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domingo, 22 de noviembre de 2020

La Toma de Guanajuato del 24 de noviembre de 1810

  A más de doscientos años de haberse iniciado la Guerra de Independencia, en el ideario nacional está bien claro lo sucedido en Guanajuato el 28 de septiembre de 1810 en la Toma de Granaditas, también lo ocurrido en Monte de las Cruces, pero, cuando de derrotas se trata, estas se han ido olvidando o, en todo caso, no se han difundido cabalmente. Será bueno saber que luego de Aculco, Hidalgo se va por un rumbo y Allende junto a Jiménez, por otro, el primero a Valladolid, los segundos a Guanajuato. Es entonces que ocurre el episodio conocido como Toma de Guanajuato, ocurrida el 24 y 25 de noviembre de 1810.

  "A las ocho de la mañana del sábado 24, recibió Allende la noticia, de que Calleja se avistaba con dirección a la primera Batería situada en Ranchoseco: por lo que inmediatamente ordenó, que marcharan todas las fuerzas que estaban al mando del teniente general Jiménez, que era el que debía dirigir la acción: y poco después de las once se avisó, que las tropas que atacaban habían tomado ya algunos cañones, y que había muerto la mayor parte de la gente que los defendía, la que no teniendo disciplina ni armas, era fácilmente arrollada y desalojada: cuyos sucesos causaron tal alarma y agitación que en el momento se mandó tocar generala, y el que se hiciese con la campana mayor la seña que se tenía anunciada; más con esta operación no se logró en manera alguna el objeto con que se dictó, porque casi todas las familias decentes, se fueron a refugiar en los templos y conventos y las que no tuvieron oportunidad de hacerlo, se encerraron en sus casas: parte de la plebe se subió a los cerros, y toda la restante se quedó dentro de la población". (1)

  "Plano de las inmediaciones de la ciudad de Guanajuato cuya entrada a la distancia de una legua guardaban los insurgentes en once distintos puntos señalados con la letra A, de los fue fueron arrojados y perseguidos en su retirada por los diversos ataques que mandó ejecutar el Sr. Brigadier D. Félix Calleja que mandaba en jefe al ejército real, desde las once de la mañana del día 24 de noviembre de 1810, hasta las cinco de la tarde que tomó posición en Valenciana, desde la que, al día siguiente se dirigió a Guanajuato.

A.- Puestos ocupados por los insurgentes con artillería.
B.- Gente de armas de a pie y de a caballo que los defendían.
C.- El ejército real puestos en columna, cuyo general, hecho cargo de la posición, fue sucesivamente destruyéndola con artillería y mandando atacarla a la infantería y caballería; y ejecutando todo desde las once de la mañana a las cinco de la tarde, se dirigió al campo de Valenciana donde pasó la noche con su ejército, a excepción del regimiento de infantería de la Corona, con dos escuadrones de San Luis y dos Compañías de Dragones de México, que camparon sobre el cerro de San Miguel a las órdenes del Sr. conde de Cadena, por orden que recibió para ejecutarlo después que desalojase los enemigos de los puntos orientales que ocupaban.
D.- El cerro del Cuatro que dos cañones hicieron fuego al ejército a las ocho del día siguiente, cuando marchaba a Guanajuato, que fueron destruidos y llevados por los voluntarios a la ciudad en la que al mismo tiempo que el ejército entraba en ella por el oriente lo hacía el Sr. Conde por el occidente.

  Lo que pretendo con esta nota, más que relatar o transcribir los hechos, es ver el estupendo mapa que se elaboró para dejar constancia de lo ocurrido. Estoy dando el enlace directo para ver el mapa a detalle, el cual se localiza en la Mapoteca Orozco y Berra de la ciudad de México. Un par de detalles hay en los días previos a la Toma, una es que a los insurgentes les tocó estar en Guanajuato en la celebración del Patrocinio de la Virgen y ellos mismos cargaron la imagen religiosa. La otra que aparece La Barragana, y una más, que fue ejecutado, junto con 200, otros dicen que 400, españoles, el Administrador de Alcabalas de Salamanca, Agustín Cañas.

Para ver el mapa en detalle, entra aquí.

Fuente:

1.- Liceaga, José María. Adiciones y rectificaciones a la Historia de México. Edición Facsimilar. México, 1985. p. 153

lunes, 2 de noviembre de 2020

Copia de la relación escrita por un testigo presencial del terrible acontecimiento verificado en el Castillo de Granaditas en 1810.

Copia de un documento histórico tomada íntegra de una relación original escrita por un testigo presencial del terrible acontecimiento verificado en el Castillo de Granaditas en mil ochocientos diez.

   Satisfago a los deseos que tiene usted de una relación cierta de lo sucedido en Granaditas en el día 28 de Septiembre de 1810. Primeramente toda la reunión y fuerzas estaba reunida en la Plaza Mayor, las bocas calles con fosos y estacadas y sus respectivas guardias. Por Santa Rosa, Valenciana, camino de San Miguel y demás puntos que cercan la ciudad, avanzadas bastantemente respetables; por la noche, rondas de a 16 hombres de a caballo. Hubo varias consultas en el cabildo sobre la mayor seguridad, y entre diversos pareceres prevaleció el del Señor Intendente con algunos otros que se le agregaron, de que en Granaditas sería la reunión, y que allí mandaba llevar el tesoro, y que todos los vecinos que quisieren podían llevar también sus intereses.

   Cerrados ya los Señores y no habiendo quién diese consejo por que en todas partes nos anunciaban peligro de muerte o cuando menos quedar prisioneros, tomé el partido de irme a dicho fuerte. Entre 8 y 9 de la mañana del mismo día 28 cuando acababa de salir Abasolo de entregar el pliego, entré yo. Abasolo se fue luego y dejó a un soldado suyo que llevara la respuesta. Lo que contenía el pliego era la proclamación del Cura en Celaya por más de cincuenta mil Americanos, y que á nombre de la Nación se pretendía la independencia y recoger á los ultramarinos y sus caudales, etc.

  Como á la hora dio orden el Señor Intendente para que todos (sin exceptuar eclesiásticos) subiéramos a las azoteas. Separó el batallón de ultramarinos y criollos y formados en filas se nos leyó el pliego y preguntó por tres veces qué respondían: y todos a una voz dijeron vencer o morir. Después se le hizo saber al batallón y con entusiasmo dieron la misma respuesta. Se les dio música y empezaron los vivas por España. Observamos que los dos cerros de San Miguel, y el Diablo estaban poblados de gentulla y que nos correspondían tirando los sombreros por alto; pero como no se oían sus voces tampoco pudimos comprender hacía quién se dirigían sus vivas. No obstante que ignorábamos sus intenciones; se les dio señales de agradecimiento.


   Serían las 11 cuando el Intendente mandó al batallón bajase á comer, y apenas habrían empezado cuando se tocó a la generala por unos diez ó doce indios que entraban con lanzas por la calzada, y al llegar a una especie de plazuela que hay entre Belén y Dolores, se le gritó por tres ocasiones se contuvieran y no obedeciendo mandó a su hijo que comandaba esta estacada diese fuego, lo que ejecutó con violencia; pero como estaban cerca de Belén, corrieron y los libertó la esquina y solo pereció un pobre que estaba parado en una puerta de aquellas casitas. Cuando sucedió esta estaba yo a su lado. Poco antes que se divisara el ejército del Cura vimos bajar de Valenciana y Mellado bastante número de gente con banderilla blanca y tomaron el camino por la cañada abajo que iban seguramente a reunirse con su Tata Cura.

   No hubo más novedad hasta cosa de los doce. Como a estas horas vimos sobre el cerro de San Miguel el ejército americano que según se advirtió al descubrirse subieron por la presa de la cañada ó de Rocha y bajaron por San Juan. Desde una esquina de la azotea de Granaditas los vi entrar en la plaza y luego que empezaron los golpes en las puertas de las tiendas empezaron también las piedras y alguna otra bala desde el cerro del Diablo. Yo seguí todavía en la azotea porque seguramente desde la cumbre del cerro no nos alcanzaban ni las piedras ni las balas; y sin embargo de esto desde la azotea no vi dar fuego por los nuestros y solo vi que se diera desde las estacadas. Los de arriba seguramente no daban fuego por que los tapaban las casas ó tal vez por no hacer alguna avería en los que teníamos defendiendo las estacadas. Lo cierto es que por más de tres horas sostuvo fuego graneado la tropa que teníamos en las bocas calles, pero la de adentro yo no vi que diera fuego ni que sirviera de nada en las azoteas más que de recibir pedradas. Por una gotera (sic) parte estaba terrible la batalla; y entre una y dos de la tarde teníamos ya como 20 heridos siendo solo de bala Don Pedro Bustillos, porque estos estaban en las estacadas; estando el capellán y yo confesando algunos heridos dieron el grito: ¡El Santo Oleo para el Señor Intendente! fue el capellán, y al cuarto de hora ya estaba en la eternidad. Su eficacia le trajo la muerte pues ya viendo como movían las piedras salió para una de las estacadas (no sé a qué disposiciones) y apenas abría andado de cuatro a seis pasos cuando desde una ventana le dieron con tal acierto un balazo en la cabeza que hasta los sesos echó por las narices; se la hicieron pedazos. Su muerte nos consternó bastante y fue causa de que todos desconfiaran de la victoria y por esto desampararon las azoteas y se bajaron a sus cuartos. Ya aquí se trató de pedir paces.

  El primero que subió con la bandera fue Don Bernabé Bustamante a quién actualmente estaba yo confesando, no por herido, y sí porque esperaba (como todos) la muerte. No hicieron caso y subió por segunda vez un Padre con bandera y Santo Cristo. Tampoco la concedieron pues como no paraba el fuego de las estacadas y Dolores creyeron seguramente que era cautela para cogerlos juntos y echarles los frascos. O tal vez sería maldad de algunos perversos. Viendo la renuncia en conceder la paz se les tiró dos talegas que yo mismo las vi y esto a fuerza de súplicas. Se tiraron algunos papeles pidiendo paz pero no alcanzando ya diligencias se trató de poner un oficio al cabildo para que á nombre de todos suplicara las paces. No hallaban quién se resolviera a llevarlo porque no había más arbitrio que descolgar á uno por una ventana que mira hacia Dolores. Echaron mano de mí y a fuerza de súplicas recibí el oficio me lo metí en la capilla y al mirar una altura como de 20 varas y que movían las piedras y algunas balas, no me resolví a bajar, creído que indispensablemente moría, porque no habían de creer que era padre sino cautela de poner el habito á cualquiera.


   No faltó quién hiciera este sacrificio de los del batallón, se amarró y descolgó y por más que se gritaba que no lo mataran, llegó ya muerto abajo. Mirándonos ya sin remedio porque nos ganaron la estacada que caía al campo santo de Belén y que prendieron fuego á la puerta, se tiraron á lo desesperado los frascos, pero como cayeron afuera no vi el estrago que hicieron. Se formó en filas el batallón y demás señores que estaban dentro para recibirlos en la puerta a boca de cañón, pero no pude saber de dónde vino el que se dejaran las armas, y con esto, todos se retiraron a los cuartos de arriba. A poco sin saber cómo, entró el hijo del Intendente todo herido y bañado en sangre: en esta ocasión estaba yo cargado sobre la barandilla de los corredores, y luego que lo vi le salí a recibirlo, se le metió en su cuarto, y no tuve lugar más que para darle la absolución, porque me gritaron que ya entraban. A una voz me dijeron todos bajara yo por delante suplicándoles perdonaran las vidas. Baje el primero y Costilla con otros, unos agarrados de mi cuerda y de allí me seguían los más. Al bajar el último escalón entró el tropel de gentes y sin atender al sacerdocio, ni a las súplicas, me dieron un garrotazo en la cabeza y otro en el hombro y aunque bañado todo en sangre no me privé, y así pude observar cuanto sucedió y los destrozos que hubo. Con mil trabajos y peligros entre la multitud de la gentulla pude tomar un cuarto en frente de la escalera, y desde allí vi como los agarraban y mataban a puñaladas, garrotazos y algunos los pasaban con sus mismos sables y espadas. Los veía desnudos después de muertos y algunos aún no acababan de espirar cuando ya estaban encuerados. En la misma pieza se libertó un hijo de Don Bernabé Bustamante, salió herido y ahora va en el ejército del centro. Si le quieren decir a usted que hubo fuego en este lance, diga usted que es mentira, pues ni por los nuestros ni por los insurgentes se disparó un tiro, ni la apretura dela gentulla que no cabían parados lo podía permitir. Ni menos crea usted que entró Allende mientras duró la zafacoca, buen cuidado tendría él de no meterse en una bola, en donde los más no lo conocían, que fuera después al pillaje como fue el Cura, no lo dudo; pero la intrepidez que tanto blasonan de Allende los guanajuateños, no se pudo ver en esta vez. Concluida la mortandad, y divertidos en el saqueo quise irme, pero un minero y un indio, me cogieron prisionero, y me llevaban al cuartel a la presencia de un general, porque siendo padre iba contra la fe (esto es lo que ellos alegaban para llevarme) y por más súplicas que le hice no me permitieron el que entrara en una casa a curarme. Digo que un minero el uno, porque á los tres días fue este mismo a pedirme una limosna, y alega por mérito el haberme sacado de Granaditas. Salí por encima de todos los muertos que cubrían el patio y no se contaban hasta la esquina de afuera de Granaditas, y tan hechos pedazos estaban principalmente las cabezas que no pude conocer ni uno solo, siendo cierto que los más eran amigos y conocidos. A poco de haber entrado en la calle de los pasitos, me encontré con el Cura acompañado de unos 30 caballos, poco más o menos, me entré por el medio de ellos, le di mis besamanos, me conoció, y dio orden me llevaran al convento, de algo me sirvió el conocimiento, pues no lo hizo así con el padre Septién que lo encerró en el cuartel. Pidió un jarro de agua á mi vista, y de allí siguió para Granaditas.

   Esta es la verdad de todo lo sucedido en dicho día 28 de septiembre de 1810. Y aunque he oído hablar de algunos guanajuateños distintas cosas de lo que va escrito, no tienen más razón que por que se los dijeron, ni ellos son capaces de adivinar lo que sucedió en una casa cerrada, aún algunos de los que estaban dentro han hablado muchas cosas que no sucedieron, yo no sé si lo harían por granjearse alguna estimación o por acreditar su valor. El original de donde se ha tomado la relación preinserta existe en poder de Don Miguel Carrasca, quién lo obtuvo por regalo que de dicho documento histórico le hizo el Sr. Don Francisco Lorenti el año de 1874 en Guanajuato.

Nota:- Compulsa que hago de la primera copia que saque del original, para obsequiar al Señor Cura Foráneo de esta Ciudad, Don Antonio Morales en su día onomástica. San Felipe 13 de Junio de 1905. Clemente Garcidueñas.

 
El documento se localiza en el Archivo General del Estado de Guanajuato, dentro de la colección Agustín Lanuza Oresdier (Expediente N2 30, 6 fojas, buen estado de conservación), una de las más ricas y valiosas colecciones históricas que se administran en el archivo histórico. Bajo el sello del copista Clemente Garcidueñas, está fechado en San Felipe el13 de junio de 1905. Al final del manuscrito aparece una nota a lápiz, probablemente de Lanuza, adjudicándole la autoría a Fr. Baltazar de Arizmendi, confesor del Intendente Juan Antonio de Riaño.


Fuente:

Boletín del Archivo del Gobierno del Estado. No. 14, Nueva Época. Enero Marzo 1998. pp. 53-57. Documento paleografiado por don Isauro Rionda.




lunes, 18 de marzo de 2019

El parte de Diego García Conde, luego de haber sido liberado en Aculco, 1a parte.

   Continuando con la idea que manifesté recién, comparto un documento más, en esta ocasión se trata del relato de lo ocurrido a los detenidos en las proximidades de Acámbaro, al poco de haber comenzado el movimiento de insurrección. Eran los primeros días de octubre cuando García Conde, Merino y Rul son aprehendidos y como rehenes son llevados por los insurgentes de Acámbaro a Valladolid, para luego continuar a San Miguel el Grande y luego ser incorporados al contingente encabezado por Hidalgo. Como prisioneros estarán en la batalla del Monte de las Cruces, para luego seguir a Aculco en donde son libertados. Quien hace el recuento de los hechos es García Conde:

Excelentísimo señor,

   Después de la feliz victoria de Aculco, que me dio milagrosamente la libertad, pensé pasar a esta ciudad para dar a vuestra excelencia noticias exactas y circunstanciadas del manejo y proyecto de los enemigos que me habían llevado con su ejército a todas partes durante el mes completo de mi prisión, pero mejor aconsejado por el riesgo de volver a caer en sus manos, lo suspendí proponiéndome dar a vuestra excelencia por escrito puntual noticia de mis sucesos.
   Las ocupaciones de mi empleo, las marchas no interrumpidas y la falta de comodidad no me lo han permitido; hasta el día de descanso que tenemos en esta capital, a donde hemos regresado del Campo del Marfil, me proporciona la ocasión de verificarlo, esperando que vuestra excelencia me dispense así la digresión como la falta de elegancia, en honor de la verdad de cuanto me ha acaecido.
   Después que merecí [de] vuestra excelencia el acenso a coronel de Dragones Provinciales de Puebla y el mando de las armas de la provincia de Michoacán, salí de esa capital en compañía de los señores Rul y Merino el 3 de octubre para la ciudad de Valladolid, día justamente en que salía el correo de esa capital y que aumentaba el riesgo de caer en poder de los insurgentes por la noticia que nos habían dado de estar interrumpida la comunicación en Acámbaro. Llegamos felizmente a la Hacienda de Apeo, distante dos leguas de Maravatío, el día 6. Y por las cartas de recomendación que llevamos, adquirimos noticia de los administradores de las haciendas inmediatas para disponer nuestro tránsito con menos riesgo.
   Todos unánimes nos dijeron que el pueblo de Acámbaro estaba tranquilo, que iban y venían coches sin la menor novedad y aunque fui de opinión que tomásemos caballos en Maravatío, y no cruzar la sierra por tocar en Acámbaro, se opusieron diciendo que sería entrar en sospecha, pues se sabía ya nuestra ida por el correo y que, en caso de querernos coger, saldrían a verificarlo por la misma sierra. Y que por tanto tenían por más oportuno pasar disimuladamente por el arrabal del pueblo sin hacer alto en él y apostar tiros en el camino para hacer el viaje con celeridad. Así lo ejecutamos. Pero con la desgracia de estar vendidos por todos, hasta de los cocheros que nos pusieron en el camino, los que nos hicieron remudar una mula a la entrada del pueblo y otra a la salida, suponiendo cansancio y enfermedad. De suerte que a 2 leguas de haber pasado por Acámbaro, vimos venir como 200 hombres de a caballo para cortarnos y más de 300 de a pie por la cañada, habiéndonos abandonado como 16 vaqueros que pedimos de escolta y sin más defensa para la resistencia que la que podíamos hacer 6 hombres que veníamos en dos coches.
   Nos apeamos prontamente y, ya sin sombrero por no detenerme a cogerlo, teniendo en una mano el sable desenvainado parte y en otra una pistola, hice que todos los demás se pusiesen detrás de mí. Y apuntando la pistola al torero Luna que venía capitaneando su gente, le mandé hacer alto a cosa de 10 pasos, preguntándole qué quería y a quién buscaba. Pero una seña que yo no advertí y que hizo a los indios otro que venía a caballo junto a él, empezaron a llover piedras tiradas con hondas sobre nosotros. Y al querer sortear una, que me venía directamente, me ganó Luna la acción por detrás dándome una lanzada que me tiró redondo en el suelo. Y cuando volví en mí ya me encontré todo lleno de sangre y desarmado, rodeado de una porción de gente de a pie y de a caballo. Y me tiraron una pedrada en la mano izquierda, otra en la espaldilla, una cuchillada en la mano derecha, otra en la oreja izquierda. De suerte que aquella infernal canalla, a pesar de verme indefenso, se saciaba en martirizarme. Me ataron fuertemente y llegando otro de sus mandones que les [rep]rendió el trato que me daban, me hizo entrar en el coche con Rul y Merino, éste gravemente herido en el costado izquierdo y Rul con una cuchillada en la cabeza.
   Entramos a las 5 de la tarde en Acámbaro en medi[o] de la gritería del inmenso pueblo que pedía nuestras cabezas y acabar con todos los gachupines. Creímos que nos despedazaban, pero se reservaban nuestras vidas para mayores y repetidos insultos.
    Nos metieron en un cuarto del mesón rodeado de centinelas y vino un cirujano a reconocernos las heridas. Fue necesario confesar a Merino, al cocinero de Rul y a su asistente. Y aunque primero determinaron dejar a Merino en el pueblo hasta su restablecimiento, lo hicieron salir poco después que a nosotros, haciéndonos continuar la marcha a las 11 de la misma noche para Celaya, donde llegamos a las 11 del día por los dolores que las heridas nos causaba[n], como por ver la infamia de la plebe que nos amenazaba con las expresiones más indecente[s] que puedan imaginarse.
   Allí fue donde nos vimos totalmente saqueados, sin tener ropa que mudarnos y sólo con el colchón que nos quisieron dejar. Pero Dios nos deparó para nuestro consuelo al licenciado don Carlos Camargo que nos atendió en cuanto pudo, facilitándonos buen cirujano, con todos los ingredientes necesarios a nuestra curación y el método que debíamos observar, una muda de ropa a cada uno y cien pesos para lo que pudiera ofrecerse.
   La mañana siguiente salimos para San Miguel El Grande con los mismos insultos de la plebe y aún mayores porque íbamos encontrando la divisiones del ejército de Aldama y todos nos recibían con los mayores vituperios y amenazas.
    A las 6 de la tarde llegamos a cosa de media legua de San Miguel donde encontramos a Aldama, mariscal de campo de entre ellos, y general de su ejército, a caballo, en mangas de camisa, con sable y un par de pistolas de gancho en el cinturón, sombrero blanco y una manta o fr[a]zada en el arzón de la silla, quien después de habernos hecho reconocer por ver si traíamos alguna arma oculta, con palabras indecentes nos hizo volver atrás. Entrando nuevamente en Celaya sin darnos otro alimento que un pocillo de chocolate para recogernos desde otro igual cuando amaneció.
   Ya desde entonces seguimos con su ejército por los pueblos de Acámbaro, Zinapécuaro, Indaparapeo, donde nos detuvimos dos días esperando los ejércitos del cura Hidalgo y el de Allende, que nos incorporaron.

Fuente:

Las Cartas de Morelos en la Biblioteca José María Lafragua, BUAP.  Paleografìa de María del Carmen Aguilar Guzmán y Misael Amaro Guevara. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Puebla, 2015. pp 211-250

domingo, 10 de marzo de 2019

Una carta del cura de Guanajuato Br. D. Antonio Lavarrieta, 1810

   Ha sido un poco larga mi ausencia en la actualización de artículos, notas, apuntes, sobre la Guerra de Independencia en su etapa inicial, esta vez, como me encuentro trabajando en un texto que habla precisamente del tiempo que va del Grito de Dolores (16-IX-1810) al Sitio de Cuautla (19-II-1812) aprovecho para transcribir algunos documentos que creo son interesantes y que me están sirviendo de referencia a mi trabajo.

  En este caso se trata de una carta que el Cura y Juez Eclesiástico de la ciudad de Guanajuato envía a Calleja haciéndole notar de la confusión que hubo al considerarlo del bando Realista y saqueada su casa cuando ocurrieron los sucesos de Granaditas en septiembre y la Toma de Guanajuato en Noviembre de 1810:

Villa de León, 19 de diciembre de 1810.

Señor general de los ejércitos españoles de pacificación

  El doctor don Antonio Lavarrieta, cura y juez eclesiástico de Guanajuato, ante vuestra señoría con todo el acatamiento debido a su alta representación y a las augustas funciones que ejerce, digo: que la reconquista que vuestra señoría hizo en dicha ciudad, sacándola de la opresión en que la tenían los insurgentes, me cogió en Valladolid, a donde me llevó el deseo de conservar mi casa, condenada al saqueo y la rapiña, porque mi hermano político don Domingo Torices es europeo, y se le supuso arbitrariamente que militaba bajo los estandartes de vuestra señoría.

La certeza de este motivo la acreditan la carta que manifiesto a vuestra señoría y la certificación del señor conde de Sierra Gorda y gobernador actual de la diócesis, y fuera de esto es público y notorio.

Noticioso yo en Valladolid de que vuestra señoría me había buscado en Guanajuato, y que allí se habían hecho informes siniestros de mi conducta por personas que o tratan de levantar su fortuna sobre ruinas ajenas o que quieren vengar resentimientos privados y manados del gobierno que allí he tenido, o que fiscalmente tratan de hacer la corte a los altos personajes con denuncias y murmuraciones, determiné venirme a presentar a vuestra señoría para que residenciara mi manejo y desenvolverle las miras y fines que me había propuesto en acercarme de continuo a los insurgentes, cosas que ni antes ni a todos se podrían revelar sin hacerla perder su eficacia.

Llegué en efecto antes ayer y supe lo mal impresionado que vuestra señoría estaba; resolví por último presentarle esta representación después que hable con vuestra señoría y le explique por mayor todo el misterio de mi conducta.

Vuelvo a confesar a vuestra señoría con toda la franqueza de un hombre de bien, que en obsequio de la humanidad y por obviar atentados que la ultrajaban, me abocaba de continuo con los insurgentes, tal vez hablaba en idioma y al parecer me conducía como ellos, porque con esa moneda creía negociar o comprar garantías para los europeos, sus familias y muchos americanos que la adulación y la intriga daban por reos.

A esto se agrega el poco espíritu que yo tengo, que hacía temer mil peligros a cada paso y no hallar otro asilo que el de la lisonja.

Confieso que el tribunal de la fidelidad nada de esto me indemniza; porque defecto, cobardía, toda neutralidad, y lo que es más, el no ser partidario abierto de la buena causa, es un crimen; pero un crimen de flaqueza y no de designio o premeditación.

Persuadido de ello, no trato ya de vindicarme sino de acogerme a la real clemencia, impetrando como impetro el real indulto, que vuestra señoría ha publicado a nombre de nuestro piadosísimo rey el señor don Fernando VII ofreciendo otorgar en manos de vuestra señoría el juramento de fidelidad más circunstanciado y solemne, por el que me obligaré de buena voluntad a despreciar todo temor y declararles una guerra abierta a estos insurgentes enemigos de la patria y de la religión;

Y por último a compensar cuanto pueda con nuevos servicios al Estado la tal cual mancha que hubiere contraído, procurando mantener en paz y fidelidad el pueblo de Guanajuato que ha sido a mi cuidado, e inspirarles a mis compatriotas ideas de fidelidad.

Protesto a vuestra señoría que mi corazón siempre ha estado por el gobierno, que sobre el despotismo y opresión de los insurgentes pudieron haberme hecho declinar un algo las ideas de humanidad que me propuse seguir.

Sírvase vuestra señoría pues en virtud de sus viceregias facultades declararme indultado, ad-cautelam aceptar el juramento y oferta que le hago, y en seguida mandarme dar mi certificado en los términos que a vuestra señoría le parezca para mi futuro resguardo.—

Por tanto.—

A vuestra señoría suplico se sirva otorgarme esta gracia, por la que quedaré eternamente reconocido.—

Antonio Lavarrieta.—

Villa de León, diciembre 18 de 1810.—

Admito las protestas que el convencimiento y razón arrancan del suplicante; declaro en su favor el indulto, y en su consecuencia, otorgado el juramento que ofrece y que prestará en mis manos, restitúyasele a su curato, en que espera el gobierno que desmentirá con hechos, con palabras y por todos los medios que caben en su corazón sincero, las malas impresiones que ha hecho en el público su conducta; y denle para su resguardo copia certificada de este escrito y mi decreto.—

Calleja.

Don Bernardo Hernández Villamil, teniente coronel graduado de caballería y primer ayudante general del ejército del centro.—

Certifico: que habiéndose presentado a las 10 1/2 de la mañana de este día en el alojamiento del señor general de este ejército, brigadier don Félix Calleja el doctor don Antonio Lavarrieta, cura y juez eclesiástico de la ciudad de Guanajuato, a efecto de prestar el juramento que expresa el anterior decreto, lo verificó en manos de su señoría y a presencia del señor conde de la Cadena, del cura y juez eclesiástico de esta villa don Tiburcio Camilla, y del de Silao don Gregorio Bustillos, jurando in verbo sacerdotis.

Defender abiertamente y sin disimulo, los derechos del trono, la paz de los pueblos y la observancia de las leyes patrias; predicar, persuadir y exhortar a sus feligreses a que las defiendan igualmente, haciéndoles conocer los males en que envuelven al reino los sediciosos, y manifestándoles los errores, injusticias y crímenes de que se han cubierto;

Expresando además que no sólo procuraría convertir al pueblo en favor de la justa causa, siendo uno de sus principales promovedores hasta perder la vida, si necesario fuere, sino que respondía de su fidelidad; cuyas protestas repitió varias veces; todas las cuales fueron admitidas por el citado señor general, de cuya orden pongo el presente documento para los

efectos correspondientes.—

Villa de León, diciembre 19 de 1810.—

Bernardo Villamil.—

Es copia. (Ver nota 1)

Fuente:

J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

Versión digitalizada por la UNAM: http://www.pim.unam.mx/catalogos/juanhdzc.html

Nota 1. Este documento y el anterior no figuran en su lugar respectivo, porque su adquisición ha sido hasta la fecha, enero de 1879, pero al formarse el índice cronológico de las piezas que forman la colección, lo citáremos en el lugar que le toca.


domingo, 1 de abril de 2018

5 de febrero de 1812 en la Ciudad de México: la entrada de Calleja

   En este Bicentenario, del cual aun nos quedan cuatro años por conmemorar, han habido muchas fechas que pasaron desapercibidas o no fueron del todo difundidos sus recordatorios. Encuentro un dato más bien curioso, que escribe Lucas Alamán en su Historia de Méjico [con j], que relata la entrada triunfal que hace a la ciudad de México luego de la victoria obtenida en Zitácuaro días atrás. 

  "La batalla de Zitácuaro se libró el 2 de enero de 1812, en Zitácuaro, Michoacán. Las tropas realistas eran dirigidas por Félix María Calleja y el ejército insurgente por Ignacio López Rayón. El virrey Francisco Xavier Venegas ordenó la toma de Zitácuaro pues ahí se situaba la Suprema Junta Nacional Gubernativa, órgano director de la insurgencia. Durante la batalla, Ramón López Rayón perdió un ojo. Tras varias horas de combate, finalmente la ciudad cayó en manos de los realistas, poniendo en fuga a la Suprema Junta Nacional Gubernativa hacia Tlalchapa y Sultepec." (Wikipedia)

Puestos en contexto, veamos lo que escribe Alamán:

  Marchaba al frente Calleja con su estado mayor y una lúcida escolta, seguían por su orden los cuerpos, formando la cabeza de la columna los granaderos, en cuya primera fila se hacía notar D. Domingo Mioño, español, natural de Galicia, y avecindado en Colima, donde había gozado de comodidades, quien para dar ejemplo a sus paisanos de la decisión con que debían obrar en su propia defensa, servía como soldado, y nunca quiso ser más que el primer granadero de la Columna, como Latour d'Auvergne lo había sido en Francia de la república. Méjico presenciaba por la primera vez un espectáculo militar imponente; el concurso era inmenso y la gente veía con admiración aquellos soldados cuyas proezas había leído, y en especial aquellos cuerpos levantados por Calleja en S. Luis, que habían hecho de una manera tan bizarra la campaña, y a cuya aproximación había debido la capital un año antes, no haber sido devastada por la muchedumbre que Hidalgo condujo hasta las Cruces, estimulada por el deseo del pillaje y la desolación.

  Un accidente inopinado turbó la solemnidad de la entrada. Al pasar el general Calleja delante de la última casa de la primera calle de Plateros, junto al portal de Mercaderes, con los vivas y aplausos del pueblo, se alborotó el caballo que montaba el mariscal de campo D. Judas Tadeo Tornos, director de artillería, que iba al lado de Calleja, y parándose de manos dio con ellas en la cabeza de este, tirándole el sombrero y haciéndole caer en tierra, cuyo golpe fue bastante fuerte para que fuese menester llevarlo cargad o a la casa del platero Rodallega y ponerlo en cama por algún rato, hasta que un tanto repuesto, pudo ir en coche a presentarse al virrey a palacio. Los que se habían burlado del prodigio de las palmas de Zitácuaro, tuvieron ahora ocasión de contraponer agüero a agüero, teniendo por mal anuncio el que Calleja en medio de su triunfo, cayese con el mariscal Tornos, que también fue derribado del caballo, a los pies del altar de un santo mejicano, en el día de la fiesta de este y en la misma calle en donde este había ejercido el oficio de platero.

  El ejército desfiló delante del palacio, saludándole y aplaudiéndolo el virrey, que salió a los balcones para verlo pasar. Su fuerza en este día era de 2.150 infantes y 1.852 caballos, que daban el total de 5.982 hombres, número que parecer a muy corto, atendiendo a las grandes victorias que obtuvo sobre reuniones de gente, aunque indisciplinada, incomparablemente más numerosas; pero entonces se hacía mucho con poco, mientras que después la impericia de los que han mandado ha sido causa de que nada se haya hecho con mucho. Acompañaban al ejército mil quinientas cargas de víveres, cantidad de parque y la artillería tomada en Zitácuaro, todo lo cual hizo que tardase en entrar desde las doce y media hasta las cuatro de la tarde. Seguíanle porción de mujeres y estas llevaban consigo los despojos del saqueo de aquella villa. La plana mayor se presentó en seguida á cumplimentar al virrey, quien con ella y los empleados superiores y otros individuos que acostumbraban asistir a su corte, se trasladó a la catedral magníficamente iluminada. Recibiólo el cabildo eclesiástico y se cantó un solemne "Te Deum, "para dar gracias a Dios por las victorias obtenidas por aquel ejército.

  La tropa se alojó en los conventos, habiendo estado la víspera el virrey mismo en el de S. Agustín, destinado a la columna de granaderos, para cuidar de que se dispusiese aquel cuartel con toda comodidad. Calleja se hospedó en la casa del conde de Casa Rul, en la que fueron continuos los convites y obsequios, concurriendo a la mesa  los jefes del ejército y todas las personas distinguidas de la ciudad, y en ella se ensalzaron en los brindis en prosa y verso las victorias del ejército y las hazañas del general, cuyo mérito se calificó superior al de Fabio Máximo y otros capitanes de la antigüedad. Se hicieron en el teatro funciones en obsequio del ejército y su jefe, y cuando este se presentó en él, fueron grandes los aplausos y los vivas.

  Venegas concurrió la primera noche, y viendo que hacia un papel secundario y desairado, no volvió las siguientes. Debió desde entonces ver en Calleja un rival, y persuadirse que el favor popular estaba enteramente de parte de este. En obsequio del ejército, los panaderos que casi todos eran españoles, a quienes se pidieron a prorrata las raciones de pan necesarias, no quisieron cobrar cosa alguna en los días 5 y 6 de Febrero.

  La llegada del ejército a la capital venció la repugnancia del virrey para conceder premios á sus individuos. Calleja había instado repetidas veces, como en otros lugares hemos visto, y en especial después de la batalla de Calderón, sobre la "necesidad que en su concepto había, para reanimar el valor y entusiasmo del ejército, de conceder a la tropa y oficiales algún premio ó distinción, que les hiciese olvidar los riesgos a que se exponían, y apreciar su suerte", contrariando además la idea que los sediciosos esparcían, de que servían a un gobierno que ni estimaba ni recompensaba sus servicios.

  Irónico es imaginar que mientras en la casa del Conde Casa Rul se daban grandes fiestas, él permanecía al frente, en marzo, un mes luego de la entrada de Calleja a la ciudad de México, moría en el sitio de Cuautla.

Fuente

Alamán, Lucas. Historia de Méjico. Tomo II, Imprenta de J.M. Lara, México, 1850, pp. 474-479

jueves, 9 de febrero de 2017

La batalla de Puerto de Carroza, Iturbide, Guanajuato, Octubre de 1810

   Varias ideas se me vienen a la cabeza al enterarme de la Batalla de Puerto de Carrozas, sitio próximo San José Iturbide, Guanajuato, que entonces se llamaba Casas Viejas. Próximo también a Querétaro y San Miguel el Grande. Nunca había oído hablar de ella, quizá porque es una derrota más al movimiento Insurgente o por que la página de la historia (la que se difunde oficialmente) tiene ya compilada Granaditas-Monte de las Cruces-Aculco. Al leer lo ocurrido me recuerda lo que con el mismo tinte de "inocencia", desconocimiento o fantasía sucedió en Aculco con el jinete sin cabeza o la explosión en el polvorín de Puente de Calderón. Los hechos ocurrieron del 6 al 9 de octubre de 1810:

   “San José Casas Viejas no representó un punto estratégico en el movimiento libertario que se desarrolló de 1810 hasta su consumación en 1821, sin embargo sí fue escenario de algunos enfrentamientos entre la milicia insurgente y realista. Cuando se dio el grito de Dolores por el cura Miguel Hidalgo y Costilla la madrugada del 16 de septiembre de 1810, Casas Viejas apenas contaba con poco más de medio siglo de existencia formal, durante el cual su desarrollo fue mínimo debido a la limitante que se impuso de no fundarse pueblo, por parte del dueño de la hacienda de El Capulín. No existe variante importante en el número de la población, por ejemplo en 1770 apenas vivían en la cercanía de la iglesia 28 individuos y para 1810 no excedía de cien habitantes diseminados en veinte viviendas sin orden regular, siete de ellas eran las principales, que incluía la casa cural y dos de comercio pertenecientes a españoles. 

  El primer encuentro entre los dos bandos beligerantes tuvo lugar la tarde del 6 de octubre de 1810, en el punto conocido como Puerto de Carroza, situado en dirección sur del municipio y límite entre los estados de Guanajuato y Querétaro; su nombre es muy antiguo, desde la época en que fue trazado una de las ramificaciones del camino México-Zacatecas en el siglo XVI y se menciona como lindero al erigirse la parroquia de San José en el decreto de 1770. Los historiadores de la independencia mencionan el lugar como la “primera batalla campal de la insurgencia”, efectivamente si consideramos que solo días antes, el 28 de septiembre, se había tomado la ciudad de Guanajuato por Hidalgo.

  Al propagarse con velocidad la revolución, el virrey Francisco Javier Venegas inició una serie de movilizaciones militares desde la capital y de otras ciudades del virreinato, hacia las más susceptibles de ser tomadas por las fuerzas insurgentes; una de ellas fue Querétaro, para ello envió para resguardarla a Manuel Flon, Conde de la Cadena, el 26 de septiembre. Estando en Querétaro fue informado de que los insurgentes se acercaban por el camino de San Miguel el Grande, Flon destacó contra ellos una división de seiscientos hombres, a las órdenes del sargento mayor don Bernardo Tello, compuesta de infantería de Celaya, Dragones de Sierra Gorda, la Compañía de voluntarios de Celaya formada en Querétaro con los europeos fugados de aquella ciudad, de que fue nombrado capitán don Antonio Linares y dos cañones.

  "Tello, creyendo que la fuerza insurgente no excedía de trescientos hombres se dirigió a buscarlos, pero encontrando que no bajaban de tres mil ventajosamente situados en el Puerto de Corroza; la división se dispersó, no quedando mas que ciento ochenta hombres al mando del capitán Linares, el cual avanzó al ataque, con lo que dio lugar a que la División se rehiciese. Los indios, desconociendo los efectos de los cañones, se precipitaron sobre ellos creyendo defenderse con colocar en las bocas de los cañones sus sombreros, lo que ocasionó un número considerable de bajas así como desorden y confusión, lo que llevó a la retirada. Don Niceto de Zamacois, en su Historia de México, da más precisiones al respecto:

  Los indios confiando en su número, se lanzaron sobre los realistas con la confianza del triunfo; pero los dos cañoncitos de montaña hicieron estragos en ellos. Se ha dicho que desconociendo los indios los efectos de la artillería, se precipitaban sobre ella creyendo defenderse con presentar a las bocas de los cañones sus sobreros de paja y que así fue grande la mortandad que tuvieron, siendo completamente desbaratados. Pero San José Casas Viejas en la Época de la Independencia semejante especie es absolutamente inadmisible. Nunca los indios, aun a la llegada de Hernán Cortés, en que desconocían completamente las armas de fuego, se lanzaron sobre ellas para impedir que saliese el tiro. Por el contrario, veían sus estragos, y quedaban aterrados al escuchar la detonación. No es verosímil, por lo mismo, que los indios del siglo XIX que habían visto fundir cañones al mismo Hidalgo en Guanajuato, y que conocían la fuerza de una bala disparada de un fusil, abrigasen la insensatez de creer que podrían detener el disparo de un cañón con un sombrero de petate. La especie referida no pasa de una de esas anécdotas inventadas por algunos de sus hombres que buscan la manera de dar mayor interés a los hechos, mezclando en ellos algo que salga de los límites de lo común. El arrojo con que los indios se lanzaron sobre las dos piezas de artillería para apoderarse de ellas, les hizo perder un número considerable de gente, y puestos en desorden y confusión emprendieron la retirada, dejando sembrado de cadáveres el sitio de la lucha.

  Este hecho de armas, aunque no fue de importancia, se ponderó como si se hubiese alcanzado un notable triunfo. No es, sin embargo, censurable que se le revistiese de una importancia que no tenía, pues se trataba de despertar el entusiasmo y la emulación entre las bisoñas tropas que tenían que combatir contra fuerzas muy superiores en número, aunque indisciplinadas en su mayor parte. (Zamacois, 1878).

  Los realistas no tuvieron más pérdida que un soldado de Celaya, causada por su propia artillería y no por el enemigo. La batalla de Puerto de Carroza fue ampliamente comentada e incluso se publicó este hecho en la “Gaceta de México”, periódico oficial del virreinato; esto con el propósito de amedrentar al bando insurgente por las bajas que sufrió, pero que en realidad no representa un hecho militar en comparación a lo que más adelante estaría por venir". (1)


Fuente:

1.- Ferro Herrera, Miguel. San José Iturbide. Colección de Monografías del Estado de Guanajuato. Bicentenario. Guanajuato, 2010, pp. 45-47

lunes, 3 de octubre de 2016

Una reflexión a lo que ocurre en Guanajuato el 28 de septiembre en nuestros días.


Nunca he estado un 28 de Septiembre en Guanajuato para hacer un comentario en torno a la celebración que más bien es una fiesta que se hace en ese lugar recordando que ese día, en 1810, ocurrió la Toma de la Alhóndiga de Granaditas. Creo que, ya es tiempo de rectificar, así como ya se desmitificó a Miguel Hidalgo y se bajó del pedestal y se hizo a un lado la estatua de bronce para entenderlo como persona, como ser humano, cosa que fue lo más positivo que nos dejó la celebración del Bicentenario; hacerlo igual con esta nada gloriosa toma que fue una de las más sanguinarias que han ocurrido en México y dejarla como efeméride que es y no como una celebración a los ríos de sangre que surgieron en ese día.

  "Muchos historiadores consideran este enfrentamiento más como un motín o masacre de civiles que una batalla, pues no se dieron condiciones de igualdad militar entre ambos bandos" (Wikipedia).

  La toma de la alhóndiga de Granaditas fue obra enteramente de la plebe de Guanajuato, unida a las numerosas cuadrillas de indios conducidas por Hidalgo; por parte de este y de los demás jefes sus compañeros, no hubo ni pudo haber, mas disposiciones que las muy generales de conducir la gente a los cerros y comenzar el ataque; pero empezado este, ni era posible dar orden alguna ni había nadie que la recibiese y cumpliese, pues no había organización ninguna en aquella confusa muchedumbre, ni jefes subalternos que la dirigiesen.

Precipitándose con extraordinario valor a tomar parte en la primera acción de guerra que habían visto, una vez comprometidos en el combate los indios y gente del pueblo no había que volver atrás, pues la muchedumbre pesando sobre los que precedían, les obligaba a ganar terreno y ocupaba en el instante el espacio que dejaban los que morían.

La resistencia de los sitiados aunque denodada, era sin orden ni plan, por haber muerto el intendente antes que ningún otro, y a esto debe atribuirse la pronta terminación de la acción, pues a las cinco de la tarde estaba todo concluido.

Dueños los insurgentes de la alhóndiga, dieron rienda suelta a su venganza; los rendidos imploraban en vano la piedad del vencedor, pidiendo de rodillas la vida; una gran parte de los soldados del batallón fueron muertos; otros escaparon quitándose el uniforme y mezclándose entre la muchedumbre.

Entre los oficiales perecieron mucho jóvenes de las mas distinguidas familias de la ciudad y quedaron otros heridos gravemente, entre ellos D. Gilberto Riaño que murió a pocos días, y D. José María y D. Benigno Bustamante; de los españoles murieron muchos de los mas ricos y principales vecinos; fue muerto también un comerciante italiano llamado Reinaldi, que por aquellos días había ido a Guanajuato con una memoria de mercancías, y con él un niño de ocho años, hijo suyo, que los indios estrellaron contra el suelo y arrojaron del corredor abajo; algunos procuraron ocultarse en la troje número 21 en que estaba el cadáver del intendente con los de otros; pero descubiertos, luego eran muertos sin misericordia. Todos fueron despojados de sus vestidos y al desnudar el cadáver de D. José Miguel Carrica, (e) se halló cubierto de silicios, lo que hizo correr la voz de que se había encontrado un gachupín santo.

Los que quedaron vivos, desnudos; llenos de heridas, atados en cuerdas, fueron llevados a la cárcel pública, que había quedado desocupada por haber puesto en libertad a los reos, teniendo que atravesar el largo espacio que hay desde la alhóndiga para llegar a ella, por entre una multitud desenfrenada que a cada paso los amenazaba con la muerte.

Cuéntase que para evitarla, el capitán D. José Joaquín Peláez (e) logró persuadir a los que lo conducían, que Hidalgo había ofrecido un premio en dinero por que se lo presentasen vivo, y que así consiguió ser custodiado con mayor cuidado en aquel tránsito peligroso.

Calcúlase variamente el número de muertos que hubo por una y otra parte; el de los insurgentes se tuvo empeño en ocultarlo y los enterraron aquella noche en zanjas que se abrieron en el río de Cata, al pié de la cuesta. El ayuntamiento en su exposición, lo hace subir a tres mil; Abasolo en su causa dice que fueron muy pocos; esto no me parece probable y lo primero lo tengo por muy exagerado. De los soldados murieron unos doscientos, y ciento cinco españoles.

Los cadáveres de estos fueron llevados desnudos, asidos por los pies y manos o arrastrando, al próximo camposanto de Belén en el que fueron enterrados; el del intendente estuvo por dos días expuesto al ludibrio del populacho, que quería satisfacerse por sí mismo de la fábula absurda que se había hecho correr, de que tenia cola porque era judío, la que no dejó por esto de conservarse en crédito; fue después sepultado con una mala mortaja que le pusieron los religiosos de aquel convento, sin recibir el honor que hubiera debido tributar a sus restos mortales un vencedor generoso.

Ninguna señal de compasión era permitida, y a una mujer del pueblo que manifestó condolerse al ver conducir un cadáver de un europeo, los que lo llevaban le dieron una herida en la cara.

Entregóse la plebe al pillaje de todo cuanto se había reunido en la alhóndiga, y todo desapareció en pocos momentos. Hidalgo quiso reservar para sí las barras de plata y el dinero, pero no pudo evitar que lo sacasen y después se les quitaron algunas de aquellas a los que se les pudieron encontrar, como pertenecientes a la tesorería del ejército y que por esto no debian ser comprendidas en el saqueo.

El edificio de la alhóndiga presentaba el mas horrible espectáculo: los comestibles que en él se habían acopiado estaban esparcidos por todas partes; los cadáveres desnudos, se hallaban medio enterrados en maíz, en dinero, y todo manchado de sangre. Los saqueadores combatían de nuevo por el botín y se daban muerte unos a otros. Corrió entonces la voz de que había prendido fuego en las trojes y que comunicándose a la pólvora, iba a volar el castillo, que era el nombre que el pueblo daba a aquel edificio; los indios se pusieron en fuga y la gente de a caballo corría a escape por las calles, con lo que la plebe de Guanajuato, que acaso fue la que esparció esta voz, quedó sola dueña de la presa, hasta que los demás, disipado el temor, volvieron a tomar parte en ella.

La gente que había permanecido en los cerros en expectativa del resultado, bajó para participar del despojo, aunque no había concurrido al combate, y unida con la demás y con los indios que habían venido con Hidalgo, comenzó en esa misma tarde y continuó por toda la noche y días siguientes el saqueo general de las tiendas y casas de los europeos de la ciudad, mas desapiadadamente que lo hubieran podido hacer un ejército extranjero.

Alumbraban la triste escena en aquella funesta noche multitud de teas ú ocotes, mientras que no se oían mas que los golpes con que echaban abajo las puertas, y los feroces alaridos del populacho que aplaudía viéndolas caer, y se arrojaba como en triunfo a sacar efectos de comercio, muebles ropa de uso y toda clase de cosas. (Lucas Alamán. La revolución del cura Miguel Hidalgo. Capítulo II, 2a. parate. Lo puedes leer completo aquí.)

martes, 16 de febrero de 2016

¿Qué tan "gloriosa" fue la toma de Granaditas?

  Esta es la tercera parte del relato de lo sucedido antes, durante y luego de la toma de Granaditas, al leer la última parte de lo que ahí abajo aparece, es cuando me pongo a reflexionar sobre el qué tan glorioso fue ese día... creo la gloria es otra cosa y no el abuso, como quiera, al haber pasado tanto tiempo, poco más de doscientos años, al parecer esas paredes ensangrentadas, ese río de sangre que bajaba hacia el río, esas pilas de cadáveres han desaparecido. Creo que no, no han desaparecido, aquí está una puntual reseña de lo que el 28 de septiembre de 1810 sucedió en la alhóndiga de Granaditas, algo que dista mucho de ser, verdaderamente, un día glorioso.

    "A la una de la tarde comenzó a entrar el ejército por la calzada que se componía de muchos indios honderos, algunos de flecha y garrote, los demás de lanza con algunos fusiles; seguía la caballería compuesta de rancheros con lanzas, espadas y machetes, soldados con toda su fornitura de Dragones de la Reina de San Miguel, y regimiento de infantería de Celaya, que en todo compondrían 20,000 hombres. El fuerte estaba comunicado por una puerta con la hacienda de platas nombrada Dolores cuya noria y bardas dominaban la calzada y desde allí comenzaron los europeos a tirar algunos tiros de que murieron tres indios, lo cual visto por los demás se dividieron en dos trozos parte de los de a pie y caballería tomó por detrás de Pardo para subir al cerro de San Miguel bajando los primeros por el Venado y los segundos por la calzada de las Carreras; y el otro trozo todo de a pie tomó por detrás de Flores para subir al cerro del Cuarto; de trecho a trecho se veían banderas de todos colores que parecían ser mascadas puestas en palos con una estampa de Nuestra Señora de Guadalupe.

   "Todos los de a pie se pusieron sobre las azoteas y en sitios donde alcanzaba la honda; al mismo tiempo que otros en el río quebraban piedras y se las daban a los proveedores que como hormigas subían a todas partes; era tal el aguacero de piedras que en un momento no quedó ninguna persona en la azotea de la alhóndiga, y ésta y el patio concluida la acción tenía una cuarta de las arrojadizas. El trozo de caballería que bajó por las Carreras era de 2,000 hombres, los que fueron inundando las calles y llegando a la cárcel dieron libertad a cincuenta y tantos reos de causa criminal y a otros muchos, como también a las presas de las recogidas, llevándolos delante con dirección a la alhóndiga, gritando todos ¡Viva María Santísima de Guadalupe! y ¡viva la América!. En el tránsito que hacían por esta ciudad los de a caballo tiraron varios fusilazos a los balcones de las casas cerradas y gritaban que abrieran las puertas. En la de don Francisco Marino quebraron la vidriera del balcón y un candil de cristal; y en la de don Diego Centeno a más de varios tiros rompieron las puertas y repartieron a la plebe toda la confitería. Situados los honderos en sus puestos, los fusileros en el cerro del Cuarto (que sólo dista el ancho de una calle de la alhóndiga) y otros desde el Venado se comenzó la batalla con un fuego tan vivo que no se podían ni comprender el número de tiros; el silbido de las balas se percibía por todas partes así como la gritería inmensa de la plebe unida con los indios, que luego dieron providencia de saltar las trincheras a pesar de que éstas se hallaban llenas de muertos del fuego que hacía la tropa y los europeos. No tardó tres cuartos de hora en perderse la trinchera a cuyo tiempo debía maniobrar la caballería.

    "En vano se esforzaron los capitanes Peláez y Castilla, pues los soldados no quisieron obedecer, lo cual visto por el señor intendente mandó tocar retirada adentro del fuerte, y los indios se apoderaron de los caballos de la tropa, y sólo abrían campo delante de la puerta del castillo de donde se les hacía un fuego muy vivo; fue de notar un indio hondero a quien dieron un balazo en la rodilla, el cual con esta herida no cesaba de mover su honda; entonces recibió el señor intendente una pedrada en la mejilla izquierda de que derramó bastante sangre. Serían las dos y media de la tarde cuando advirtió su señoría que el centinela de la puerta se había fugado abandonando el fusil, el cual tomó, y puesto con él al hombro hacía de centinela tirando varios tiros con cartuchos que le pedía a un sargento; advertido por éste del peligro, no quiso abandonar el puesto, lo cual visto por un cabo del regimiento de Celaya, preguntó a otros que quien era aquél soldado tan decente, y habiéndole respondido que era el señor intendente, dijo pues voy a matarlo, y dando un pequeño brinco para tomar mampuesto, le metió el punto con tal acierto, que le dio la bala arriba del ojo izquierdo, descalabrando la misma a un cabo del batallón que estaba a sus espaldas; encogió los hombros y cayó muerto, terminando sus preciosos días; aquel valeroso jefe, cuya memoria y el amor que tenía a esta ciudad, harán eterna su memoria y objeto de compasión por su desgraciada familia.

   "El sargento mayor, el cabo y sargento relacionados subieron su cuerpo al cuarto número 21, donde ocurrieron todos a compadecer tal desgracia. Su hijo don Gilberto se abrazó de su padre y habiéndose levantado exclamó diciendo “al fin mi buen padre moriste con el honor que viviste; pero yo no puedo sobrevivir a tu desgracia” y metiendo mano a una pistola la preparó con ánimo de quitarse la vida, si no lo hubieran contenido varias personas de respeto y sólo se serenó con la pretexta de que lo iban a poner en el punto más peligroso. Luego que murió el señor intendente se cerró la puerta de la alhóndiga, y se dividió el ejército parte en las ventanas y parte en la hacienda de Dolores desde donde se hacía un terrible fuego en todas direcciones; comenzó el enemigo a dar barrenos en una esquina, a minar por el caño principal para introducirse en lo interior a poner fuego en las puertas y a pesar de los muchos que morían se sucedían otros con ocote y brea para conseguir su intento.

   "No fueron bastantes quince frascos para hacerlos retroceder ni les acobardaba ver morir a sus compañeros, lo cual advertido por el sargento mayor les dijo a gritos, que era mejor rendirse pues no concebía esperanza de la empresa, entonces unos echaban dinero por las ventanas, otros corrían y tiraban las armas; no había orden ni obediencia, otros querían morir antes que entregarse, y no se sabe quién dio un balazo al sargento mayor don Diego Berzábal de que cayó muerto, atribuyéndose este hecho a uno de sus mismos soldados que reprehendió; éstos se desnudaban tirando las casacas y desde entonces ya no hubo defensa ni cabeza, ni orden; con mucho trabajo se enarboló bandera de paz, a cuyo tiempo todavía no ardían las puertas y habiendo cesado el fuego y piedras, se arrimaron los indios y plebe.

   "Mas como los de la hacienda de Dolores no sabían lo que pasaba en el castillo, les hicieron un fuego muy vivo y el hijo del señor intendente sin poderlo contener, arrojaba frascos haciendo uno y otro muchísimo estrago; gritaron todos traición traición y sus jefes les dijeron que no se perdonaba vida; pusieron más fuego a las puertas que ardían y las ganaron a las tres y media de la tarde con una algazara que se percibía en todo Guanajuato; la humareda, los gritos y la multitud acabó de acobardar a cuantos estaban dentro, abrazándose unos de los sacerdotes y otros poniéndose de rodillas; pero muy lejos de apiadarse comenzaron a matar a cuantos encontraban, desnudándolos a tirones, y echándoles con las hondas laso al pescuezo y a las partes, y mientras estiraban unos, otros les daban lanzadas acabando en medio de los más lastimosos clamores; algunos europeos y criollos intentaron defenderse e hicieron muchísimas muertes, pero la multitud los vencía.

   "Los de la hacienda de Dolores intentaron salirse por la puerta falsa que cae al puente de palo, pero cuando iban en las caballerizas, la echaron abajo los indios y plebe, y comenzaron allí la matanza. Refugiados los más en la noria hacían maravillas de valor, principalmente don Francisco Iriarte que mató como dieciocho hasta que le faltó la espada y expiró cubierto de heridas. Allí murió don Luis Portu y su hermano don Manuel en la alhóndiga don José Manuel Arellano, don Miguel Carrica, don José Posadas, don Tomás Sein, don Cipriano Urbina y otros muchos cuyo número fueron cinco en la caballeriza, once en la vivienda, siete arriba en la noria y cinco que se hallaron ahogados sin herida por haberlos precipitado el miedo con la esperanza de salvarse agarrados de la soga; pero se corrió con el peso, y todos fueron a la eternidad. Volvamos pues a la alhóndiga; salieron muchos vivos pero en cueros y entre dos de a caballo los conducían al cuartel de caballería en calidad de prisioneros; sólo salió vestido el capitán Peláez quien les decía que el general lo quería vivo y había ofrecido por él 500 pesos y de este modo lo cuidaron para recibir el premio que no tuvieron.

  "Fueron también prisioneros el teniente letrado que sacó sólo media levita, don Bernabé Bustamante, don Ángel de la Riva, don Joaquín Alcayaga, don Juan Castillo, don Félix el boticario, don Miguel Arizmendi, don Pedro Telmo, el Padre Septién, el capitán don Francisco Bustamante (don José Manuel Bustamante criollo murió) don Francisco Septién y Montero, los hijos de Bernabé Bustamante, don Manuel Septién, el hijo del señor intendente, don Luis Micra, don Pedro Quijano, don Pedro Cobo, el capitán Escalera y otros muchos, que los más muy heridos escaparon de la pronta muerte, pero no de la prisión y fallecimiento que ya se había verificado en los más de sus heridas, y de la fiebre que les acometió en la cárcel, sin embargo del mucho cuidado con que se les asistió después, tanto en medicinas como en alimentos.

  "A las cinco de la tarde se terminó la acción en la cual murieron ciento cinco europeos, y casi igual número de los oficiales y soldados del batallón, habiendo perecido muchos indios en casi cuatro horas que sufrieron con bastante cercanía el fuego; pero se ignora el número de sus muertos porque los enterraron en el río durante la noche y sólo aparecieron cincuenta y tres que se enterraron a otro día en la parroquia y unos cuantos en San Sebastián. Entre los que murieron son dignos de elogio el europeo don José Miguel Carrica por su religión pues le hallaron cilicios cuando lo desnudaron los indios, y les pesó haberlo matado; y el americano alférez de Dragones del Príncipe don José Francisco Valenzuela natural de Irapuato por su valor, pues habiéndose quedado a caballo fuera de la alhóndiga, recibió un palo, y al instante descargó en los indios sus dos pistolas, y metiendo mano al sable subió y bajó tres ocasiones la cuesta que llaman de Mendizábal, haciendo muchísimas muertes, hasta que con dos lanzas lo sacaron por debajo de los brazos del caballo, y viendo que ni aun así se moría lo llevaron preso y murió en el camino, repitiendo viva España hasta el último momento.

  "Como los indios fueron los primeros que entraron a la alhóndiga, quedó fuera de ella una multitud de plebe deseosa también de participar del saqueo; pero les era imposible entrar; una voz que se esparció de que iba a volar la alhóndiga quemándose dos cuartos llenos de pólvora a donde ya llegaba el fuego, hizo que los indios desamparasen aquel puesto, y que todo el ejército del señor Hidalgo corriera, los de a caballo a galope tendido, y los de a pie a los cerros gritando todos que se iba a quemar el castillo, en el cual no se introdujeron más que tres cajas de pólvora porque no la había en el estanco. Este suceso dejó en libertad a la plebe para que entrara, y comenzara el saqueo, pero no tardaron los indios en volver, y se verificó repartiéndose entre todos cuanto había en aquellas oficinas advirtiéndose entre la multitud una mujer, que casi en cueros salió con una talega de pesos. No se escaparon las bulas, archivos de la real caja, todos los comestibles, el maíz, y más de 60 arrobas de manteca que sacaban en los sombreros. Hubo muchas muertes tanto de ahogadas como de puñaladas por pelear cada uno su presa, y todo esto se verificó pisando los cadáveres que así por estar en cueros, como por los pisotones, heridas, maíz, arroz y manteca, mezclado con la sangre, quedaron absolutamente desconocidos.

  "Duró la gritería hasta las 8 de la noche en que registradas aquellas bodegas por cuadrillas de hombres nada hallaban de valor y se retiraron sin hacer aprecio de los cadáveres. A las 10 de la noche se dio aviso a 2 sacerdotes de que algunos aún respiraban y fueron con bastante peligro a ministrarles algún socorro. Se hallaban entonces las trincheras desechas con una multitud de muertos; alrededor de la alhóndiga no se podía andar de cadáveres; el centro de ella aun humeaban los pedazos de puerta y otros utensilios que quemaron. El suelo era una torta de piedras, maíz, arroz, sal, manteca, sangre y otros destrozos. Las paredes tenían manos estampadas de sangre y regadas de ella por todas partes. Las escaleras no se podían andar de muertos y sangre, y los cuartos se hallaban ya sin chapas. El cadáver del señor intendente estaba en cueros, y lo mismo 11 personas muertas en el cuarto que estaba su señoría. En otros dos cuartos estaban algunas personas heridas y con vida pero en cueros y llenos de la mayor aflicción esperando la muerte por momentos; pero algunos indios con lanza dijeron, que ya tenían orden de no matar a nadie, y aun les prestaron una u otra frazada a los heridos, habiéndose encontrado a un europeo que escapó de la muerte, porque aunque herido pudo echarse encima tres muertos, para que, lo tuvieran por tal, y así aguantó toda la noche". (1)

Fuente:

1.- J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. No. 157 - Tomo II. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007



jueves, 11 de febrero de 2016

De lo ocurrido dos días antes de la toma de Granaditas

   Te contaba en el artículo anterior de la gran duda que tengo (o ligero desagrado) a que sea celebrada como la fiesta cívica más grande de Guanajuato la del 28 de Septiembre, fiesta que recuerda la "heróica" toma de Granaditas. Hace tiempo, al igual que la mayoría de los mexicanos, al respecto sabía lo del Pípila, la loza que cargó en la espalda, la untada de brea en la puerta, la quema de la misma y la entrada de la turba al interior de la Alhóndiga. Pero, en 2010, cuando leí detalles de lo sucedido realmente ese día, el panorama que vi fue otro. Muy distante de ser una cosa heroica y más bien un asalto, un abuso, un exceso y luego una borrachera con el consiguiente atraco a todos y a todo. Los recelos acumulados durante décadas, como en olla exprés, estallaron ese día y los acontecimientos fueron algo que, creo, dista mucho de la heroicidad. Esto es lo sucedido el 26 de septiembre, dos días antes de la toma de la alhóndiga.

  "Este acontecimiento tan inesperado puso a toda la ciudad en el mayor conflicto por ver el desamparo en que había quedado, reduciendo a un solo punto la defensa; y esto movió al señor alférez real don Fernando Pérez Marañón, a citar un acuerdo que debía presidir el señor intendente, lo que se verificó la tarde del 26 [de septiembre de 1810] en la misma alhóndiga. El citado señor alférez real fue el primero que habló en aquella junta, manifestándole al señor intendente el desconsuelo en que se hallaba toda aquella ciudad por haberse retirado su señoría a aquel punto con toda la tropa, de que resultaba quedar el lugar en un total desamparo, incapaz de defenderse en caso de algún asalto; a lo que contestó el señor Riaño que le había sido indispensable tomar aquel partido, atendiendo a la poca gente que tenía de guarnición, por lo que había elegido aquel lugar por más fuerte, por ser todo de cuartón y bóveda para poderse mantener en él custodiando los reales intereses, hasta morir al lado de ellos como lo tenía de obligación, y que el vecindario se defendiera como pudiera, con lo que terminó el acuerdo y el señor intendente siguió dirigiendo sus obras, tapando por dentro con calicanto una de las dos puertas de aquel edificio, y haciendo preparativos para la defensa con pólvora, balas, y un género de bombas que se inventaron con los frascos de hierro en que viene envasado el azogue en caldo, los que llenos de pólvora y apretados los tornillos, se les hizo un pequeño agujero para ponerles una mecha y arrojarlos a su tiempo a los enemigos, cuyos cascos hechos pedazos al reventar hicieron el mayor estrago.

   Los días siguientes se emplearon en acabar de abastecer el fuerte de algunas cosas que faltaban, y en recoger los más de los caudales de los europeos, quienes creyéndose allí enteramente seguros, metieron cuanto pudieron de dinero, barras de plata, alhajas preciosas, las mercaderías más finas de sus cajones, baúles de ropa, alhajas de oro y diamantes, y cuanto tenían de más valor en sus casas; de modo que en más de treinta salas de bóveda que tiene en su interior aquel edificio, siendo éstas de bastante extensión, casi no se podía entrar a ellas por la multitud de cosas que allí se guardaron, de manera que no bajaría de cinco millones a lo que ascendía el valor de lo encerrado en aquella fábrica. Lo del rey se dice sería como medio millón de pesos en plata y oro acuñado y sin acuñar y setecientos quintales de azogue en caldo. Otras piezas se hallaban llenas de todo género de víveres los que con la provisión de agua del aljibe, mucho maíz y 25 molenderas que también se introdujeron fincaban una cierta esperanza de mantener por muchos días aquel fuerte, sin reflejar que se halla circundado de alturas indefensas, como son el cerro de Cuarto, el del Venado, la azotea de Belén y otras casas que hacen infructuosa la defensa, como lo acreditó la experiencia.

   El día 26 salieron fugitivos de esta ciudad muchos europeos que se mostraban los más valerosos, entre ellos don Modesto de Villa, don José González, don Juan Ortiz, don Juan Portegueda, don Pedro de la Riva, don Juan Zamora, y otros que desaparecieron del fuerte, infundiendo su fuga bastante desaliento en todos los vecinos de esta ciudad, de modo que ya no hubo quien asistiera a las avanzadas de Santa Rosa y Villalpando; pues de ochenta personas que las componían, sólo quedaron de seis a ocho. Al mismo tiempo cesó el entusiasmo de la plebe, diciendo públicamente en las vinaterías y plazas, que ellos no se metían en nada, y se advertía de la oración a las diez de la noche gente baja sentada en las banquetas de la plaza, diciendo, que allí esperaban el saqueo, para ver si les tocaba alguna cosa.

   El día 27 por la tarde se abrieron las puertas del castillo y salió el señor intendente marchando con su gente hasta la plaza mayor, donde la mandó formar en batalla; ésta se componía de cosa de trescientos hombres poco más; la primera y tercera fila de soldados del batallón con sus fusiles y banderas, y la de en medio toda de europeos en diversos trajes, y a los lados dos compañías de 35 hombres de caballería comandados por los capitanes don Joaquín Peláez y don José Castilla, tan mal montados los más de los soldados que los caballos ni hacían al freno, y eran muy ruines y flacos que sin remuda sufrieron las patrullas de las noches antecedentes. Los más de los soldados y europeos quedaron de guarnición en la alhóndiga.

   El viernes 28 de septiembre día terrible y memorable para esta ciudad a las once de la mañana llegaron a la trinchera de la cuesta que sube de la calle de Belén a la alhóndiga don Mariano Abasolo y don Ignacio Camargo, el primero con divisa de coronel y el segundo de teniente coronel acompañados de dos dragones y dos criados con lanzas, y entregaron allí un oficio que traían del cura Hidalgo para el señor Riaño, quien mandó decir por medio de su teniente letrado, que era necesario esperasen la respuesta por tener que consultar antes de darla, lo que oído por Abasolo se marchó inmediatamente, dejando a Camargo que aguardase la respuesta, y antes de que se la dieran, pidió licencia para entrar en el fuerte porque tenía que hablar en lo verbal, la que se le concedió, y desde la trinchera se le condujo con los ojos vendados a usanza de guerra, hasta que llegó a la pieza donde debía estar. Allí se le quitó la venda y estuvo en conversación con el teniente letrado, don Francisco Iriarte, don Miguel Arizmendi y otros individuos en cuya compañía se le sirvió la sopa, y se mantuvo conversando hasta que se le despachó.

   Ínterin pasaba esto, hizo juntar el señor intendente a todos los europeos y oficiales de tropa, y mandó que en voz alta se le leyese el oficio, que acababa de recibir, el cual en sustancia decía “que el numeroso ejército que comandaba lo había aclamado en los campos de Celaya por capitán general de América, y que aquella ciudad con su ayuntamiento lo había reconocido por tal, y se hallaba bastantemente autorizado para proclamar la independencia que tenía meditada; pero que siéndole de obstáculo los europeos le era indispensable recoger a los que existían en este reino y confiscar sus bienes, y así le prevenía que se diese por arrestado con todos los que le acompañaban, a quienes trataría con el decoro correspondiente y de lo contrario entraría con su numeroso ejército a sangre y fuego, y sufrirían el rigor de prisioneros de guerra, firmando Miguel Hidalgo capitán general de América.” Al pie de dicho oficio le decía al señor intendente “que la amistad y buena ley que le había profesado le hacía ofrecerle un asilo para su familia, en caso adverso.”

   Acabado de leer el oficio dijo el señor intendente “Señores ya ustedes han oído lo que dice el cura Hidalgo; este señor trae mucha gente, cuyo número ignoramos, como también si trae artillería, en cuyo caso, es imposible defendernos. Yo no tengo temor, pues estoy pronto a perder la vida en compañía de ustedes pero no quiero crean que intento sacrificarlos a mis particulares ideas. Ustedes me dirán las suyas que estoy pronto a seguirlas.”

   Un profundo silencio siguió a esta peroración, los más pensaban rendirse considerando la poca fuerza con que contaban; otros se hallaban con el corazón atravesado de pena en consideración a sus familias que habían dejado expuestas en la ciudad, pero temían ser los primeros en levantar la voz, hasta que lo hizo don Bernardo del Castillo, diciendo “no señor no hay que rendirse, vencer o morir” y oído por los demás, siguieron su dictamen y el señor intendente luego que estuvo satisfecho de la voluntad de todos se salió a contestar diciendo continuamente ¡Ah, ah, pobres de mis hijos los de Guanajuato!. Con la mayor entereza respondió el oficio al señor Hidalgo diciendo “que no reconocía más capitán general de la América que al excelentísimo señor virrey don Francisco Javier de Venegas, ni podía admitir otra reforma en el gobierno que la que se hiciese en las próximas Cortes que estaban para verificarse, y que en esta virtud estaba dispuesto a defenderse hasta lo último con los valerosos soldados que lo acompañaban”, firmando con tal serenidad como si despachara su correo ordinario. Al pie del oficio le contesta la carta particular al señor Hidalgo diciéndole “que la diferencia en modos de pensar no le impedía darle las gracias por su oferta y admitirla en caso necesario.”

    Despachado con esto a Camargo, comenzó el señor intendente a dar sus disposiciones para recibir al enemigo, colocó tropa en la trinchera y el resto con los europeos, parte en la plazoleta de fuera de la alhóndiga y parte en la azotea donde se puso bandera de guerra; las dos compañías de caballería se hallaban formadas dentro de las trincheras para defenderlas; se proveyó de cartuchos y demás necesarios, tomando la tropa un corto refresco; algunos sacerdotes y religiosos confesaban al que quería y todo estaba listo pero tanto en las alturas como alrededor del fuerte no se veía más que la plebe sentada como quien aguarda alguna diversión. (1)

Fuente:

J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. No. 157 - Tomo II. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007