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lunes, 12 de agosto de 2019

La toma de Oaxaca por Morelos

  La toma de Oaxaca marcó una época crítica para la dominación española en México. "Tenemos en Oaxaca, -escribía Morelos á Bayon- una provincia que vale por un reino, custodiada de mares por oriente y poniente, y por montañas por el sur en la raja de Guatemala, y por el norte en las "Mixtecas". Y cierto que no eran exageradas las apreciaciones del bravo campeón, pues que la provincia que acababan de conquistar sus armas vencedoras, era fecunda en recursos de toda especie. Pero más que en los resultados inmediatos que este triunfo produjo á la causa de la independencia, fijémonos en la posición ventajosa que hizo adquirir á los ejércitos independientes.

  Situado Morelos en Oaxaca, podía considerarse como en el centro de un inmenso campo atrincherado por la naturaleza misma, y cuyos dos extremos se apoyaban en los países impenetrables por la aspereza del suelo y condición del clima; países que forman el declive de la cordillera Central inicia ambas costas, presentando un frente con pocas y difíciles entradas, por las cuales podía á su elección desembocar con todas sus fuerzas sobre el punto que más le conviniese. Amenazaba desde allí, como desde un centro formidable, á las villas de Orizaba y Córdova y á la carretera de Veracruz, situada hacia el norte, á la provincia de Puebla, y á los valles de Cuautla y Cuernavaca hacia el noroeste. El Sur, en toda su vasta y abrasada extensión desde Tehuantepec hasta los mortíferos pantanos de Colima, estaba en poder de los independientes, pues que las fuerzas realistas que al principiar el año de 1813 se hallaban cercanas á la Costa grande, fueron empujadas desde Jamiltepec hasta Acapulco por el valor, la bizarría y la pericia de los Bravos. Agreguemos que todo el norte de la provincia de Veracruz, reconocía á los jefes independientes que allí habían alzado su gloriosa bandera.

  Tal fue el resultado de la toma de Oaxaca, y remontándonos al origen, tal el fruto de la determinación de Morelos al situarse en Tehuacán, pues que de ahí partió para posesionarse tan felizmente de la antigua Antequera.

  Los enemigos de la independencia, al confesar estos grandiosos resultados, han pretendido en vano amenguar el mérito de Morelos, atribuyéndolos á mero efecto de la casualidad, y á los errores de los jefes realistas á quienes hubo de combatir. ¡La casualidad! pues qué ¿el acaso puede disponer solo una serie de operaciones militares eslabonadas y conexas entre sí de tal manera, que las unas parecen ser la consecuencia de las otras? La casualidad, sosteniendo por tanto tiempo lo que es obra del genio, acabaría por convencer á los detractores de Morelos, que la ciega influencia del acaso se ejercía en todo el orden moral! No: ceda la calumnia á la luminosa é incontrovertible verdad, que le queda á Morelos inmarcesible gloria, aun cuando se admitiera la intervención de la ciega fortuna en sus admirables combinaciones. Y ni siquiera puede amenguarse su mérito aduciendo los errores cometidos por los jefes encargados de combatirle, pues que para aprovecharse de los errores ajenos son precisos un tino y un acierto que no pueden proceder más que del juicio y de la reflexión.

   El virrey entre tanto, dice el historiador Alamán, obligado a resguardar una larga línea sin poder cubrir todos los puntos amenazados, hubiera tenido que perder sucesivamente unos tras de los otros; y una vez ocupadas las villas, Tehuacán, Tepeaca, Cuautla y Cuernavaca, se habrían encontrad o en muy difícil posición Puebla y México; y si para su defensa hubiera tenido el gobierno que llamar las tropas que tenía empleadas en otros lugares, como lo hizo cuando Hidalgo se aproximaba á México, y cuando tuvo que reunir sus fuerzas para el sitio de Cuautla, la revolución hubiera hecho rápidos progresos en los puntos que hubieran quedando desguarnecidos, y el triunfo de ésta podía tenerse por seguro. Morelos conocía la importancia de su posición; y en su correspondencia con Rayón, se le ve indeciso sobre el plan que debía seguir para sacar de ello la mayor ventaja.

  Presentaronsele por aquellos días (Enero de 1813) dos individuos del cabildo de Tlaxcala, con una exposición que "le decidió á mandar á Montaño á ocupar aquella ciudad, mientras podía marchar á ella él mismo, lo que por entonces le impedía el acabar do hacerse dueño de la costa del Sur, vencido el obstáculo de Jamiltepec. Ocupada Tlaxcala, creía seguro posesionarse de Puebla y aun de México, para cuyo fin invitaba á Rayón, para que unido con sus compañeros de la junta, llamase la atención por el lado de Toluca, para que no cayesen sobre él todas las fuerzas del gobierno, como había sucedido en el sitio de Cuautla; ó si esto no podía verificarse, se inclinaba á dirigirse á las villas de Orizaba y Córdova.

  Indeciso entre estos diversos planes, acabó por adoptar otro enteramente diverso, y que no podía producirle ventaja alguna, abandonando el teatro de sus recientes triunfos para trasladarse al punto más remoto y por entonces, menos importante del vasto territorio que dominaba, con el fin de proseguir por sí mismo el sitio de Acapulco: empresa lenta, de dudoso éxito, y que aun obtenido el resultado que se proponía, en nada ó en muy poco contribuía al objeto importante de sus miras, no pudiendo de ningún modo compensar la adquisición de aquel puerto, el tiempo que era menester para lograrla, dando á su enemigo el que necesitaba para reunir fuerzas, y combinar mejor sus planes para la siguiente campaña.

  Juzgada hoy la expedición de Morelos á Acapulco en 1813, debe considerarse indudablemente como un fatal error que acarreó en lo sucesivo grandes desastres al caudillo y á la causa do la independencia. Pero esta falta no autoriza á sus detractores, para atribuir á la casualidad la larga y brillante serie de sus anteriores victorias, en el curso de 1811 y 1812.

  Además, coloquémonos por un momento en aquella época, hagamos un esfuerzo y pongámonos en lugar de los hombres de ese tiempo; revistamos por un momento sus preocupaciones, sus falsas ideas respecto de muchos hechos, sus apreciaciones erróneas—culpa, no de su escaso mérito, sino de la poca instrucción que concedía á los hijos del país una dominación suspicaz, brutal y estúpida—y entonces, y solo entonces podremos apreciar con estricta justicia muchos de los actos de nuestros héroes.

  Morelos, al recibir su nombramiento de coronel en Charo, de manos de Hidalgo, recibió también del generalísimo el encargo especial de apoderarse del puerto y fortaleza de Acapulco, y ya hemos visto que su primera campaña, al terminar el año de 1810 y durante los primeros meses del siguiente, no tuvo otro objeto que cumplir las instrucciones del jefe de la revolución. Los escasos elementos de guerra no le concedieron entonces el triunfo; pero una vez fuerte y dueño de Oaxaca, creyó que era llegado el momento de ejecutar las ordenes de Hidalgo, cuya memoria fue siempre en nuestro héroe objeto de un culto constante. Pero hay más en abono de Morelos: entraba en sus planes poseer aquel punto como elemento muy necesario para sus miras; y si le daba la importancia que no tenía, era nacida su creencia de errores que no estaba en su mano evitar. En una carta que escribió desde Yanhuitlán al intendente Ayala, están expresadas sus ideas y revelados los cálculos que le indujeron á marchar sobre Acapulco por segunda vez.

  Es indispensable, decía Morelos á Ayala, que tengamos cuanto antes un puerto, pues de su posesión obtendremos inmensas ventajas. El francés ya está en Cádiz, pero tan gastado, que no se repone en dos años que nos faltan, y entonces ya lo esperaremos en Veracruz. El inglés europeo me escribe como proponiéndome que ayudará, si nos obligamos á pagarles los millones que le deben los gachupines comerciantes de México, Veracruz y Cádiz. El anglo-americano me lía escrito á favor, pero me han interceptado los pliegos; y estoy al abrir comunicación con él y será puramente de comercio, á feria de grana y otros efectos por fusiles, pues no tenemos necesidad de obligar á la nación apagar dependencias viejas, ilegítimamente contraídas y á favor de nuestros enemigos. Ya estamos en predicamento firme: Oaxaca es el pie de la conquista del reino: Acapulco es una de las puertas que debemos adquirir y cuidar como segunda después de Veracruz; pues aunque la tercera es San Blas, adquiridas las dos primeras ríase V. S. de la tercera. De suerte que una apreciación errónea, pero de ningún modo el acaso ni la falta de un plan militar, le impulsó á la conquista de Acapulco.

  Morelos salió de Oaxaca el 7 de Febrero de 1813, habiéndole precedido dos días los generales Galeana y Matamoros al frente de sus respectivas divisiones. En Yanhuitlán, punto de la provincia de Oaxaca sobre el camino de Huajuápan, quedó de observación el segundo de estos jefes por orden de Morelos, continuando éste su marcha con la división que estaba á sus inmediatas órdenes unida á la del intrépido Galeana.  


Fuente:

Eduardo L. Gallo, Editor. Biografías de los personajes notables dese ante de la Conquista hasta nuestros días. Tomo IV. Imprenta de I. Cumplido, México. 1874. pp 99-105

sábado, 10 de agosto de 2019

La participación de Oaxaca en los primeros años de la Guerra de Independencia

   Quizá el pasaje del Sitio de Cuautla, especialmente su inicio, con la participación de Narciso Mendoza, el Niño Artillero, sea la página más conocida del movimiento de insurrección por la zona sur de México, esto aunado a la presencia del Generalísimo Morelos; es por eso que ahora, que camino por las calles de la ciudad de Oaxaca y veo las placas que recuerdan la participación de oaxaqueños en el movimiento libertario, me obliga a saber más del tema, razón por la cual comparto el siguiente texto:

   No debemos olvidar entre los héroes de aquel día al teniente-coronel Guadalupe Victoria, quien doce años más tarde fue el primer presidente de la República mexicana. En tanto que los demás jefes independientes, Matamoros, Galeana, Mier y Terán y Bravo, se cubrían de gloria asaltando y tomando las fuertes posiciones de los realistas, Victoria, que atacaba por el lado del Juego de pelota, defendido por profundo foso, se vio detenido por un horrible fuego, que le dirigía el enemigo desde las troneras de aquel edificio. Llegaban hasta Victoria los alegres repiques de Santo Domingo y el Carmen, anunciándole que sus compañeros de armas habían penetrado hasta el centro de Oaxaca; ardía de impaciencia y animaba á sus soldados que retrocedían ante aquel fuego espantoso á que servían de blanco de repente Victoria arroja su acero hasta donde se hallaban los españoles, y gritándoles: "Va mi espada en prenda; voy por ella”, se echa al foso, y pasándolo á nado llega á la opuesta orilla envuelto en el humo de las descargas. Momentos después era dueño de la fortificación enemiga.

   A la una de la tarde había concluido el combate, y Morelos, que durante todo el asalto se expuso con temerario valor á los tiros de los defensores, entró á la ciudad vencida al ruido marcial de las dianas, y de las entusiastas aclamaciones que lanzaban sus soldados. Cuatro horas de sangrienta lucha costó la toma de Oaxaca, cuyos defensores cayeron todos prisioneros en manos de los independientes. Régules, el cruel sitiador de Huajuápan, fue aprehendido por el general Matamoros en el interior del convento del Carmen; igual suerte corrieron á pocas leguas de la ciudad, el teniente-general González Saravia y el brigadier Bonavia, que fueron conducidos á la ciudad por el coronel Montano, y fusilados, lo mismo que Régules, en el mismo lugar en que fueron inmolados los patriotas López y Armenta, primeros mártires que tuvo en Oaxaca la causa de la independencia.

Después de estas crueles ejecuciones, sobre todo la de González Saravia, hombre valiente, honrado y de magnánimo corazón, después de esta orden de Morelos, que apenas bastan á disculpar la efervescencia y los odios de aquellos tiempos de sangre, siguió el saqueo á que se entregaron los soldados vencedores desnudos, hambrientos, agobiados por la miseria, aquellos hombres, después de haber regado con su sangre los parapetos de la ciudad, se hallaron de súbito en medio de la abundancia; y nadie, ni el mismo Morelos, que se esforzó en contener el desorden, pudo evitar el saqueo que se prolongó por varios días. No justificamos estos excesos; pero los comprendemos inevitables en aquella época, y los consideramos como una venganza cruel, pero necesaria, de los oprimidos que vieron entonces rendidos á sus pies á los inexorables opresores de la patria. La guerra de independencia fue la explosión de muchos dolores concentrados en el alma de un pueblo, y si no todos sus actos fueron conformes á los principios de la justicia, sí se dirigieron á alcanzar la libertad de la patria. Nosotros, descendientes de aquellos hombres, no tenemos el derecho de censurar los errores de los que nos dieron el suelo que hoy pisamos, y sobre el cual ruedan las cunas de nuestros hijos.

  Pero si los vencidos sufrieron entonces todo el rigor de la adversa fortuna, la victoria de los independientes enjugó también muchas lágrimas y dio término á crueles dolores. 

   Henchidas estaban las cárceles de Oaxaca, á la entrada de Morelos, de presos políticos, víctimas en su mayor parte de la suspicacia de los españoles; allí los había hacinado desde mucho tiempo atrás; allí sufrieron espantosos martirios. Momentos antes de la completa derrota de los realistas, sus carceleros hicieron fuego por las puertas de las celdillas, y algunos de los presos quedaron heridos. La victoriosa espada de Morelos rompió al fin sus cadenas; y no satisfecho con esto mandó demoler los calabozos en que habían gemido por tanto tiempo las víctimas de la tiranía española.

  Cumplido este acto de reparación y de justicia, se dedicó Morelos á organizar la administración del país que habían conquistado sus armas triunfantes. Convocó al pueblo á una junta, y en ella se eligió al Sr. José María Murguía para el cargo de intendente de toda la provincia de Oaxaca; estableció una gran maestranza en el convento de la Concepción, y puso al frente de ella al distinguido oficial Mier y Terán; acopió gran número de armas, é hizo componer todo el armamento de sus divisiones; vistió á sus soldados, que en su mayor parte estaban casi desnudos; levantó dos regimientos provinciales, uno de infantería y otro de caballería; fundó un periódico llamado el Correo del Sur, cuya redacción confió al Sr. Manuel de Herrera; arregló la acuñación de moneda, y dictó otras muchas disposiciones que indican su actividad infatigable, y revelan el genio de aquel hombre extraordinario.

   Quiso rendir un homenaje público de gratitud á la memoria de López, Armenta y Tinoco, primeras víctimas de la independencia en Oaxaca, y al efecto ordenó la exhumación de sus restos para darles honrosa sepultura en la catedral. Celebró con fiestas solemnes el juramento de obediencia á la Junta suprema nacional de Zítácuaro, de la cual era miembro, y que entonces debía considerarse como el centro de unión de todos los jefes que combatían por la independencia, asistiendo Morelos á las funciones que tuvieron lugar por ese motivo con el uniforme y distintivos de capitán general, grado que le había conferido por aquella época ese mismo gobierno de Zítácuaro.

  En los últimos días de Diciembre de 1812, año glorioso para Morelos y que éste cerró tan felizmente con la brillante toma de Oaxaca, salieron los Bravos de la ciudad con orden de batir á diversos jefes realistas, situados en la zona que se extiende al oriente de Acapulco. Esta expedición fue llevada á cabo con el mayor éxito, y limpió de enemigos todo aquel territorio, obligándoles á guarecerse en el puerto y fortaleza de San Diego.


Fuente:

Eduardo L. Gallo, Editor. Biografías de los personajes notables dese ante de la Conquista hasta nuestros días. Tomo IV. Imprenta de I. Cumplido, México. 1874. pp 95-99

lunes, 18 de marzo de 2019

El parte de Diego García Conde, luego de haber sido liberado en Aculco, 1a parte.

   Continuando con la idea que manifesté recién, comparto un documento más, en esta ocasión se trata del relato de lo ocurrido a los detenidos en las proximidades de Acámbaro, al poco de haber comenzado el movimiento de insurrección. Eran los primeros días de octubre cuando García Conde, Merino y Rul son aprehendidos y como rehenes son llevados por los insurgentes de Acámbaro a Valladolid, para luego continuar a San Miguel el Grande y luego ser incorporados al contingente encabezado por Hidalgo. Como prisioneros estarán en la batalla del Monte de las Cruces, para luego seguir a Aculco en donde son libertados. Quien hace el recuento de los hechos es García Conde:

Excelentísimo señor,

   Después de la feliz victoria de Aculco, que me dio milagrosamente la libertad, pensé pasar a esta ciudad para dar a vuestra excelencia noticias exactas y circunstanciadas del manejo y proyecto de los enemigos que me habían llevado con su ejército a todas partes durante el mes completo de mi prisión, pero mejor aconsejado por el riesgo de volver a caer en sus manos, lo suspendí proponiéndome dar a vuestra excelencia por escrito puntual noticia de mis sucesos.
   Las ocupaciones de mi empleo, las marchas no interrumpidas y la falta de comodidad no me lo han permitido; hasta el día de descanso que tenemos en esta capital, a donde hemos regresado del Campo del Marfil, me proporciona la ocasión de verificarlo, esperando que vuestra excelencia me dispense así la digresión como la falta de elegancia, en honor de la verdad de cuanto me ha acaecido.
   Después que merecí [de] vuestra excelencia el acenso a coronel de Dragones Provinciales de Puebla y el mando de las armas de la provincia de Michoacán, salí de esa capital en compañía de los señores Rul y Merino el 3 de octubre para la ciudad de Valladolid, día justamente en que salía el correo de esa capital y que aumentaba el riesgo de caer en poder de los insurgentes por la noticia que nos habían dado de estar interrumpida la comunicación en Acámbaro. Llegamos felizmente a la Hacienda de Apeo, distante dos leguas de Maravatío, el día 6. Y por las cartas de recomendación que llevamos, adquirimos noticia de los administradores de las haciendas inmediatas para disponer nuestro tránsito con menos riesgo.
   Todos unánimes nos dijeron que el pueblo de Acámbaro estaba tranquilo, que iban y venían coches sin la menor novedad y aunque fui de opinión que tomásemos caballos en Maravatío, y no cruzar la sierra por tocar en Acámbaro, se opusieron diciendo que sería entrar en sospecha, pues se sabía ya nuestra ida por el correo y que, en caso de querernos coger, saldrían a verificarlo por la misma sierra. Y que por tanto tenían por más oportuno pasar disimuladamente por el arrabal del pueblo sin hacer alto en él y apostar tiros en el camino para hacer el viaje con celeridad. Así lo ejecutamos. Pero con la desgracia de estar vendidos por todos, hasta de los cocheros que nos pusieron en el camino, los que nos hicieron remudar una mula a la entrada del pueblo y otra a la salida, suponiendo cansancio y enfermedad. De suerte que a 2 leguas de haber pasado por Acámbaro, vimos venir como 200 hombres de a caballo para cortarnos y más de 300 de a pie por la cañada, habiéndonos abandonado como 16 vaqueros que pedimos de escolta y sin más defensa para la resistencia que la que podíamos hacer 6 hombres que veníamos en dos coches.
   Nos apeamos prontamente y, ya sin sombrero por no detenerme a cogerlo, teniendo en una mano el sable desenvainado parte y en otra una pistola, hice que todos los demás se pusiesen detrás de mí. Y apuntando la pistola al torero Luna que venía capitaneando su gente, le mandé hacer alto a cosa de 10 pasos, preguntándole qué quería y a quién buscaba. Pero una seña que yo no advertí y que hizo a los indios otro que venía a caballo junto a él, empezaron a llover piedras tiradas con hondas sobre nosotros. Y al querer sortear una, que me venía directamente, me ganó Luna la acción por detrás dándome una lanzada que me tiró redondo en el suelo. Y cuando volví en mí ya me encontré todo lleno de sangre y desarmado, rodeado de una porción de gente de a pie y de a caballo. Y me tiraron una pedrada en la mano izquierda, otra en la espaldilla, una cuchillada en la mano derecha, otra en la oreja izquierda. De suerte que aquella infernal canalla, a pesar de verme indefenso, se saciaba en martirizarme. Me ataron fuertemente y llegando otro de sus mandones que les [rep]rendió el trato que me daban, me hizo entrar en el coche con Rul y Merino, éste gravemente herido en el costado izquierdo y Rul con una cuchillada en la cabeza.
   Entramos a las 5 de la tarde en Acámbaro en medi[o] de la gritería del inmenso pueblo que pedía nuestras cabezas y acabar con todos los gachupines. Creímos que nos despedazaban, pero se reservaban nuestras vidas para mayores y repetidos insultos.
    Nos metieron en un cuarto del mesón rodeado de centinelas y vino un cirujano a reconocernos las heridas. Fue necesario confesar a Merino, al cocinero de Rul y a su asistente. Y aunque primero determinaron dejar a Merino en el pueblo hasta su restablecimiento, lo hicieron salir poco después que a nosotros, haciéndonos continuar la marcha a las 11 de la misma noche para Celaya, donde llegamos a las 11 del día por los dolores que las heridas nos causaba[n], como por ver la infamia de la plebe que nos amenazaba con las expresiones más indecente[s] que puedan imaginarse.
   Allí fue donde nos vimos totalmente saqueados, sin tener ropa que mudarnos y sólo con el colchón que nos quisieron dejar. Pero Dios nos deparó para nuestro consuelo al licenciado don Carlos Camargo que nos atendió en cuanto pudo, facilitándonos buen cirujano, con todos los ingredientes necesarios a nuestra curación y el método que debíamos observar, una muda de ropa a cada uno y cien pesos para lo que pudiera ofrecerse.
   La mañana siguiente salimos para San Miguel El Grande con los mismos insultos de la plebe y aún mayores porque íbamos encontrando la divisiones del ejército de Aldama y todos nos recibían con los mayores vituperios y amenazas.
    A las 6 de la tarde llegamos a cosa de media legua de San Miguel donde encontramos a Aldama, mariscal de campo de entre ellos, y general de su ejército, a caballo, en mangas de camisa, con sable y un par de pistolas de gancho en el cinturón, sombrero blanco y una manta o fr[a]zada en el arzón de la silla, quien después de habernos hecho reconocer por ver si traíamos alguna arma oculta, con palabras indecentes nos hizo volver atrás. Entrando nuevamente en Celaya sin darnos otro alimento que un pocillo de chocolate para recogernos desde otro igual cuando amaneció.
   Ya desde entonces seguimos con su ejército por los pueblos de Acámbaro, Zinapécuaro, Indaparapeo, donde nos detuvimos dos días esperando los ejércitos del cura Hidalgo y el de Allende, que nos incorporaron.

Fuente:

Las Cartas de Morelos en la Biblioteca José María Lafragua, BUAP.  Paleografìa de María del Carmen Aguilar Guzmán y Misael Amaro Guevara. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Puebla, 2015. pp 211-250

domingo, 1 de abril de 2018

5 de febrero de 1812 en la Ciudad de México: la entrada de Calleja

   En este Bicentenario, del cual aun nos quedan cuatro años por conmemorar, han habido muchas fechas que pasaron desapercibidas o no fueron del todo difundidos sus recordatorios. Encuentro un dato más bien curioso, que escribe Lucas Alamán en su Historia de Méjico [con j], que relata la entrada triunfal que hace a la ciudad de México luego de la victoria obtenida en Zitácuaro días atrás. 

  "La batalla de Zitácuaro se libró el 2 de enero de 1812, en Zitácuaro, Michoacán. Las tropas realistas eran dirigidas por Félix María Calleja y el ejército insurgente por Ignacio López Rayón. El virrey Francisco Xavier Venegas ordenó la toma de Zitácuaro pues ahí se situaba la Suprema Junta Nacional Gubernativa, órgano director de la insurgencia. Durante la batalla, Ramón López Rayón perdió un ojo. Tras varias horas de combate, finalmente la ciudad cayó en manos de los realistas, poniendo en fuga a la Suprema Junta Nacional Gubernativa hacia Tlalchapa y Sultepec." (Wikipedia)

Puestos en contexto, veamos lo que escribe Alamán:

  Marchaba al frente Calleja con su estado mayor y una lúcida escolta, seguían por su orden los cuerpos, formando la cabeza de la columna los granaderos, en cuya primera fila se hacía notar D. Domingo Mioño, español, natural de Galicia, y avecindado en Colima, donde había gozado de comodidades, quien para dar ejemplo a sus paisanos de la decisión con que debían obrar en su propia defensa, servía como soldado, y nunca quiso ser más que el primer granadero de la Columna, como Latour d'Auvergne lo había sido en Francia de la república. Méjico presenciaba por la primera vez un espectáculo militar imponente; el concurso era inmenso y la gente veía con admiración aquellos soldados cuyas proezas había leído, y en especial aquellos cuerpos levantados por Calleja en S. Luis, que habían hecho de una manera tan bizarra la campaña, y a cuya aproximación había debido la capital un año antes, no haber sido devastada por la muchedumbre que Hidalgo condujo hasta las Cruces, estimulada por el deseo del pillaje y la desolación.

  Un accidente inopinado turbó la solemnidad de la entrada. Al pasar el general Calleja delante de la última casa de la primera calle de Plateros, junto al portal de Mercaderes, con los vivas y aplausos del pueblo, se alborotó el caballo que montaba el mariscal de campo D. Judas Tadeo Tornos, director de artillería, que iba al lado de Calleja, y parándose de manos dio con ellas en la cabeza de este, tirándole el sombrero y haciéndole caer en tierra, cuyo golpe fue bastante fuerte para que fuese menester llevarlo cargad o a la casa del platero Rodallega y ponerlo en cama por algún rato, hasta que un tanto repuesto, pudo ir en coche a presentarse al virrey a palacio. Los que se habían burlado del prodigio de las palmas de Zitácuaro, tuvieron ahora ocasión de contraponer agüero a agüero, teniendo por mal anuncio el que Calleja en medio de su triunfo, cayese con el mariscal Tornos, que también fue derribado del caballo, a los pies del altar de un santo mejicano, en el día de la fiesta de este y en la misma calle en donde este había ejercido el oficio de platero.

  El ejército desfiló delante del palacio, saludándole y aplaudiéndolo el virrey, que salió a los balcones para verlo pasar. Su fuerza en este día era de 2.150 infantes y 1.852 caballos, que daban el total de 5.982 hombres, número que parecer a muy corto, atendiendo a las grandes victorias que obtuvo sobre reuniones de gente, aunque indisciplinada, incomparablemente más numerosas; pero entonces se hacía mucho con poco, mientras que después la impericia de los que han mandado ha sido causa de que nada se haya hecho con mucho. Acompañaban al ejército mil quinientas cargas de víveres, cantidad de parque y la artillería tomada en Zitácuaro, todo lo cual hizo que tardase en entrar desde las doce y media hasta las cuatro de la tarde. Seguíanle porción de mujeres y estas llevaban consigo los despojos del saqueo de aquella villa. La plana mayor se presentó en seguida á cumplimentar al virrey, quien con ella y los empleados superiores y otros individuos que acostumbraban asistir a su corte, se trasladó a la catedral magníficamente iluminada. Recibiólo el cabildo eclesiástico y se cantó un solemne "Te Deum, "para dar gracias a Dios por las victorias obtenidas por aquel ejército.

  La tropa se alojó en los conventos, habiendo estado la víspera el virrey mismo en el de S. Agustín, destinado a la columna de granaderos, para cuidar de que se dispusiese aquel cuartel con toda comodidad. Calleja se hospedó en la casa del conde de Casa Rul, en la que fueron continuos los convites y obsequios, concurriendo a la mesa  los jefes del ejército y todas las personas distinguidas de la ciudad, y en ella se ensalzaron en los brindis en prosa y verso las victorias del ejército y las hazañas del general, cuyo mérito se calificó superior al de Fabio Máximo y otros capitanes de la antigüedad. Se hicieron en el teatro funciones en obsequio del ejército y su jefe, y cuando este se presentó en él, fueron grandes los aplausos y los vivas.

  Venegas concurrió la primera noche, y viendo que hacia un papel secundario y desairado, no volvió las siguientes. Debió desde entonces ver en Calleja un rival, y persuadirse que el favor popular estaba enteramente de parte de este. En obsequio del ejército, los panaderos que casi todos eran españoles, a quienes se pidieron a prorrata las raciones de pan necesarias, no quisieron cobrar cosa alguna en los días 5 y 6 de Febrero.

  La llegada del ejército a la capital venció la repugnancia del virrey para conceder premios á sus individuos. Calleja había instado repetidas veces, como en otros lugares hemos visto, y en especial después de la batalla de Calderón, sobre la "necesidad que en su concepto había, para reanimar el valor y entusiasmo del ejército, de conceder a la tropa y oficiales algún premio ó distinción, que les hiciese olvidar los riesgos a que se exponían, y apreciar su suerte", contrariando además la idea que los sediciosos esparcían, de que servían a un gobierno que ni estimaba ni recompensaba sus servicios.

  Irónico es imaginar que mientras en la casa del Conde Casa Rul se daban grandes fiestas, él permanecía al frente, en marzo, un mes luego de la entrada de Calleja a la ciudad de México, moría en el sitio de Cuautla.

Fuente

Alamán, Lucas. Historia de Méjico. Tomo II, Imprenta de J.M. Lara, México, 1850, pp. 474-479

martes, 27 de febrero de 2018

Última parte de la carta de Beltrami con el relato de lo sucedido a Francisco Javier Mina

Esta es la última parte de la carta (la Séptima, fechada el 12 de noviembre de 1824 en Guanajuato) que el viajero y explorador Giacomo Constantino Beltrami envía a la condesa, su amiga. Esta vez da cuenta de lo ocurrido en la ejecución y días posteriores de la muerte de Andrés Delgado, "el Giro":

Mina para engañar al enemigo dispersa su tropa, y se refugia á Jaujilla, un fuerte en que se sentaba otro simulacro de congreso que el padre Torres había creado para cubrir con una egida de legalidad su despotismo y sus atrocidades. Allí renueva ante el congreso su proyecto de sorprender á Guanajuato. Después de alguna oposición, logra obtener cincuenta hombres que le ayuden en esta empresa: los envía á un punto de cita, dando al mismo tiempo sus disposiciones para reunir en ese punto la fuerza toda que acababa de dispersar; pero la empresa se malogró.

De nuevo dispersa sus tropas, y seguido de una pequeña escolta, toma el camino de la cordillera dé Santa Rosa al Norte de Guanajuato. Era un domingo: se detiene para oír misa en una capilla, de campo en que solo los días festivos celebraba misa un sacerdote de Silao. Este ministro de paz y de caridad cristiana, solicita volver á Silao, y da al coronel Orrantia la dirección, que Mina había tomado sobre la cordillera. Orrantia no duda que pueda haberse dirigido á casa de su amigo Herrera, al Venadito: sin pérdida de tiempo combina sus movimientos de tal manera, que nadie pueda prevenir de ellos á Mina: llega en la noche, hace rodear con su tropa á todo el rancho á distancias bien calculadas.

Mina no ve el peligro sino hasta el instante en que ya no es tiempo de combatirlo ni de evitarlo. La casa que ocupaba y que está actualmente bien destruida, tiene por detrás una gran barranca que baja á un torrente. A este ataque imprevisto, permanece como aturdido por un instante: finalmente, impelido por Herrera y su hermana, se precipita al torrente por la barranca con la esperanza de salvarse á través del bosque espeso que adornan sus orillas y la montaña; pero la tropa de Orrantia recorría ya todo el lecho del torrente y se extendía por todas partes: un dragón corre sobre él y lo amenaza con una pistola. Mina había quebrado su sable en la bajada de la barranca, no le quedaba medio alguno de resistencia: le dijo tranquilamente; Párate! yo soy Mina, condúceme ante tu comandante. Orrantia tuvo la cobardía que Mina lo reprochó con valor, de maltratarlo y de darle de plano con el sable. De toda la escolta de Mina y de sus oficiales, algunos se salvaron en la montaña, los demás fueron asesinados. A D. Pedro Moreno, el comandante del Sombrero que se encontraba allí por casualidad, le cortaron la cabeza y la expusieron á mil insultos en presencia del mismo Mina.
Este desde que llegó á México, jamás se había abandonado durante la noche á un imprudente descanso; esta fue la primera vez que lo hizo: y aún se había desnudado. El mismo D. Mariano Herrera salía de su rancho ó de su hacienda, para ir á buscar su lecho á la montaña ó á los bosques, cambiaba no solo de lugar, sino de dirección, y se acompañaba solamente de un fiel criado. Esta noche se entregó también á los encantos de una amistad llena de atractivos, y de una seguridad engañadora. Ved, condesa, la fatalidad!

En vano procura, el hombre escapar de su destino, y in qua hora non putatis mors venid. D. Mariano fue también preso, y no se sustrajo de la muerte, sino por la conducta heroica y resuelta de su hermana. Habíasele atado con cordeles lo mismo que á Mina: la heroína le da furtivamente un puñal para que los cortase en el camino; pero según parece, Mina, resignado á su suerte y desesperando en lo de adelante de la salud de la independencia encargada á hombres como Torres, no quiso servirse de esta arma. Fueron conducidos á Silao y después á Irapuato: de allí condujeron á Mina al cuartel general de Liñán, delante del fuerte de los Remedios. Apodaca habría querido llevarlo á México para que su muerte se verificase con mayor solemnidad, ó para arrancarle sus secretos; pero temiendo las consecuencias del interés que toda el mundo manifestaba en favor de este joven héroe, mandó á Liñán que lo fusilase en el mismo lugar. Fue fusilado en efecto, al frente del fuerte a principios de Noviembre de 1817.

Recordáis que desembarcó, en esta tierra fatal el día 15 de Mayo. Su carrera no fue larga pero será eterna en los fastos de la historia, porque llenó este corto período de su VIAJE sucesos extraordinarios y gloriosas hazañas. Rodeado de toda especie de contrariedades, de obstáculos, de fatigas, de peligros, objeto del más bajo celo y de la más monstruosa perfidia; al frente de un enemigo más poderoso en hombres, en armas, intrigas y crueldades, su conducta fue constantemente generosa, cualquiera que haya sido el objeto primitivo de su expedición á México. A este fin se ha procurado hacer creer que se dirigían sus ardientes deseos de apoderarse de las minas de Guanajuato, á pesar de la oposición de Torres, del congreso y de otros jefes mexicanos. Pero yo creo que era dirigido por la influencia americana que combatía aún en sus filas para, seguir más de cerca al ídolo codiciado; esta misma influencia fue la causa del incendio de todas las máquinas y edificios de la célebre mina de Valenciana, por despecho de haber fracasado el proyecto de la toma de Guanajuato. Yo sé á no dudarlo, que Mina se indignó por esto.

Así pereció el héroe de la Navarra á la edad de 28 ó 29 años; pero murió como, había vivido, con valor y sin comprometer a nadie por confesiones cobardes; pereció á los golpes de aquella tiranía que había tenido á honor defender por sí mismo contra un hombre que se calificaba de usurpador, y que actualmente es admirado de todo el mundo como el gran genio de los siglos. De esta manera por una misa, perdió la vida Mina, como Jacobo II de Inglaterra perdió tres reinos. El gobierno español quiso celebrar el lugar donde Mina fue aprendido: nombró al virrey Apodaca conde del Venadito, acordó condecoraciones que se llaman de honor á Liñán y á Orrantia, y dio un grado y una pensión al dragón que lo había arrestado. Este dragón, por uno de aquellos caprichos de la volubilidad humana, es hoy uno de los más fieles servidores del Venadito, una especie de mayordomo que cuida del campo. D. Mariana hace de él mucho aprecio. Es cierto que en la prisión de Mina se manifestó este hombre tan noble y valiente, como Orrantia cobarde y despreciable.

Aquí no puedo abstenerme de hacer un reproche á mis favoritos Victoria y Guerrero. ¿Cuando llegaba Mina al Bajío, no supieron ellos combinar un plan para reunírsele? Con esto se habría decidido la suerte de los realistas y de la tiranía europea en México. Mas, repitámoslo, ¿si ellos eran tan celosos de los mismos mexicanos, cómo esperar que no concibiesen el mismo celo hacia un extranjero y español? Yo creo que la historia no les perdonará esta falta á la verdad enorme.

El fuerte de los Remedios cayó en manos del enemigo, poco tiempo después de la muerte de Mina. Loa horrores cometidos en la toma del Sombrero, no son sino una imagen pálida de los que señalaron la caída de los Remedios. Los infelices que estaban en el hospital, fueron quemados vivos ó sepultados bajo las ruinas del incendio: loa que tuvieron las fuerzas necesarias para intentar salvarse, fueron clavados con las bayonetas como si fuesen ranas: en fin, á los más horrorosos gritos, accedió en menos de una hora el silencio de los sepulcros. La guarnición había intentado una salida nocturna bajando á una barranca que rodeaba parte del fuerte: los que rodeados por todas partes no pudieron escapar á favor de las tinieblas, fueron asesinados. 

Las mujeres á quienes sé perdonó la vida, fueron rapadas unas y puestas en libertad, y otras condenadas á las prisiones de Irapuato, Silao, &c. Ya conoceréis, condesa, que él padre Torres buscó su salud en la huida: los señores de su clase si bien no son valientes en el cómbate, son al menos diestros en evadirse. No creáis por esto que el fuerte se rindió sin resistencia: la opuso y muy obstinada por cuatro meses contra un enemigo muy superior en fuerzas, y no menos formidable por sus medios de sitiar qué por su furor. Los compañeros de Mina dieron allí el ejemplo de vigilancia, de resolución y dé valor; y si se exceptúa Torres y sus paniaguados, los mexicanos desplegaron igualmente la más noble intrepidez. Liñán selló el cuadro horroroso de esta catástrofe con la destrucción del fuerte, operación ordenada á los mismos prisioneros: y cuándo la concluyeron los hizo fusilar á todos.

Para destruir del todo la causa de la independencia en el Norte, como lo había sido en el Sur, no faltaba más que la rendición del fuerte de Jaujilla, en donde tenía su residencia él congreso, que todavía quería dominar el padre Torres, desde las montañas del Bajío en donde vagaba fugitivo después dé la toma de los Remedios, y siempre como tirano horroroso. La empresa se encargó á D. Matías Martin y Aguirre. Este español se distinguió en el sitio por su valor y en la toma por su generosidad, para vergüenza dé Liñán y de tantos otros monstruos que le habían dado el ejemplo de las más negras atrocidades. El cobarde comandante del fuerte que no había podido sostenerlo por tres meses, sino por las disposiciones sabias, inteligentes é intrépidas de dos oficiales de Mina, Lawrence Chustie y James Devers, de los Estados-Unidos, ofreció á D. Matías entregar la fortaleza, y á estos dos oficiales con la condición de que le garantizaría su persona y sus riquezas. Tal proposición no podía dejar de ser admitida: aceptándola D. Matías trató con los más nobles miramientos á estos dos oficiales, y sin faltar á las condiciones convenidas, reprochó á este infame comandante López de Lara, con una virtuosa indignación su cobardía y su perfidia. Ya veis, condesa, que cuando el azar me presenta un buen español, me apresuro también á recomendarlo á vuestra admiración.

No existía ya de la revolución sino el débil congreso, que habiéndose retirado de Jaujilla antes del sitio, andaba errante en las tierras calientes de Valladolid, y sus esperanzas todas de salud se circunscribían á la actividad y valor de un cierto indio llamado el Giro, que aunque sin conocimientos adquiridos, y joven de veintiséis años, se había mostrado mil veces uno de los más terribles campeones de la independencia.

Torres continuaba con un furor cada día más loco su horrible despotismo. El congreso de acuerdo con el Giro, comandante de la escasa caballería, patriota que se distinguía todavía en el distrito del Valle de Santiago, decreta, su destitución y nombra en su lugar, comandante general de la provincia, al coronel Arago, uno de los oficiales de Mina que habían podido escapar del suceso del Venadito, hermano del célebre astrónomo francés, cuya fama corre por toda la Europa. Torres conspira, se insurrecciona; pero el Giro, lo ataca y lo hace huir. Este monstruo, perseguido por el desprecio y la indignación de los patriotas, no menos que por el aborrecimiento y la venganza de los realistas, fue á concluir su infame vida bajo el hierro de un patriota, á quien había engañado en el juego, y precisamente cerca del lugar en donde su horrible perfidia había por fin conducido á Mina á las manos del enemigo.

Sin embargo, ¿qué podía hacer el coronel Arago en esta terrible anarquía, en medio de aquellos patriotas envidiosos, y á cada paso cortado por el enemigo? ¿Qué podía hacer, cuando un Liceaga uno de los más firmes defensores de la independencia caía bajo los golpes del hierro asesino de los emisarios de un Borja, pretendido patriota, que según se dice le pagaba de esta manera cierta suma, que le debía, librándose al mismo tiempo de un rígido sensor de sus actos arbitrarios? Su más grande sostén, el Giro había sido preso y fusilado: un Huerta celoso de Guerrero y del coronel Bradburn conspiraba, y los abandonaba á la rabia y á las fuerzas superiores del enemigo. ¿Qué podría hacer, repito, un comandante no menos extraño á México, que á las costumbres de sus habitantes, aislado en medio de un enemigo potente y de un pueblo celoso, propenso á las sospechas é ignorante al mismo tiempo? Nada, condesa: de manera que aquí podemos echar el telón al cuarto acto de la tragedia de la revolución mexicana.

El quinto comenzó con el GRITO DE IGUALA, y concluyó con la muerte de Iturbide. Quizá tendremos ocasión de hablar de esto en otra parte con algún detenimiento. Habéis visto que Mina partió de Soto la Marina con cerca de trescientos hombres, oficiales y soldados: asegúraseme que media docena apenas ha escapado de esta catástrofe dolorosa.

Conozco, condesa, que encontráis un gran vacío en esta pequeña relación histórica, sobre una circunstancia cuyo desenlace interesa más á vuestro corazón que á vuestra curiosidad: voy á llenarlo. Os dije que al llegar al Venadito había encontrado al dueño de la hacienda de la Tlachiquera: vuestra agitación sobre la suerte de este distinguido patriota, de este amigo generoso, debe haberse calmado ya: sí, condesa, D. Mariano Herrera está sano y salvo. ¿Pero cómo ha podido escapar de la sanguinaria sed de estos caníbales? Tengo tanta mayor complacencia en referíroslo, cuanto que esta circunstancia derrama un nuevo lustre sobre los sentimientos magnánimos de aquel sexo de que sois un tan noble adorno, y yo uno de los más constantes admiradores.

A los procedimientos, á los rasgos heroicos de su hermana, debió Herrera su vuelta á la existencia; digo su vuelta, porque su vida estaba ya al borde de la tumba. Monta á caballo, se adelanta á la escolta matadora de su hermano, se presenta á Liñán: le habla un lenguaje romano, que realzando su dignidad  y su sexo, envilece al tirano, que no puede rehusarle la gracia de suspender por algunos días su furor homicida., Tan abundante de sagacidad y previsión, como lo era de sublimes sentimientos, vuela en seguida á las prisiones de Irapuato, consuela, reanima á su hermano, y le sugiere la idea de representar el papel de. loco. Las circunstancias auxiliaban á la verosimilidad del papel; lo representa maravillosamente: quizá estaba en efecto loco cuando creía fingirlo tan solo. Se dirige después á México trasportada en las alas de su afecto fraternal, y se presenta al virrey. Este hombre con las amables disposiciones de su alma, habría sido bueno si no hubiese sido el ministro de una nación tiránica: conmovido al aspecto de esta heroína, ordena que si D Mariano estaba en efecto trastornado, se suspendiese la sentencia de muerte.

Sin embargo, sus verdugos quieren gozar de la apariencia del espectáculo homicida, y á excepción de la formalidad fatal, todas las demás fueron plenamente ejecutadas. ¡Lo creeréis, condesa; á un refinamiento de crueldad más bien que á la clemencia, es á lo que debe la vida! ¿Sabéis por qué Liñán obedeció la orden del virrey que habría despreciado en cualquier otro caso? Él mismo lo ha dicho que él no tenía la más leve satisfacción en hacer morir á un hombre, que en el estado en que se encontraba, ningún sentimiento tenía en perdonar la vida, y que no podría dejar muy grandes sentimientos á sus amigos y parientes que le sobreviviesen. Juzgad por este simple razonamiento qué clase de alma se abrigaría en este monstruo.

D. Mariano fue retenido por largo tiempo todavía en las prisiones, en donde su hermana jamás lo abandonó: al fin obtuvo que se le ampliasen estas bajo el pretexto de que su cabeza podía no menos que empeorarse; pero no se le permitió llevarlo á la Tlachiquera, sino dando todas las seguridades que se le exigieron. Debía devolver al gobierno á su hermano, si su locura se curaba. Esta condición es una llueva prueba de la sagacidad feroz de Liñán.

D Mariano permaneció siempre loco como podéis creerlo, hasta que el grito de Iguala vino á proporcionarle un lúcido intervalo, que gracias al cielo dura todavía con la independencia, y que como ella jamás cesará según espero.

Un poco de chanzas sirve algunas veces para distraernos de los gemidos, que recuerdos horrorosos nos ocasionan; me permito por lo mismo, en tono de chanza observar á D. Mariano, que yo estaba tentado de creer que él no estaba verdaderamente loco, y que se vi á en el caso de recurrir á la ficción. Él mismo estuvo tentado de creerlo cuando yo recapitulaba sus desdichas: la 'hacienda y todos los ranchos quemados y devastados, treinta ó cuarenta mil cabezas de ganado menor muertas ó robadas, los campos y las presas de agua destruidas, parientes y amigos asesinados, muchos años de peligros y vejaciones de toda especie, retiradas forzadas á los bosques, el espíritu siempre agitado, el corazón afligido con mil heridas, la prisión y medidas que ponen nuestra existencia á dos dedos de la eternidad, un amigo sacrificado.... qué cosa más á propósito que estas calamidades para desarreglar realmente la cabeza más bien organizada?

El me hizo el honor de darme una carta de recomendación para México, en donde su hermana reside actualmente. Pasé un día muy agradable en compañía de este digno y galante hombre: contrajimos una sincera amistad, y para mejor afianzarla nos cambiamos nuestros caballos: le di yo el mío que estaba llagado de los lomos, por el suyo que era cojo.

Eran estos dos desgraciados que cambiaban sus miserias. Eran dos buenos corazones representados por dos pellejas. Su hacienda comienza á levantarse un poco por el concurso de los rancheros que lo aman y lo estiman y vienen á poner de nuevo ó á fundar sus establecimientos: de una de las más florecientes y de las más ricas de esta fértil provincia, se había convertido en un desierto de más de cien millas de perímetro.

Sus ruinas indican todavía que sus edificios igualaban por su belleza y su estructura á la presa de agua que yo os he manifestado. Abraza la cima de la Sierra-Madre, que corre aquí por la medianía del continente mexicano, y le separa casi á igual distancia del Atlántico y del Pacífico.

De allí bajé al llano de Silao al Oeste de la hacienda: porque el camino del Sur por la montaña, está puesto á través de colinas y de abismos. Un día después llegué á esta ciudad digna de una alta y rica fama.

Después de un pequeño reposo físico y moral, iremos á saltar un poco sobre estas montañas, y á bajar á sus minas para examinarlas con los mineros antiguos y modernos: españoles é ingleses, y las reconoceremos en su aspecto comercial y político.

Fuente:

Beltrami, Giacomo Constantino. México, obra escrita en francés. Tomo II. Imprenta de Francisco Frías, Querétaro, 1853, pp. 156-293


domingo, 25 de febrero de 2018

Tercera parte del relato de Beltrami en torno a la participación de Mina en la guerra de Independencia

Esta es la tercera de cuatro partes de la carta que Beltrami envía a la condesa  Luisa de Stolberg-Gedern. Aquí hace una interesante reseña de la zona de León. Para ver la primera parte, entra aquí y la segunda, acá.

  León tiene bellas iglesias y hermosos; conventos. Los jesuitas tenían allí una opulenta y vasta dominación, formaron un convento de jesuitas hembras, sin miramiento á las bulas del Vaticano y á los decretos de diferentes príncipes, que han prohibido frecuentemente esta clase de instituciones: es cierto que estos señores se han mofado siempre de los papas, de los pueblos y de los reyes. Habían llamado á este serrallo el Beaterío de las mujeres (en lugar de bienaventuranza para las mujeres) y se dice que no era menos para los reverendos padres. Los franciscanos que son actualmente los directores, habrían podido darme algunas nociones seguras sobre este particular; pero volvían las hojas de sus breviarios cuando yo les promovía esta conversación.

León está á cerca de ciento veinte millas de Guadalajara, trescientas de México, y á cincuenta de Guanajuato por la vía de Silao. De León tomé el camino de la alta cordillera, la cadena principal de la Sierra-Madre que le domina al Este: la que Mina recorría durante el sitio del Sombrero, en donde aguardaba los socorros que Torres le prometía sin pesar y jamás le envió. Desde allí habría podido con sus socorros atacar al enemigo por su retaguardia y conseguido quizá arrojarlo, ó cuando menos, mantener el valor y medios de resistencia de la guarnición del fuerte.

Hice alto en la hacienda de la Tlachiquera; situada en el seno de un gran valle que comienza casi en la cuna de esta alta cordillera, llevando el nombre de la hacienda, ó ésta el nombre de la cordillera. Los realistas la quemaron y destruyeron desde los cimientos: hoy no es más que un montón de ruinas. Algunos jacales de nueva construcción sirven allí dé abrigos provisorios á los empleados en la agricultura que ha vuelto á atenderse, y que estuvo abandonada por mucho tiempo durante la revolución: 

Pertenece á un distinguido patriota, al único amigo sincero que Mina tuvo quizá entre estos celosos pobladores. Y este celo no debe asombraros, condesa, porque es la consecuencia del estado de abyección y desconfianza á que los españoles los habían pérfidamente reducido: todavía hoy les es todo extranjero ó sospechoso ó antipático. Este patriota criollo es D. Mariano Herrera, héroe puro de la revolución, héroe de la amistad: este último heroísmo lo arrastró hasta el borde del sepulcro, que cavó la suerte al desgraciado Mina en la provincia del Bajío. 

En la Tlachiquera fue donde Mina encontró los restos de la guarnición que habían escapado del asesinato del fuerte del Sombrero: eran solo diez y nueve, y de estos solo siete ú ocho de su falange américo-europea. ¿En dónde están los otros? preguntó Mina luego que los vio.

—Somos los únicos que les sobrevivimos: Esta respuesta le hizo derramar copiosas lágrimas.

Es necesario daros aquí una idea estratégica, de la manera con que los patriotas hacían la guerra,; En cada, distrito el pueblo, criaba, como los tártaros, sus oficiales, y escogía los más intrépidos, los más valientes, sin distinción de casta ni de talentos. El comandante solo era nombrado por el general en jefe, que frecuentemente lo era por .su propio nombramiento.

Cuando había necesidad de reunir un cuerpo el general daba la orden á los comandantes de los diversos distritos, y estos á sus oficiales, quienes á su vez lo hacían con los soldados. Se daba una cita para el punto de reunión, como por ejemplo, la Tlachiquera. Todos aquellos soldados vagabundos, ó se armaban por sí mismos, ó llevaban las armas que se les distribuían cuando la casualidad las proporcionaba; lo mismo sucedía con las municiones; se pagaban cuando sobraba algún dinero á las dilapidaciones de los jefes, cuando no el pillaje hacia los gastos. En cuanto á los víveres no había necesidad de provisiones para los mexicanos: por donde quiera encuentran tortillas que bastan para su sobriedad verdaderamente extraordinaria; además de las tortillas, los frutos naturales del país y los ganados-, hacen en todas partes las fiestas. Equipajes y cuarteles tampoco les eran más necesarios; un par de calzones y una camisa, son toda su ropa de gala, suelen también andar sin camisa; unas mangas son sus capas, sus cobertores y sus lechos: un portal, un árbol ó el Cielo raso, son sus cuarteles. 

Si en el combate sucumben, se dispersan para reunirse en un lugar concertado de antemano, como los escitas, los cosacos y los salvajes: si triunfan, permanecen reunidos hasta que el general juzga á propósito despedirlos; entonces cada uno se retira á donde le parece: vuelve ó no vuelve según su fantasía. Los realistas bien armados, sabiamente organizados, bastante disciplinados y con los medios de trasporte indispensables para la artillería y las municiones &c., tenían como era natural, una ventaja inmensa sobre estas hordas aventureras; sin embargo, condesa, en los últimos tiempos, en igualdad de número y de posición, casi siempre salían victoriosas. Su caballería sobre todo, es formidable. Los mexicanos en mi opinión, son los mejores y más hábiles jinetes del mundo; nada los contiene ni atemoriza si están seguros de que su caballo es tan dócil á los movimientos de su mano izquierda, como hábil es su brazo para herir con el sable ó la lanza. Su caballería tiene además otra arma terrible, el lazo, el nudo corredizo de nuestros pastores. Los mexicanos lo arrojan sobre el enemigo con una destreza sorprendente y á distancias considerables; aguijan con ambas espuelas á su caballo, y arrastran á su presa con el lazo cuya extremidad se recomienda á la cabeza de la silla.

Hemos visto que los mexicanos si hubiesen sido auxiliados en su talento natural por luces bien adaptadas, serian uno de los primeros pueblos del mundo: me atrevo á asegurar que bien disciplinados y bien mandados, pueden  hacerse los mejores soldados. Resisten á toda clase de intemperies, de privaciones, de fatigas, cuando nosotros estaríamos ya extenuados y rendidos. Las escoltas, ó las guardias de honor con que cada comandantito se pavonea, estando un poco mejor disciplinadas y arregladas, han hecho, y con frecuencia, prodigios de valor. Algunas veces se contaban en una partida tantos oficiales como soldados, lo que no podría suceder en una tropa regularizada en donde la comandancia vendría á convertirse en una anarquía, en una confusión; pero este es un nuevo medio de emulación para gentes resueltas á batirse solamente, sin ceremonias de distinción ni grado. Que después del combate se les llame capitanes ó soldados ¿qué importa? y durante la batalla resultan de esto algunos bravos de mas, y algunas pretensiones de menos.

Antes de dejar á la Tlachiquera, debo deteneros un poco sobre la manera de tomar la agua que riega el terreno destinado al cultivo del trigo. Los cimientos del dique que atraviesa y obstruye un vallecillo encerrando en el centro un hermoso vaso, son casi ciclópeas Recordad, condesa, las del vaso de San Fereol que os manifesté desde lo alto de las Cevenas que surten el gran canal de Languedoc. Estas, mucho menos importantes, son de muy grandes dimensiones para un simple particular: su solidez resistió á todos los esfuerzos vandálicos de los realistas. Son una obra que si se hallara entre las ruinas del Latium, se le creería romana. Fue emprendida y acabada por el padre de D. Mariano.

De la Tlachiquera me dirigí al rancho del Venadito, á seis millas al Sur, dependiente de la misma hacienda: allí vive y vi yo á D. Mariano: allí fue donde Mina concluyó su carrera militar: y su carrera mortal no fue más lejos de allí. Esta es la última huella que encontramos de su expedición trasatlántica: un velo funerario la cubrirá para siempre. Mi corazón participa de vuestras emociones.

No seré largo. Liñan después de la toma y carnicería del Sombrero, llevó sus armas y crueldades contra el fuerte de los Remedios, en donde el padre Torres había reunido todo su poder. Nada faltaba en él; todo había en abundancia, pero Torres allí estaba, y de consiguiente la molicie, la intriga, la discordia y la cobardía, debían también reinar allí, á pesar de que el coronel Noboa y otros oficiales que Mina había tenido la bondad de darle de su falange americano-europea, hubiesen hecho esfuerzos inauditos para establecer el orden, la disciplina y todos los medios de defensa. 

Este fuerte está á cerca de cincuenta millas al Sud-Oeste del Sombrero; á cuarenta millas del Venadito, á treinta y seis millas de Guanajuato al Oeste, sobre una montaña que se eleva como por encanto sobre los bellos y vastos planes del Bajío.

Mina aunque siempre engañado y traicionado por la perfidia de Torres, no cesaba de emplear todos sus esfuerzos en favor de la causa de la independencia. Convino con Torres y con los oficiales que le había dejado, que mientras ellos se ocupaban de defender el fuerte, él recorrería el campo con el fin deportar los víveres y los socorros á los sitiadores, y los molestaría de todas maneras. Había logrado formar un cuerpo muy considerable de caballería, y reunir alguna infantería: se puso en campaña con valor y resolución. Ataca en seguida, y gana al Bizcocho y á San Luis de la Paz, dos plazas que los realistas habían fortificado. Para mejor cortar las comunicaciones entre Liñan y la capital (México) intenta apoderarse de San Miguel el Grande que hallaréis en la carta; pero fracasó su intento. La misma suerte tuvo en la Zanja, hacienda fortificada por los realistas, cerca del Valle de Santiago. 

Casi todos los comandantes de los distritos patrióticos, seguían contra Mina el sistema de celo y ambición de su jefe, el padre Torres; lo dejaban que careciese de todo después de haberle prometido todo, y lo abandonaban solo en las empresas que juntos habían combinado. Para colmo de desgracias, se declaró una oposición abierta entre él y el infame padre Torres. Mina tenía proyectado atacar á Guanajuato, como el foco y depósito general de todas las fuerzas, de todos los recursos de los realistas en el Bajío. Torres se opone, y manda desde su Bastilla á todos los comandantes de la provincia, que no den á Mina socorro alguno, sino con el objeto de atacar de frente a los sitiadores, porque el valiente reverendo comenzaba á no ver más en la causa de la independencia, que á sí mismo, á sus bellas, á su fuerte, y á los sitiadores que muy de cerca lo .perseguían. Mina contrariado por todas partes, combate aquí y allá como un vagabundo con diferente fortuna. Inquieta al enemigo; pero sin plan combinado, sin acuerdo y sin fuerzas, no puede intentar golpe alguno decisivo: tanto menos cuanto que él mismo se encuentra constantemente circunvalado, asechado por él coronel Orrantia que le sigue por donde quiera á la cabeza de un cuerpo de caballería, y de una manera que parece concertada para sorprenderlo ó hacerlo caer en algún lazo.

Continuará...

Fuente:

Beltrami, Giacomo Constantino. México, obra escrita en francés. Tomo II. Imprenta de Francisco Frías, Querétaro, 1853, pp. 156-293

sábado, 24 de febrero de 2018

Un relato de Beltrami sobre Francisco Javier Mina (Segunda Parte)

Continuamos con la carta a la Condesa:

Lo que hace mucho honor al desinterés de Mina, es que toda la suma que no se evaporó, fue entregada por el comandante del fuerte del Sombrero, como un óptimo despojo perteneciente al gobierno imaginario, bajo cuyos auspicios se había empeñado al servicio de la independencia: y lo que distingue la política del padre Torres, es que prontamente se trasladó al fuerte del Sombrero, para dar la bienvenida al nuevo huésped y tocar la mano á los doblones, que este acababa de llevar. D. Pedro Moreno hizo allí también su boda; porque el patriotismo de esta clase de jefes consiste principalmente en los doblones. ¡Pobre Mina! ¡Qué auxiliares!

Sin embargo, este jefe se ocupaba en el fuerte del Sombrero, en reforzar su tropa, y en arreglar las disposiciones para asegurar algunos triunfos á la causa que había venido á defender. Pero los patriotas concebían ya cierto celo, que se explica tanto mejor cuanto que el mismo sentimiento naciente entre ellos debía muy naturalmente fundarse en la cualidad de extranjero; sentimiento favorecido por otra parte, por las sospechas alarmantes que los malvados ó los emisarios realistas habían esparcido contra su lealtad. De aquí nació la negligencia en instruirse en el Sombrero, de lo  que los realistas hacían en la ciudad de León, que estaba en cierta manera bajo de sus muros, y esto fue lo que lo hizo sucumbir en la expedición emprendida contra esta plaza.

La guarnición era tres veces más fuerte de lo que él lo había creído. Ignoraba que uno de los mejores generales españoles había venido á mandarla, el general Negrete y además fue engañado aparentemente sobre la situación de la ciudad; porque cometió la enorme torpeza de atacarla por el lado del plan al Este; mientras que al Oeste, una colina que la domina y la costea de Norte á Sur, ofrece la más favorable posición para dominarla y tener en el ataque un éxito feliz.

En México las casas grandes, los conventos y las iglesias están todas coronadas de hendiduras que hacen de ellas otras tantas fortalezas, de baluartes desde donde los asaltados pueden rechazar á los asaltadores que se presentan por el lado de un plan: he aquí lo que hizo de cada hacienda una fortaleza bastante formidable ó al menos defendible en una guerra de guerrillas ó de partidarios. La torre que Iturbide hizo construir en León, es precisamente un puesto avanzado hacia la colina para rechazar los avances del enemigo; pero el obstáculo es muy fácil de vencer; es una fanfarronada: su autor no ha querido más que trasmitir su nombre á la posteridad, no pudiendo entonces ni soñar que la suerte que saca al hombre del fango para elevarlo hasta el cielo, le proporcionaría en lo sucesivo el Grito de Iguala, y menos todavía que circunstancias fortuitas y la ambición del padrastro, le proporcionarían un trono de teatro sobre el que se meneó corno un títere por algunos meses.

Mina perdió cien hombres en este ataque, y además una gran parte de la admiración que sus hazañas habían arrojado en diverso sentido sobre los diferentes partidos; manifestó al enemigo y á los suyos que era más bien guerrillero que militar. 

Negrete hizo fusilar á todos sus prisioneros: Mina trató á los suyos con más humanidad. Uno y otro eran españoles, lo que prueba que no son las naciones las que distinguen á los hombres, sino los sentimientos que los animan; y estos sentimientos jamás serán generosos, cuando se sirve á la tiranía: ved á los españoles. Por qué se han manifestado siempre crueles y bárbaros? porque la tiranía ha sido siempre su ídolo. Decididamente las circunstancias son las que forman á los hombres: los principios muy frecuentemente se les ha visto volar con el viento que sopla para subir ó bajar la conducta de la criatura humana.

Apodaca, sin embargo, se manifestaba vigilante, conocía que el arribo y las victorias de Mina podían encender de nuevo el fuego de la revolución en el Sur y hacer que de nuevo se levantase la voz de independencia en todo México. Pero los jefes del Sur descansaban tranquilos á la sombra de la amnistía real; y la anarquía, el celo y el despotismo del padre Torres, paralizaban los negocios patrióticos del Norte.

Apodaca pudo reunir apresuradamente un ejército de cinco ó seis mil hombres, y enviarlos á atacar con vigor las operaciones de Mina antes que hubiese crecido su poder. Mina se había convenido con el padre Torres; contaba con los ocho mil hombres, las armas, las municiones y las provisiones que le tenía prometidas para el fuerte del sombrero. Arrullado con estas vanas esperanzas, vio llegar inopinadamente la tropa de Apodaca al frente del fuerte guarnecido más bien por mujeres y niños que por soldados y falto de víveres.

Mina hace una salida; se abre paso por el campo enemigo, y perdió la campaña por ir á solicitar los socorros del padre Torres: el padre le hace patente su impotencia: tenía otros quehaceres en el fuerte con sus bellas.

El Sombrero, este fuerte de cartón, después de casi un mes de resistencia, cayó en poder del enemigo. Debo economizar á vuestra alma sensible la relación de los horrores que los españoles cometieron con estos valientes: todos aquellos que no pudieron hallar su salvación fuera del reducto, fueron asesinados sin distinguir heridos ni enfermos. La pequeña tropa de Mina pereció allí casi toda. Allí perdió á su segundo, el coronel Young, americano, que era el bravo; de los bravos, un oficial distinguido bajo todos aspectos, no menos valiente en el combate "que generoso con los vencidos. 

Por lo que toca á D. Pedro Moreno, adivinaréis que se salvó: los cobardes saben siempre hallar el agujero por donde evadirse, mientras que los otros se baten: y no olvidó sus doblones. El general comandante de los realistas, era un cierto Pascual Liñán, simple soldado cuando Fernando entró en Francia bajo la tutela de Napoleón, y no sé por qué accidente se convirtió en criado de su rey. En la restauración, de la cocina ó del a antecámara, pasó de un salto al generalato y fue enviado á México con el grado de inspector general, aunque no supiese, según se ha dicho, ni leer ni escribir. Se le representa el hombre más grosero, más malcriado aun con las mujeres, y se asegura que es muy afecto á ser de los últimos en el momento del combate. Pero cruel y bárbaro tenía lo necesario para entrar en la gracia, y la confianza de ciertas personas reales. Muchos de los oficiales españoles que servían á sus órdenes, estaban altamente indignados de la conducta atroz de este caníbal. Protestaban y hacían mil esfuerzos generosos para salvar á la humanidad de su rabia homicida, pero en vano. Su crueldad, lo repito, era su solo mérito, y debía desplegarla del todo para recomendarse á un gobierno sanguinario. Quizá desagradaba al virrey de México que había prohibido espesamente asesinar á los prisioneros, pero sabía que se hacía agradable en otra parte, que encontraba más simpatías en aquellos de quienes recibía sus instrucciones y continuaba en su sistema, mofándose de la humanidad de sus oficiales y de Apodaca Para proporcionar algún descanso á vuestra sensibilidad que padece, retiremos la vista por un momento de las atrocidades de este monstruo, y de la perfidia del padre Torres. 

Dejemos al pobre Mina entregado á su celo infatigable, para reanimadla independencia moribunda. Volvamos al puente de donde nos hemos separado, León y á los negocios del día.

En León supe el nombramiento de Victoria para la presidencia de la federación. Esta elección me parece buena y la que mejor conviene, según creo, al estado presente de México. Guerrero, como, lo he dicho otras veces es igualmente, digno bajo todos aspectos de la confianza, de la estimación y de la gratitud de sus conciudadanos; pero quizá no tiene aún toda la urbanidad y la experiencia necesarias á tan altas funciones. Habrá adquirido lo que ahora le falta para la próxima elección.

Es un bien para la República que Bravo haya perdido su pleito. El hombre que conspiraba con los españoles para la centralización, y empezando por concentrar en la sola ciudad de México, en las manos de un triunvirato (que habría tenido el mismo fin de todos los triunviratos) el poder que está hoy diseminado con injusto equilibrio en diez y siete ó diez y ocho mundos, es decir, estados y territorios; el hombre que para subir á la presidencia ha sabido trasformar una sociedad, fundada en un principio absolutamente filantrópico, en una turba escandalosa de intrigantes, y en que figuraban principalmente aquellos que á su ejemplo no habían cesado de gritar animados por el aborrecimiento y la calumnia contra los masones, mientras que por otro lado solicitaban humildemente los sufragios del purismo y del monaquismo el hombre que bajo el pretexto de moderación, de prudencia y de otros semejantes nombres, ha engañado políticamente á todos los partidos y acariciado á los más poderosos; un hombre semejante á mi entender siente mucho la ambición, y este vicio es peligroso en el presidente  de un mundo, en donde el más majadero es un sabio y quizá un rey. Por esta franca expresión de mi opinión no creo oponerme á los panegiristas que han celebrado sus sentimientos generosos durante la revolución: al contrario, yo convengo en que era entonces tal cual se le representa; pero yo me opongo á que sea lo que hoy se le reputa.

No dudo que en lo sucesivo se muestre buen ciudadano, si á esto limita su ambición; pero si se le deja seguir más adelante, ó se pierde ó pierde al estado. (Los sucesos me han hecho profeta; pero se dirá que yo me convertí en profeta después de los sucesos. Las personas que tenían mi confianza y que me habían entregado la suya en Guanajuato, en México y en otras partes, encontrarán estas páginas del todo conformes con lo que entonces les decía.)

Participé con mucho placer de las fiestas consagradas á la celebración de este nombramiento. Victoria me parece un hombre de bien, un patriota firme: pero con medianos medios y alguna debilidad, debe rodearse de Fabricios y rechazar á los Antonios. 

Continuará...

Fuente:

Beltrami, Giacomo Constantino. México, obra escrita en francés. Tomo II. Imprenta de Francisco Frías, Querétaro, 1853, pp. 156-293

viernes, 23 de febrero de 2018

El relato que hace Beltrami sobre Francisco Javier Mina en 1824

  Es entre 1823 y 1824 que llega el primer, digamos, turista al México independiente, el italiano Giacomo Constantino Beltrami. No viene en busca de fortuna, él trae una gran fortuna y su interés, más allá de las minas, es conocer la flora, fauna y costumbres que hay en la nueva nación. Al modo de la época mantiene una abundante comunicación epistolar con la condesa de Albany, (que luego se convertiría en princesa), Luisa de Stolberg-Gedern. De esa abundante correspondencia surgirá el libro Le Mexique

  Es en la carta séptima que encuentro el relato que Beltrami hace sobre la presencia de Francisco Javier Mina, la cual me parece muy interesante, dado que él la va recopilando en pláticas que tiene siete años después de los acontecimiento, lo cual me parece una fuente sumamente importante, razón por la cual lo comparto en esta primera de tres partes:

  Estaba aún en el poder de estos cinco jefes revivir y hacer que triunfase la causa que defendían; pero el celo animaba también, con la discordia sus almas ambiciosas. Apodaca ve el momento favorable, no pierde tiempo, reúne sus fuerzas y hace atacar separadamente á estos jefes que formaban otras tantas potencias distintas. Terán y Rayón capitulan; Osornio traicionado por su segundo Vicente Gómez, cae en poder del enemigo, y Victoria y Guerrero se ocultan en las montañas, el primero hacia el Atlántico, y el segundo hacia el Pacífico.

Las regiones del Norte eran las únicas que se manifestaban en estado de hostilidad y de resistencia: el Bajío era el foco principal de la guerra, como el país cuya riqueza particularmente en géneros, ofrecía más recursos á los dos partidos beligerantes.

La administración civil y militar de los patriotas del Norte, no era más próspera que la de los del Sur. La pobre independencia estaba allí agonizando entre las manos de un sacerdote, y qué sacerdote!

Para pintaros á este padre Torres, seria necesario reunir en un solo cuadro los rasgos todos de los Callejas, de los Llanos, de los Iturbides, de los Bovillas, de los Velverdes y de los Pizarros; y aun así no se conseguiría sino un pequeño bosquejo de su retrato: tenia si no el valor de aquellos, toda su injusticia y su maldad. Habíase hecho fabricar una fortaleza como el tirano de Haití en la cima de una montaña, en donde se refugiaba cuando valerosamente huía del enemigo, y desde donde dictaba sus decretos de pillaje, de incendio, de proscripción, de muerte; sin exceptuar opinión, edad ni sexo: allí era donde mecido y arrullado por bellas en un lecho de rosas, exclamaba ensalzando su GLORIA y su GRANDEZA: Yo soy el jefe de todo el mundo. 

Y como el padrino es por todas partes la misma cosa, en las tinieblas y en la ignorancia fundaba principalmente su reino: no quería para jefes subalternos sino á hombres de la hez del pueblo, los más bárbaros y más groseros; y á tal punto, que se veían obligados á que les leyesen otros las comunicaciones y les firmasen las respuestas que hacían señalar con algún sello ó signo de inteligencia. Todo hombre que hubiese manifestado conocimientos y repugnancia de ejecutar las órdenes crueles ó imbéciles dé este Sultán, se convertía para él en objeto de celo, y su pérdida era casi cierta. Todo, aun el asesinato, eran medios expeditivos empleados por este padre: no toleraba más qué pachas siempre obedientes, con los brazos cruzados sobre el pecho, á sus firmanes, y á su voz. Os he dado dos muestras de las atrocidades de los jefes realistas: he aquí dos también de las de este monfetruo que se llamaba a, sí mismo patriota.

Bajo el solo pretexto de que las poblaciones del Valle de Santiago, Pénjamo y Puruándiro podrían servir de refugio á los realistas, ordena que se destruyan desde sus cimientos: además, no concede más que seis horas de tiempo á sus habitantes para trasportar sus efectos: después de esto, ellos mismos pondrán fuego á sus casas, cada uno á la suya.

Los de Pénjamo piden que al menos se les conceda un término más largo y necesario para el trasporte total de sus efectos, y buscar un abrigo. Cuál será su respuesta? Envía una tropa dé sus verdugos que recorriendo la población como furias, y con antorchas encendidas en las manos, sepultasen en sus cenizas una de las más bellas y ricas poblaciones del Bajío. Notad, condesa, que estas poblaciones se habían manifestado siempre las más inclinadas á la causa patriótica, y que jamás el enemigo había podido entrar en ellas. 

Ahora bien, el enemigo ya no encontró allí habitantes que se le opusiesen. Conoceréis bien que el fin de este monstruo no podía ser otro que gozar desde lo alto de su fortaleza del placer de la destrucción ó de alguna venganza personal, como Nerón desde la altura de su torre se deleitaba, mirando las llamas que devoraban á aquella Roma, que él aborrecía.

Otros pueblos y aldeas sufrieron la misma suerte. Segunda muestra de la inhumanidad del reverendo Padre. Se aproximaba con su tropa a una hacienda. Los habitantes del partido patriota lo creyeron realista y huyeron. Esto basta para que hiciese fusilar un gran número de ellos para castigarlos de una equivocación que merecería recompensa como prueba de su adhesión á la causa de la libertad. Nada fue capaz de hacerlo retroceder, ni las protestas de inocencia de estos infelices, ni las súplicas y lágrimas de sus esposas, de sus hijos, de sus padres y de sus madres.

Bajo los auspicios de esta anarquía, de estas atrocidades, preparaban los realistas un triunfo completo sobre la revolución. Tal era el estado que guardaba la causa de la independencia, cuando el desdichado Mina y su pequeña tropa de héroes vinieron á auxiliarla con sus generosos esfuerzos. Vamos ahora á reunírnosles en la hacienda de las Gallinas, para conducirlos al horroroso teatro de las humanas vicisitudes. Siento que mi pluma se resiste! que querría más bien dejarlos: presiente y predice sin duda la suerte funesta que les aguarda; pero su destino la llama á escribir sus decretos tales cuales han sido fulminados.

Los patriotas que Mina encontró cerca de las Gallinas, se dirigieron en seguida sobre uno de sus ranchos fortificados, después al fuerte del Sombrero, llamado así por la apariencia de la cima en la montaña, sobre que había sido fabricado por los patriotas. Los realistas le llamaban la montaña y fuerte de Comanja. Está á veinte millas al Norte de León, desde donde se distingue perfectamente la ciudad. Este fuerte, otras veces baluarte de la revolución, no es actualmente sino un montón de ruinas.

El ceremonial de poner á los pies del gobierno de la Independencia, sus servicios y los de sus compañeros de armas, fue el primer paso de Mina, cuando llegó al fuerte ante D. Pedro Moreno, que era el comandante, y digno subalterno del Padre Torres. Moreno los aceptó á nombre de su jefe. Un manifiesto anunció este feliz suceso que habría podido alentar el valor de los patriotas, y despertar los temores de los realistas, si Mina se hubiese dirigido á hombres menos celosos que los mexicanos, á jefes menos estúpidos y ambiciosos, más generosos y más patriotas. Dejó descansar por algunos días su tropa en el fuerte del Sombrero; pidió en seguida ir á buscar alguna ocasión de experimentar de nuevo su falange.

Cierto coronel, D. Felipe Castañón, terror de los patriotas de estas provincias, las recorría como un bandido con el hierro y el fuego en las manos, dando muerte á cuantos prisioneros hacía, á pesar de la expresa prohibición del Virrey Apodaca, asesinando aun á las mujeres y a los niños-, porque decía: estas mujeres y estos niños sentían ya el patriotismo.

 Contra este monstruo comenzó Mina á manifestar su valor. Lo encuentra cerca de la hacienda de San Juan de los Llanos, lo combate, derrota sus fuerzas aunque superiores en número y en armamento, y libra á la tierra de esta furia infernal. Los trofeos de la victoria fueron cerca de quinientos hombres muertos y prisioneros, dos piezas de campaña, quinientos fusiles de manufactura inglesa, y una gran cantidad de municiones, de bagajes, y de equipajes militares. Su principal pérdida consistió en el mayor Maylefei-, Suizo, antiguo oficial de dragones, á las órdenes de Napoleón, que más tarde había servido á las cortes de España, y que á los talentos militares reunía, según se dice las más bellas cualidades del espíritu. Lo maravilloso de esta acción fue la metralla enemiga compuesta de pesos duros.

Hizo después una visita á D. Juan de Moncada, aquel conde del Jaral, de quien os hablé en la hacienda de las Gallinas, y en la misma hacienda del Jaral donde es su principal y soberana residencia. El conde no tuvo la política de aguardarlo: huyó con los tres ó cuatrocientos realistas que formaban su escolta regia. Mina no quemó nada, á nadie mató: no hizo más que echarse sobre el dinero que estaba guardado en las bodegas. 

Si otro jefe que no hubiese sido Mina hubiese conquistado al Jaral, del Jaral no existieran quizá sino las ruinas: por otra parte, este dinero se empleaba por el conde (un criollo en ayudar á la tiranía de los españoles.

Multi multa dicunt sobre la suma de plata tomada; pero parece que además de los doblones que á manera de la harina en el molino, se pueden haber deslizado espontáneamente en alguna bolsa, puede evaluarse en doscientos cuarenta, ó doscientos cincuenta mil pesos.

Esto os dará una idea de la pequeña fortuna que los señores españoles hacían en México de una generación á otra; porque el señor conde es hijo de un español, que llegó á México poco más ó menos como una tortuga, llevando consigo toda su casa en su propia persona. Esta suma no era más que una muestra y pequeña de sus riquezas: de manera que recibió el suceso con la mayor indiferencia; quedó también muy satisfecho de Mina por no haber causado mal alguno á la hacienda.


Fuente:

Beltrami, Giacomo Constantino. México, obra escrita en francés. Tomo II. Imprenta de Francisco Frías, Querétaro, 1853, pp. 156-293