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viernes, 4 de marzo de 2016

1799: La conspiración de los machetes.

   Esto, a diferencia de muchos eventos que por mera coincidencia han ocurrido en Septiembre y más aun el 15 o el 16, no fue en ese mes sino en Noviembre, el siglo XVIII estaba por terminar, era 1799 y un movimiento que pretendía derrocar a los españoles del gobierno de México se gestaba justo en la ciudad de México, capital del virreino, en el que se planeaba matar a todos aquellos venidos de la península y asentados en la ciudad, además con la característica que debían tener de ser ricos. Ese movimiento pasó a la historia como la Conspiración de los machetes y, para no complicarme la vida, transcribo lo que Wikipedia dice al respecto:

   La conspiración de los machetes fue una rebelión fracasada contra España en el territorio del Virreinato de Nueva España ocurrida en 1799 y liderada por criollos de origen humilde. El nombre hace referencia a lo modesto del armamento utilizado por los rebeldes: apenas cincuenta machetes y dos pistolas. Aunque la conspiración fue sofocada antes de comenzar y no amenazó a la dominación española, tuvo un gran impacto en el virreinato y, ya que ocurrió once años antes del Grito de Dolores, es considerado por los historiadores como uno de los hechos precursores de la Independencia de México. Pedro de la Portilla, de origen criollo y procedente de una familia de escasos recursos, empleado en la Oficina de recaudadores de impuestos de la Nueva España en la Plazuela de Santa Catarina de Ciudad de México, organizó en 1799 una reunión de 20 jóvenes, familiares y amigos, con orígenes similares, en el callejón de Gachupines Nº 7 de la misma ciudad. Algunos de los hombres presentes eran guardias en las plazas de la ciudad y otros trabajaban en las industrias de fabricación de relojes o de la plata.

  La reunión examinó la situación existente entre los criollos, nacidos en América y los «peninsulares», nacidos en España y denominados con el término peyorativo de «gachupines». Los presentes decidieron levantarse en armas para liberar el país de «peninsulares», considerados opresores, mediante un levantamiento popular bajo la advocación de la Virgen de Guadalupe.
   El plan acordado comenzaba con la liberación de los presos de la ciudad y, con ellos, asaltar el Palacio del virrey, capturando a los altos funcionarios del gobierno y sus fondos. Los conspiradores, a continuación, pretendían proclamar la independencia de México, declarar la guerra a España y matar o expulsar a los «peninsulares». Para lograr sus propósitos, reunieron 1.000 pesos de plata, dos pistolas y unos 50 machetes. Tras el éxito de la rebelión, el plan era hacer un llamamiento a la gente para decidir qué forma de Gobierno debía establecerse en México. Los conspiradores aparentemente preferían un Congreso, basado en el que recientemente se había establecido en los Estados Unidos.

   En la segunda reunión, Isidoro Francisco de Aguirre, un primo de Portilla, se sintió alarmado por los preparativos y denunció la conspiración a las autoridades el 10 de noviembre de 1799. El virrey, Miguel José de Azanza dio órdenes de que fueran detenidos, pero sin revelar los motivos de su conspiración con el fin de evitar un levantamiento entre la población. Todos los conspiradores fueron detenidos y pasaron muchos años en prisión, muriendo algunos de ellos en la cárcel. El juicio fue largo y no llegó a un veredicto. Portilla vivió para ver la independencia de México.

jueves, 19 de noviembre de 2015

La insurrección de los Tepehuanes

  Del levantamiento de Topia ya habíamos hablado, esta vez veremos lo ocurrido en una zona cercana, zona del pueblo Tepehuán en la zona del actual Durango. Con ello corroboramos, una vez más, eso de que la historia la escriben los vencedores y que tuvieron que pasar varios siglos para enterarnos de los muchos movimientos de insurrección que hubo luego de la caída de Tenochtitlán que el episodio conocido como “La Conquista” no se centra, precisamente al 13 de agosto de 1521, pues los alzamientos que hubo más allá del Valle de Anáhuac fueron numerosos.

  “Largo tiempo hacía que los tepehuanes en la provincia de la Nueva Vizcaya se manifestaban dóciles y sumisos con los misioneros, aceptando las costumbres y aun el traje de los españoles y reuniéndose pacíficamente en los pueblos de San Ignacio, el Zape, Santa Catarina y Papatzquiaro. Comerciaban con los vecinos de los reales y de las haciendas; servían en las minas y en los trabajos del campo, y habían levantado algunas iglesias notables por su aseo y elegancia. Además, tenían celebradas ya alianzas con las tribus vecinas y nada indicaba que estuviesen disgustados con el gobierno y trato de los conquistadores. La intolerancia de los religiosos que perseguía a los que entre los indios tenían fama de hechiceros, causa principal fue la terrible sublevación de los tepehuanes, que tantas víctimas hizo entre los españoles, los mestizos, los negros y los mulatos.

  Un indio viejo, conocido por hechicero y perseguido por los españoles, regaló un arco muy fuerte y muy adornado a uno de los principales tepehuanes, diciéndole que había recibido de un gran señor que en diversas formas se le había presentado a ofrecerle que libertaría a los pueblos del yugo extranjero, dando muerte a los religiosos y a los españoles. Tras esto comenzaron a correr maravillosas consejas: hablábase de dos indios, Lucas y Sebastián, y una india Justina, a quienes había tragado la tierra porque no quisieron apartarse de la religión de los cristianos, y de un muerto que se levantó de su sepulcro anunciando que el antiguo dios de los tepehuanes iba a volver sobre la tierra para ayudar a aquellas tribus a reconquistar su independencia. Todo esto fue sublevando los ánimos de los tepehuanes, que tramaron una gran conspiración, de la que no pudieron apercibirse los españoles, porque la reserva es uno de los caracteres distintivos de la raza indígena. Según se supo posteriormente, los conjurados debían dar el golpe el 21 de noviembre; pero apresurando su determinación, levantáronse en armas el 16 para aprovechar la llegada al pueblo de Santa Catarina de unas cargas de ropa, de las que pretendían apoderarse.

  Así lo ejecutaron sacrificando los insurrectos al padre Hernando de Tobar, jesuita, al padre Pedro Gutiérrez, franciscano, y a muchos españoles y mestizos, tanto en santa Catarina como en la estancia de Atotonilco, escapando solo de esa matanza Cristóbal Martínez de Hurdiade, hijo del capitán de Sinaloa, y un llamado Lucas Benítez. Atacaron a los sublevados al mismo tiempo en el pueblo de Guatimapí, aunque no lograron ocuparlo, y en Santiago 200 sublevados atacaron la iglesia en donde se habían refugiado algunos religiosos y los vecinos del pueblo. Los indios fingieron libre la salida de los sitiados; creyeron éstos en tal promesa, y abandonaron el templo; pero al encontrarse fuera de él, los tepehuanes les acometieron furiosamente, matando sin distinción hombres, mujeres y niños. Murieron allí los padres jesuitas Bernardo Cisneros y Diego de Orozco y se salvaron 6 españoles que encontraron un refuerzo que en socorro de ellos tardíamente conducía el capitán Martínez de Oliva.

  En el pueblo de San Ignacio o El Zape, el día 18 de noviembre los sublevados mataron diecinueve españoles que habían ido a prevenir una fiesta, a cuatro misioneros que estaban allí con el mismo objeto y a más de sesenta negros. El 19 dieron muerte al padre Hernando de Santarén y quemaron las fincas de campo, las oficinas y las casas de las minas y todos cuantos edificios pertenecían a españoles o mestizos. Los Xiximies comenzaron también a inquietarse al saber estas noticias, y el contagio cundió a los pueblos de Topia, sin embargo, el capitán Hurdaide logró cortar el fuego de la sedición.

  El terror había cundido en todas las villas y reales españoles de Zacatecas y Nueva Vizcaya. Llegaron a encontrarse espías de los sublevados dentro de Durango y por fin, por las órdenes del virrey y por lo grave del peligro, moviose el gobernador de la Nueva Vizcaya, don Gaspar de Alvear, con 60 españoles y 120 indios aliados rumbo a las minas de Guanaceví. Aquella expedición llegó al término de su viaje de 1617, hallando en su camino los cadáveres del regidor de Guadiana, don Pedro Rendón, y del religioso dominico fray Sebastián Montaño. En Guanaceví, fuera de la iglesia, en donde se habían hecho fuertes los vecinos, todo lo demás había sido destruido o devorado por las llamas. El gobernador mandó salir dos expediciones por distintos caminos, que debían reunirse en el pueblo del Zape, así lo hicieron explorando el terreno en el que hallaron multitud de cadáveres de los religiosos y de los demás vecinos de aquellas comarcas, y los tepehuanes huyeron retirándose por diversos rumbos. Por fin, después de algunas entradas en las que el gobernador anduvo más de doscientas leguas, incendiando pueblos, rancherías y sementeras; haciendo prisioneros a mujeres y a niños; quedó casi sometida sino pacificada la provincia. (1)

  Los Tepehuanes en la actualidad, se dividen en dos pueblos, uno que son los del Norte, para saber más de ellos, entra aquí,  el otro pueblo lo conforman los O'dam, es decir, los del Sur, datos sobre ellos están en este enlace.

Fuente:

1.- Riva Palacio, Vicente. México a través de los siglos. Tomo VI. Editorial Cumbre, México. 1976. pp. 106-108