomó parte activa en la conspiración que costó la vida a Luis Ferrer y Flores Verdad. Entonces tuvo que salir prófugo a México, pero no dejó de trabajar por la Independencia, sino que se dirigió al interior y se puso en contacto con los operarios de los minerales de Catorce, Guanajuato, Tlalpujahua, Pachuca y Zacatecas, con quienes se trataba de hacer un levantamiento y entre quienes, para conocerse, se habían repartido once medallas llamadas del Patrocinio, de las que se troquelaron doscientas en Zacatecas por conducto de un sacerdote misionero crucífero de aquella villa de Guadalupe.

Esta última conspiración fracasó como la primera. Don Víctor pasó el año 1809 meditando en los medios de llegar a alzarse contra los españoles. En 1810, encontrándose en la ciudad en que nació, y en aquel estado de su ánimo, recibió de Allende la invitación para tomar parte en la guerra de Independencia: La misma insinuación recibieron los hermanos de don Víctor, que lo eran don Francisco, don Fulgencio, don Vicente y don Sotero; el primero administrador de una hacienda, el segundo dueño de un obraje en León, el tercero minero en Catorce, y el cuarto labrador en la Sierra de Amoles.

Allende no invitó, pues, Rosales para una empresa que le fuera desconocida. Don Víctor y sus hermanos aceptaron la colaboración a que se les llamaba, y él mismo, con don Fulgencio, se fue a reunir con don Sotero y se pusieron a fabricar pólvora y a construir lanzas y monturas, llegando a armar y equipar a su costa sesenta jinetes para aumentar el improvisado ejército de la Independencia.

Con esta pequeña fuerza que los hermanos Rosales pagaban de su peculio, y a cuyo frente se colocó don Víctor, dio su primera acción de guerra, sorprendiendo el 29 de septiembre a una multitud de españoles que custodiados por piquetes de tropas realistas de infantería y de caballería, se retiran hacia México espantados por el levantamiento de Dolores. Así tuvo pricipio una serie de hazañas, de rasgos de valor sublime, de sacrificios sin cuento, que valieron a Rosales el ser declarado uno de los trece héroes de la patria por la ley de 19 de julio de 1823.

Don Víctor Rosales, que acababa de recibir el despacho de mariscal de campo del ejército insurgente, murió matando a sus enemigos en un rancho de la Sierra de Ario, que hasta hoy lleva su nombre, y murió, gracias a la perfidia con que el indultado Manuel Muñiz le entregó en manos del comandante realista don Miguel Barragán, que después fue el vencedor de los españoles en Ulúa.

A estos breves apuntamientos debemos agregar algunas noticias referentes a otros varios miembrs de la familia del ilustre héroe zacatecano, noticias recogidas también por los redactores de la publicación ya citada y que demuestran cuán acendrdo era el patriotismo que animaba a esta familia.

Don Fulgencio Rosales fue herido en la memorbe batalla del Monte de las Cruces. A pesar de su herida, se retiró con el cura Hidalgo, y asistió a la batalla de Aculco en donde, hecho prisionero, le colgaron de un árbol los españoles y le fusilaron en venganza de que quitó sus banderas a los cuerpos peninsulares de Tres Villas y de Milicias de México.

Don Francisco Rosales fue hecho prisionero en la hacienda de la Illeca y fusilado inmediatamente de orden del jefe español Galopen en el año de 1812.

En el mismo año se rindió en la acción de Purépero don Vicente Rosales y fue muerto a cuchilladas y a balazos en manos de los realistas.

José Timoteo, hijo de don Víctor, de once años de edad, fue hecho prisionero con algunos soldados de su padre en el asalto que éste dio a Zacatecas el 26 de septiembre de 1813. Y a pesar de su pequeña edad y de hallarse herido, aquel niño fue sacado del hospital en un catre y fusilado en presencia de su misma madre.

Huyendo a pie, de los españoles que se hallaban cerca de Zacatecas; huyendo, decimos, al rancho de Veta Grande, doña María Elena Gordoa, que se hallaba en días mayores, murió el 19 de marzo de 1814, dando a luz a José Rosales Gordoa, hijo segundo de don Víctor.

Doña María Ricarda Rosales, hija del coronel don Fulgencio, fue hecha prisionera en la hacienda del Maguey en octubre de 1814, cuidando de su primo José, y amgos fueron conducidos a México y encerrados en los calabozos de la Inquisición, de la cual se fugó por los ardides de la señora doña Leona Vicario, y al fin murió en San Gregorio por salvar las banderas de 1810, que heredó de su primo, quien las dio a la nación. (1)

Fuentes:

Sosa, Francisco. Biografías de mexicanos distinguidos. Editorial Porrúa. México, 2006.

Enlaces:

Para leer sobre la actividad de panadero de Víctor Rosales, entra aquí:



Para leer sobre su captura, entra aquí:

martes, 28 de septiembre de 2010

Niñas Guadalupe, Josefa, Prudencia y Luisa Moreno Pérez.

Veíamos apenas ayer como un nutrido grupo de mujeres en Pénjamo, Guanajuato fueron víctimas de los abusos de poder que, siendo coronel en el Bajío, Agustín de Iturbide realizó contra de ellas. No solamente contra las mujeres, sino también en contra de sus pequeños hijos, los cuales, al igual que sus madres fueron obligados a caminar desde Pénjamo hasta Irapuato y de allí a Guanajuato, con escasa comida y a marcha forzada que les iban marcando los elementos del ejército realista. Algunas de ellas enfermaron en el camino, otras más murieron junto a sus hijos, sea por la viruela, enfermedad común en la época o por el excesivo ejercicio al que se vieron obligados, y vuelvo a marcar una cosa, no fueron solo las mujeres las agraviadas por el que sería luego el primer emperador de México, sino también sus hijos.



Si de la participación de las mujeres en la lucha por la Independencia apenas estamos conociendo nombres más allá de las dos principales heroínas, cuyos nombres todos conocemos y evitaré escribir, más aun desconocemos de la participación de los niños. Es, seguramente el caso de Narciso Mendoza, el llamado niño artillero y su grupo de Emulantes, que en el Sitio de Cuautla tuvieron una importante actividad, pero, ¿y las niñas?. Las niñas tuvieron si no una participación activa en la Independencia si fueron víctimas consecuentes de las acciones entre realistas e insurgentes, tal es el caso de Guadalupe, Josefa y Luisa Moreno Pérez.



Efectivamente, los apellidos suenan conocidos, se trata de los hijos de Pedro Moreno y Rita Pérez Jiménez, ella nacida en San Juan de los Lagos el 23 de mayo de 1779, hija de José María Pérez Franco y Rafaela Jiménez. Casi al finalizar el siglo XVIII, en 1799 es cuando contraen matrimonio, procreando cinco hijos, María Guadalupe, Josefa, Luisa, Severiano y Prudencia.

“La campaña de Moreno duró tres años seis meses y tuvo por teatro las escabrosas sierras de de Guanajuato y de Comanja, especialmente esta última, donde el patriota insurgente estableció una fortaleza en el Cerro del Sombrero, que tanta celebridad tiene desde entonces en las páginas de nuestra historia. Doña Rita acompañó en todo ese tiempo a su esposo, sujeta a todas las vicisitudes de la guerra, y aunque nunca se le vio que empuñara las armas, ocupando, como su esposo, los lugares más peligrosos del combate, estuvo siempre rodeada de inminentes peligros, luchando sin cesar en favor de la Independencia, con la inteligencia y el corazón, ora dando voces de aliento a los combatientes, ora curando las heridas de los soldados ora proporcionando toda clase de auxilios a los moribundos y en todo caso comunicando a todos los que la rodeaban, la constancia, la paciencia, la abnegación y el valor del que ella misma era un ejemplo mismo en las grandes contrariedades que se presentaban.

Viendo Don Pedro y Doña Rita que su hija Guadalupe no podía estar sujeta a tantos sufrimientos, por motivo de su pequeña edad, (contaba poco más de dos años) resolvieron ponerla bajo la custodia del padre Don Ignacio Bravo, que vivía en la Hacienda de Cañada Grande”. (1)



“La niña Guadalupe Moreno Pérez fue capturada en ese lugar por el capitán realista José Brillanti, quién evitó que el sacerdote mexicano Francisco Álvarez, conocido como “el cura chicharronero” por su crueldad, la degollara para escarmiento de Moreno, quién se negó a canjearla por un prisionero.

Este episodio ha sido interpretado como prueba del compromiso de Moreno con la Independencia, porque antepuso ésta a la vida de su hija en la carta de respuesta que dio a Brilanti y a Hermenegildo Revuelta, jefe militar de Lagos: “el extranjero Brilanti, ignominia y oprobio de sus paisanos o el crudelísimo Revuelta, pueden disponer de ella lo que sea más conforme a sus ideas”. (2)



“Los cuantiosos bienes de fortuna que poseía el héroe laguense, consistentes en las haciendas de La Sauceda, y Matanzas y el rancho Los Coyotes, una casa en Lagos y mucho semoviente, fueron decomisados por el gobierno virreinal, lo que indudablemente fue una herida para el corazón de Doña Rita Pérez, que con aquél acto se veía reducida a la miseria, lo mismo que sus hijos, los cuales se verían privados de la herencia que justamente les correspondía.

Luego de un largo sitio al fuerte de El Sombrero, fue llevada a León con todo y sus cuatro hijos, estando embarazada. Sus dos retoños más pequeños no soportaron las condiciones de su prisión y murieron y ella perdió al hijo que aún esperaba”. (1)

“Posteriormente fue encarcelada por varios años. Luego recibe la noticia del virrey Juan Ruiz de Apodaca, en donde le da permiso para trasladarse a donde deseara. De esta manera resolvió Rita Pérez y dos hijas que le quedaban, Josefa y Luisa, refugiarse en su hogar materno en San Juan de Los Lagos, en donde atendió un expendio de tortillas hasta su muerte, ocurrida en 1861”. (3)



Fuentes:

1.- http://www.senado2010.gob.mx/

2.- Delgado, Álvaro. Revista Proceso, 12 de septiembre, 2010. Reportaje: Ruta Olvidada. La puedes leer en el periódico A.M. de León:

http://www.am.com.mx/Nota.aspx?ID=426014

3.- Dávalos, Ignacio / Rivera Avelar, Elizabeth. Reportaje en Milenio, 28 de agosto, 2010. Rita Pérez ya descansa en la Rotonda.

http://www.milenio.com/node/517438