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lunes, 7 de diciembre de 2020

De lo que trata mi libro de la familia de la Cruz Saravia

Cuando presenté mi libro sobre el paso del conde Diego Rul por Salamanca (que fueron doce años) comenté que seguiría publicando ya que es mucho el material que cuento de episodios poco conocidos de la historia local. Pensé el siguiente libro trataría sobre los ranchos de Salamanca vistos desde los documentos de archivo y que nos cuentan una historia un poco diferente a lo que creemos fue la formación de los muchos ranchos que hay en el municipio. También pensé que lo haría sobre las Cofradías que durante el virreinato se desarrollaron en la población, esto debido a que muchas de las celebraciones que se mantienen vigentes en la población tienen su origen precisamente en alguna Cofradía; específicamente son dos, una la Octava de Corpus, la otra la novena a la Virgen de Guadalupe… aunque hubo otra Cofradía que estaba relacionado con las ceremonias del Martes Santo del Señor del Hospital. 

Pero, cuando comencé a organizar varias docenas de papeles, surgió otro tema del que existen muchos documentos en los Archivos de Guanajuato, en el de la Nación, en el Parroquial, entre otros, de los que tengo una buena cantidad de ellos y que fui complementando con visitas a los Archivos Históricos de Celaya y de Valle de Santiago y la historia en parte desconocida por la mayoría de los aficionados a ese tema de lo ocurrido en Salamanca siglos atrás me atrajo más a desarrollarla y ahora está lista en el formato con que suelo hacer mis publicaciones, que son de tipo artesanal.

Coincidió el tiempo de sentarme frente a la pantalla y su correspondiente teclado con la Pandemia, así que, aprovechando el encierro pude dar forma a la historia de la familia de la Cruz Saravia de la cual hay alguna referencia por Salamanca, creo hay una calle que lleva su nombre… y quienes recuerden el elenco de los fundadores de la villa, de seguro identificarán a Juan de la Cruz Saravia, que fue el iniciador de la familia, es decir, el genearca. 

Hace algún tiempo, una estudiosa de la historia de origen suizo y que ahora es maestra en la Universidad de Sonora, hizo una investigación en los archivos de Valle de Santiago y León y gracias a ella, Ariane Baroni, se recuperó una abundante información sobre el hijo de Juan de la Cruz Saravia, Diego. Y revisando el archivo parroquial aquí en Salamanca, topé con una serie de documentos referentes a pleitos del hijo de Diego: Manuel de la Cruz Saravia. A todo esto, leyendo la abundante bibliografía producida por el doctor Óscar Mazín sobre la Iglesia y el Obispado de Michoacán, allí fue que documenté, además de varios archivos municipales, otros pleitos de tierra la mayoría de ellos, en el que el hijo de Manuel, Francisco de la Cruz Saravia, aparece. Y también en todos los archivos mencionados aparecen los hijos de Francisco y sus nietos, que son los últimos papeles que los mencionan pues, de todo aquello que la familia llegó a poseer, se volvió nada. 

Por “todo aquello que poseían” debemos saber que, tan solo en tierras, suyas eran algo así como la mitad del actual municipio de Cortazar, casi todo el municipio de Villagrán. Muchas hectáreas tenían en Celaya, otro tanto en Valle de Santiago y otras más en Salamanca. Por ejemplo aquí, en nuestro municipio, la casi desconocida Hacienda de Cruces era de ellos, esto significa desde el rumbo norte llegaban hasta la hacienda de Mendoza, al sur hasta lo que hoy es la Carretera 45, al oriente desde Cazadora, hasta el poniente por donde está Mazda. Tuvieron, también el Molino de Sarabia y Cerrogordo, ambas haciendas integradas en una sola, además de otra hacienda que ya está en el olvido, se llamaba La Charca.

Una de las grandes aportaciones que hicieron a la cultura de esta parte central del Bajío fue que don Manuel de la Cruz Saravia fue el generoso mecenas que trajo a la Compañía de Jesús a Celaya para que ahí fundaran el Colegio de Nuestra Señora de Dolores, para ello les obsequió tres haciendas en Valle de Santiago y ellos, ya instalados y desarrollados, compraron haciendas en Celaya y otras en Valle de Santiago, vendrá luego el episodio de la Expulsión de los Jesuitas y sus propiedades entran en remate, quien las adquiere es la hermana del marqués…

Creo estoy haciendo mucho spoiler de lo que escribí, lo que sí te puedo asegurar es que, si realmente te gusta la historia de Salamanca, la historia de esta región del Bajío, en el libro te darás un buen paseo desde el último cuarto del siglo XVI, cuando se funda Celaya, hasta poco antes de la Guerra de Reforma, a mediados del siglo XIX. Y si a todo ello agregamos la historia de la Compañía de Jesús en México, verás el portento que hubo aquí, en el Bajío central.

Este tema, bien te podrás dar cuenta, mantiene la línea que he desarrollado en El Bable, pues gira mucho en el tema de las haciendas y todo lo que hay en rededor de ellas.

El libro estará disponible a partir del 20 de diciembre y es una edición aún más limitadas de las que hice de las Haciendas de Salamanca o el de Diego Rul. A través de mi correo me puedes contactar para hacer la adquisición.  

Correo electrónico: oficina.utt@hotmail.com 


 

domingo, 22 de noviembre de 2020

La Toma de Guanajuato del 24 de noviembre de 1810

  A más de doscientos años de haberse iniciado la Guerra de Independencia, en el ideario nacional está bien claro lo sucedido en Guanajuato el 28 de septiembre de 1810 en la Toma de Granaditas, también lo ocurrido en Monte de las Cruces, pero, cuando de derrotas se trata, estas se han ido olvidando o, en todo caso, no se han difundido cabalmente. Será bueno saber que luego de Aculco, Hidalgo se va por un rumbo y Allende junto a Jiménez, por otro, el primero a Valladolid, los segundos a Guanajuato. Es entonces que ocurre el episodio conocido como Toma de Guanajuato, ocurrida el 24 y 25 de noviembre de 1810.

  "A las ocho de la mañana del sábado 24, recibió Allende la noticia, de que Calleja se avistaba con dirección a la primera Batería situada en Ranchoseco: por lo que inmediatamente ordenó, que marcharan todas las fuerzas que estaban al mando del teniente general Jiménez, que era el que debía dirigir la acción: y poco después de las once se avisó, que las tropas que atacaban habían tomado ya algunos cañones, y que había muerto la mayor parte de la gente que los defendía, la que no teniendo disciplina ni armas, era fácilmente arrollada y desalojada: cuyos sucesos causaron tal alarma y agitación que en el momento se mandó tocar generala, y el que se hiciese con la campana mayor la seña que se tenía anunciada; más con esta operación no se logró en manera alguna el objeto con que se dictó, porque casi todas las familias decentes, se fueron a refugiar en los templos y conventos y las que no tuvieron oportunidad de hacerlo, se encerraron en sus casas: parte de la plebe se subió a los cerros, y toda la restante se quedó dentro de la población". (1)

  "Plano de las inmediaciones de la ciudad de Guanajuato cuya entrada a la distancia de una legua guardaban los insurgentes en once distintos puntos señalados con la letra A, de los fue fueron arrojados y perseguidos en su retirada por los diversos ataques que mandó ejecutar el Sr. Brigadier D. Félix Calleja que mandaba en jefe al ejército real, desde las once de la mañana del día 24 de noviembre de 1810, hasta las cinco de la tarde que tomó posición en Valenciana, desde la que, al día siguiente se dirigió a Guanajuato.

A.- Puestos ocupados por los insurgentes con artillería.
B.- Gente de armas de a pie y de a caballo que los defendían.
C.- El ejército real puestos en columna, cuyo general, hecho cargo de la posición, fue sucesivamente destruyéndola con artillería y mandando atacarla a la infantería y caballería; y ejecutando todo desde las once de la mañana a las cinco de la tarde, se dirigió al campo de Valenciana donde pasó la noche con su ejército, a excepción del regimiento de infantería de la Corona, con dos escuadrones de San Luis y dos Compañías de Dragones de México, que camparon sobre el cerro de San Miguel a las órdenes del Sr. conde de Cadena, por orden que recibió para ejecutarlo después que desalojase los enemigos de los puntos orientales que ocupaban.
D.- El cerro del Cuatro que dos cañones hicieron fuego al ejército a las ocho del día siguiente, cuando marchaba a Guanajuato, que fueron destruidos y llevados por los voluntarios a la ciudad en la que al mismo tiempo que el ejército entraba en ella por el oriente lo hacía el Sr. Conde por el occidente.

  Lo que pretendo con esta nota, más que relatar o transcribir los hechos, es ver el estupendo mapa que se elaboró para dejar constancia de lo ocurrido. Estoy dando el enlace directo para ver el mapa a detalle, el cual se localiza en la Mapoteca Orozco y Berra de la ciudad de México. Un par de detalles hay en los días previos a la Toma, una es que a los insurgentes les tocó estar en Guanajuato en la celebración del Patrocinio de la Virgen y ellos mismos cargaron la imagen religiosa. La otra que aparece La Barragana, y una más, que fue ejecutado, junto con 200, otros dicen que 400, españoles, el Administrador de Alcabalas de Salamanca, Agustín Cañas.

Para ver el mapa en detalle, entra aquí.

Fuente:

1.- Liceaga, José María. Adiciones y rectificaciones a la Historia de México. Edición Facsimilar. México, 1985. p. 153

lunes, 2 de noviembre de 2020

Copia de la relación escrita por un testigo presencial del terrible acontecimiento verificado en el Castillo de Granaditas en 1810.

Copia de un documento histórico tomada íntegra de una relación original escrita por un testigo presencial del terrible acontecimiento verificado en el Castillo de Granaditas en mil ochocientos diez.

   Satisfago a los deseos que tiene usted de una relación cierta de lo sucedido en Granaditas en el día 28 de Septiembre de 1810. Primeramente toda la reunión y fuerzas estaba reunida en la Plaza Mayor, las bocas calles con fosos y estacadas y sus respectivas guardias. Por Santa Rosa, Valenciana, camino de San Miguel y demás puntos que cercan la ciudad, avanzadas bastantemente respetables; por la noche, rondas de a 16 hombres de a caballo. Hubo varias consultas en el cabildo sobre la mayor seguridad, y entre diversos pareceres prevaleció el del Señor Intendente con algunos otros que se le agregaron, de que en Granaditas sería la reunión, y que allí mandaba llevar el tesoro, y que todos los vecinos que quisieren podían llevar también sus intereses.

   Cerrados ya los Señores y no habiendo quién diese consejo por que en todas partes nos anunciaban peligro de muerte o cuando menos quedar prisioneros, tomé el partido de irme a dicho fuerte. Entre 8 y 9 de la mañana del mismo día 28 cuando acababa de salir Abasolo de entregar el pliego, entré yo. Abasolo se fue luego y dejó a un soldado suyo que llevara la respuesta. Lo que contenía el pliego era la proclamación del Cura en Celaya por más de cincuenta mil Americanos, y que á nombre de la Nación se pretendía la independencia y recoger á los ultramarinos y sus caudales, etc.

  Como á la hora dio orden el Señor Intendente para que todos (sin exceptuar eclesiásticos) subiéramos a las azoteas. Separó el batallón de ultramarinos y criollos y formados en filas se nos leyó el pliego y preguntó por tres veces qué respondían: y todos a una voz dijeron vencer o morir. Después se le hizo saber al batallón y con entusiasmo dieron la misma respuesta. Se les dio música y empezaron los vivas por España. Observamos que los dos cerros de San Miguel, y el Diablo estaban poblados de gentulla y que nos correspondían tirando los sombreros por alto; pero como no se oían sus voces tampoco pudimos comprender hacía quién se dirigían sus vivas. No obstante que ignorábamos sus intenciones; se les dio señales de agradecimiento.


   Serían las 11 cuando el Intendente mandó al batallón bajase á comer, y apenas habrían empezado cuando se tocó a la generala por unos diez ó doce indios que entraban con lanzas por la calzada, y al llegar a una especie de plazuela que hay entre Belén y Dolores, se le gritó por tres ocasiones se contuvieran y no obedeciendo mandó a su hijo que comandaba esta estacada diese fuego, lo que ejecutó con violencia; pero como estaban cerca de Belén, corrieron y los libertó la esquina y solo pereció un pobre que estaba parado en una puerta de aquellas casitas. Cuando sucedió esta estaba yo a su lado. Poco antes que se divisara el ejército del Cura vimos bajar de Valenciana y Mellado bastante número de gente con banderilla blanca y tomaron el camino por la cañada abajo que iban seguramente a reunirse con su Tata Cura.

   No hubo más novedad hasta cosa de los doce. Como a estas horas vimos sobre el cerro de San Miguel el ejército americano que según se advirtió al descubrirse subieron por la presa de la cañada ó de Rocha y bajaron por San Juan. Desde una esquina de la azotea de Granaditas los vi entrar en la plaza y luego que empezaron los golpes en las puertas de las tiendas empezaron también las piedras y alguna otra bala desde el cerro del Diablo. Yo seguí todavía en la azotea porque seguramente desde la cumbre del cerro no nos alcanzaban ni las piedras ni las balas; y sin embargo de esto desde la azotea no vi dar fuego por los nuestros y solo vi que se diera desde las estacadas. Los de arriba seguramente no daban fuego por que los tapaban las casas ó tal vez por no hacer alguna avería en los que teníamos defendiendo las estacadas. Lo cierto es que por más de tres horas sostuvo fuego graneado la tropa que teníamos en las bocas calles, pero la de adentro yo no vi que diera fuego ni que sirviera de nada en las azoteas más que de recibir pedradas. Por una gotera (sic) parte estaba terrible la batalla; y entre una y dos de la tarde teníamos ya como 20 heridos siendo solo de bala Don Pedro Bustillos, porque estos estaban en las estacadas; estando el capellán y yo confesando algunos heridos dieron el grito: ¡El Santo Oleo para el Señor Intendente! fue el capellán, y al cuarto de hora ya estaba en la eternidad. Su eficacia le trajo la muerte pues ya viendo como movían las piedras salió para una de las estacadas (no sé a qué disposiciones) y apenas abría andado de cuatro a seis pasos cuando desde una ventana le dieron con tal acierto un balazo en la cabeza que hasta los sesos echó por las narices; se la hicieron pedazos. Su muerte nos consternó bastante y fue causa de que todos desconfiaran de la victoria y por esto desampararon las azoteas y se bajaron a sus cuartos. Ya aquí se trató de pedir paces.

  El primero que subió con la bandera fue Don Bernabé Bustamante a quién actualmente estaba yo confesando, no por herido, y sí porque esperaba (como todos) la muerte. No hicieron caso y subió por segunda vez un Padre con bandera y Santo Cristo. Tampoco la concedieron pues como no paraba el fuego de las estacadas y Dolores creyeron seguramente que era cautela para cogerlos juntos y echarles los frascos. O tal vez sería maldad de algunos perversos. Viendo la renuncia en conceder la paz se les tiró dos talegas que yo mismo las vi y esto a fuerza de súplicas. Se tiraron algunos papeles pidiendo paz pero no alcanzando ya diligencias se trató de poner un oficio al cabildo para que á nombre de todos suplicara las paces. No hallaban quién se resolviera a llevarlo porque no había más arbitrio que descolgar á uno por una ventana que mira hacia Dolores. Echaron mano de mí y a fuerza de súplicas recibí el oficio me lo metí en la capilla y al mirar una altura como de 20 varas y que movían las piedras y algunas balas, no me resolví a bajar, creído que indispensablemente moría, porque no habían de creer que era padre sino cautela de poner el habito á cualquiera.


   No faltó quién hiciera este sacrificio de los del batallón, se amarró y descolgó y por más que se gritaba que no lo mataran, llegó ya muerto abajo. Mirándonos ya sin remedio porque nos ganaron la estacada que caía al campo santo de Belén y que prendieron fuego á la puerta, se tiraron á lo desesperado los frascos, pero como cayeron afuera no vi el estrago que hicieron. Se formó en filas el batallón y demás señores que estaban dentro para recibirlos en la puerta a boca de cañón, pero no pude saber de dónde vino el que se dejaran las armas, y con esto, todos se retiraron a los cuartos de arriba. A poco sin saber cómo, entró el hijo del Intendente todo herido y bañado en sangre: en esta ocasión estaba yo cargado sobre la barandilla de los corredores, y luego que lo vi le salí a recibirlo, se le metió en su cuarto, y no tuve lugar más que para darle la absolución, porque me gritaron que ya entraban. A una voz me dijeron todos bajara yo por delante suplicándoles perdonaran las vidas. Baje el primero y Costilla con otros, unos agarrados de mi cuerda y de allí me seguían los más. Al bajar el último escalón entró el tropel de gentes y sin atender al sacerdocio, ni a las súplicas, me dieron un garrotazo en la cabeza y otro en el hombro y aunque bañado todo en sangre no me privé, y así pude observar cuanto sucedió y los destrozos que hubo. Con mil trabajos y peligros entre la multitud de la gentulla pude tomar un cuarto en frente de la escalera, y desde allí vi como los agarraban y mataban a puñaladas, garrotazos y algunos los pasaban con sus mismos sables y espadas. Los veía desnudos después de muertos y algunos aún no acababan de espirar cuando ya estaban encuerados. En la misma pieza se libertó un hijo de Don Bernabé Bustamante, salió herido y ahora va en el ejército del centro. Si le quieren decir a usted que hubo fuego en este lance, diga usted que es mentira, pues ni por los nuestros ni por los insurgentes se disparó un tiro, ni la apretura dela gentulla que no cabían parados lo podía permitir. Ni menos crea usted que entró Allende mientras duró la zafacoca, buen cuidado tendría él de no meterse en una bola, en donde los más no lo conocían, que fuera después al pillaje como fue el Cura, no lo dudo; pero la intrepidez que tanto blasonan de Allende los guanajuateños, no se pudo ver en esta vez. Concluida la mortandad, y divertidos en el saqueo quise irme, pero un minero y un indio, me cogieron prisionero, y me llevaban al cuartel a la presencia de un general, porque siendo padre iba contra la fe (esto es lo que ellos alegaban para llevarme) y por más súplicas que le hice no me permitieron el que entrara en una casa a curarme. Digo que un minero el uno, porque á los tres días fue este mismo a pedirme una limosna, y alega por mérito el haberme sacado de Granaditas. Salí por encima de todos los muertos que cubrían el patio y no se contaban hasta la esquina de afuera de Granaditas, y tan hechos pedazos estaban principalmente las cabezas que no pude conocer ni uno solo, siendo cierto que los más eran amigos y conocidos. A poco de haber entrado en la calle de los pasitos, me encontré con el Cura acompañado de unos 30 caballos, poco más o menos, me entré por el medio de ellos, le di mis besamanos, me conoció, y dio orden me llevaran al convento, de algo me sirvió el conocimiento, pues no lo hizo así con el padre Septién que lo encerró en el cuartel. Pidió un jarro de agua á mi vista, y de allí siguió para Granaditas.

   Esta es la verdad de todo lo sucedido en dicho día 28 de septiembre de 1810. Y aunque he oído hablar de algunos guanajuateños distintas cosas de lo que va escrito, no tienen más razón que por que se los dijeron, ni ellos son capaces de adivinar lo que sucedió en una casa cerrada, aún algunos de los que estaban dentro han hablado muchas cosas que no sucedieron, yo no sé si lo harían por granjearse alguna estimación o por acreditar su valor. El original de donde se ha tomado la relación preinserta existe en poder de Don Miguel Carrasca, quién lo obtuvo por regalo que de dicho documento histórico le hizo el Sr. Don Francisco Lorenti el año de 1874 en Guanajuato.

Nota:- Compulsa que hago de la primera copia que saque del original, para obsequiar al Señor Cura Foráneo de esta Ciudad, Don Antonio Morales en su día onomástica. San Felipe 13 de Junio de 1905. Clemente Garcidueñas.

 
El documento se localiza en el Archivo General del Estado de Guanajuato, dentro de la colección Agustín Lanuza Oresdier (Expediente N2 30, 6 fojas, buen estado de conservación), una de las más ricas y valiosas colecciones históricas que se administran en el archivo histórico. Bajo el sello del copista Clemente Garcidueñas, está fechado en San Felipe el13 de junio de 1905. Al final del manuscrito aparece una nota a lápiz, probablemente de Lanuza, adjudicándole la autoría a Fr. Baltazar de Arizmendi, confesor del Intendente Juan Antonio de Riaño.


Fuente:

Boletín del Archivo del Gobierno del Estado. No. 14, Nueva Época. Enero Marzo 1998. pp. 53-57. Documento paleografiado por don Isauro Rionda.




jueves, 17 de septiembre de 2020

Cabeza de Águila número 261 ¡Localizada, Rescatada y Colocada!

  Luego de diez años, el recorrido de la Ruta de Hidalgo se nos está complicando un poco. Aunque, en realidad se nos había complicado desde que inicié este blog, hace diez años pues, teniendo los datos que pude obtener, como lo he comentado infinidad de ocasiones, gracias al libro del Prof. de la Rosa, ese que fuera publicado paralelamente a la parte oficial de los festejos del Sesquicentenario, en 1960, año y motivo por el cual fue creada la Ruta de la Libertad, Ruta de Hidalgo 1810-1811.

  La ruta tiene una concepción previa a lo que la Secretaría de Educación Pública dirigida entonces por Jaime Torres Bodet quien junto al Instituto Nacional de las Bellas Artes (SEP-INBA) crearon la mencionada ruta y el antecedente que hay está en el estado de Coahuila en el que, en 1953, en ocasión de Bicentenario del nacimiento de Miguel Hidalgo, colocó, más que unas estelas, una mojonera marcando la ruta que siguió el Padre de la Patria por ese estado, según lo pudimos comprobar cuando fuimos localizando una a una las Cabezas de Águila que por allá se colocaron. Por cierto, sigo pendiente de encontrar las correspondientes al municipio de General Zepeda.


  El concepto de la ruta es por demás fascinante pues el que se haya determinado precisamente colocar 260 estelas no fue una decisión al garete, sino cósmica, ancestral, de profundo conocimiento a los ciclos de la vida y a la propia concepción. Ocurría en el antiguo México, es decir, entre los pueblos prehispánicos que la cuenta del tiempo se hacía sea por calendario lunar, que por solar, ellos manejaban el concepto de trecenas y veintenas, es decir 13 y/o 20 y el número 260 no es otra cosa que 9 lunaciones, nueve lunas llenas, que son 9 ciclos menstruales que se suspenden cuando una mujer está embarazada, así pues 13 meses de 20 días son 260 que en nuestro tiempo, para entender mejor el concepto, 9 meses de 29 días igual a 261... esto es la gestación. En el caso de la Ruta de Hidalgo nos está diciendo de la gestación de una nación: la Nación Mexicana.

   Ese fue el concepto que me enamoró del proyecto Ruta de Hidalgo, que yo decidí titular "Cabezas de Águila" y ocurrió, en abril de 2010 que, mochila al hombro comencé a recorrer lo que me fue posible. Hubo una ocasión que lo hice a pie, fue por el rumbo michoacano de Teremendo... fue maravilloso, incluso lloré en el camino, me sentía imbuido en ese concepto de la gestación, la gesta, etc. Hubo veces que tuve que madrugar (cosa que poco me gusta hacer) para lograr el recorrido por la zona de Ixtlahuaca del Estado de México en donde fueron colocadas una buen cantidad de estelas. Ocurrió, también, que andando por Yuriria tuve una intoxicación estomacal que me robó la energía para localizar las estelas, pero, logré llegar a Amealco, Querétaro, en donde prácticamente la pasé en el "trono" toda una noche, sin embargo, pude averiguar que ahí nunca se había colocado una...


  Andando por Zacatecas, la ciudad, luego de haber recorrido todo Aguascalientes y Zacatecas, pasó que me senté a ver el espectáculo callejero frente al Teatro Calderón y ahí, sin darme cuenta, me extrajeron la cámara, con todas las imágenes que había captado de la Ruta de Hidalgo en ambos estados... tuve que volver a Salamanca, refaccionarme con el poco dinero que me quedaba y regresar a lo ya andado para volver a tomar las fotos, ahora lo veo como anecdótico pero en su momento fue una verdadera catástrofe. Y se me acabó el dinero para seguir andando la ruta...


  Por suerte apareció en el camino mi estimado Rafael Reyes, cronista de Moctezuma, SLP y me proporcionó el material que necesitaba para documentar la ruta por ese estado. Coahuila, Durango y Chihuahua, como lo he comentado varias veces, fue de manera virtual... llegué al punto donde fue fusilado y decapitado don Miguel Hidalgo, sitio en el que se colocó la estela 260. 


   Pasó el tiempo y los lectores que iban encontrando las estelas que me había sido imposible documentar, me dijeron o en dónde fueron colocadas o me enviaron imágenes, cosa de lo que estoy altamente agradecido, incluso un italiano, que trabajando temporalmente en alguna empresa de Coahuila me contactó porque había encontrado una estela en una hacienda abandonada. Aportes de ese tipo hubo varios, el de mi buen Motoso (así se hace llamar) cuando localizó desde el satélite una medio escondida en un rancho de el sur de Zacatecas y el norte de Jalisco... o cuando David comenzó a buscar las que tenía como "perdidas" en el Estado de México y me envió fotos y ubicaciones; todo eso me motivó para mantener vigente este espacio. Y continuar en la Ruta.


  Y ahora, mi estimado Matadamas (así es el apellido), anoche me comentó que había una nueva, es decir una "nueva" en Dolores Hidalgo y que previo a la Ceremonia del Grito, el Gobernador la había desvelado... no me digas que encontraron la del Monumento a los Héroes, pregunté. Sí, esa misma, respondió.


  La historia esta por demás cubierta con el manto del misterio. Nadie sabe, al menos hasta ahora (checar fecha de publicación), por qué estaba una escultura de Cabeza de Águila, original "nueva de paquete" como dicen por la Florida, ahí, entre escondida pero que era secreto a voces. Yo supe de ella hace cosa de tres años... o un poco menos. Un día me llegó un mensaje de un lector, creo era más bien lectora, que me decía que "dicen" que en el Monumento a los Héroes en Dolores Hidalgo hay una Cabeza de Águila dentro del monumento. A otro lector que es de Dolores (creo) le pregunté si eso era cierto, no sé, lo voy a investigar, me dijo pero nunca me volvió a contactar, la duda me quedó y cuando tuve la oportunidad de ir a Dolores, en compañía de un buen amigo, Carlos E., recorrimos el monumento y al tratar de entrar por uno de esos tenebrosos pasillos, una agresiva voz salió de esa oscuridad y pestilencia.... Váyanse a la &%#, no estén *#&& aquí, nos dijo.


  Resultó que las entrañas del Monumento a los Héroes era guarida de chemos, teporochos y todo tipo de malvivientes, así que ahí quedó la pesquisa de esa estela. Ahora sé que, en efecto, ahí, dentro del monumento había una, la 261... los números, luego de 60 años, confirman que, la gestación actual es de 261 días... y que la gestación de México, se marcó precisamente con ese número de estelas, a lo largo de la más que nunca emblemática Ruta de Hidalgo 1810-1811.




 

lunes, 18 de marzo de 2019

El parte de Diego García Conde, luego de haber sido liberado en Aculco, 1a parte.

   Continuando con la idea que manifesté recién, comparto un documento más, en esta ocasión se trata del relato de lo ocurrido a los detenidos en las proximidades de Acámbaro, al poco de haber comenzado el movimiento de insurrección. Eran los primeros días de octubre cuando García Conde, Merino y Rul son aprehendidos y como rehenes son llevados por los insurgentes de Acámbaro a Valladolid, para luego continuar a San Miguel el Grande y luego ser incorporados al contingente encabezado por Hidalgo. Como prisioneros estarán en la batalla del Monte de las Cruces, para luego seguir a Aculco en donde son libertados. Quien hace el recuento de los hechos es García Conde:

Excelentísimo señor,

   Después de la feliz victoria de Aculco, que me dio milagrosamente la libertad, pensé pasar a esta ciudad para dar a vuestra excelencia noticias exactas y circunstanciadas del manejo y proyecto de los enemigos que me habían llevado con su ejército a todas partes durante el mes completo de mi prisión, pero mejor aconsejado por el riesgo de volver a caer en sus manos, lo suspendí proponiéndome dar a vuestra excelencia por escrito puntual noticia de mis sucesos.
   Las ocupaciones de mi empleo, las marchas no interrumpidas y la falta de comodidad no me lo han permitido; hasta el día de descanso que tenemos en esta capital, a donde hemos regresado del Campo del Marfil, me proporciona la ocasión de verificarlo, esperando que vuestra excelencia me dispense así la digresión como la falta de elegancia, en honor de la verdad de cuanto me ha acaecido.
   Después que merecí [de] vuestra excelencia el acenso a coronel de Dragones Provinciales de Puebla y el mando de las armas de la provincia de Michoacán, salí de esa capital en compañía de los señores Rul y Merino el 3 de octubre para la ciudad de Valladolid, día justamente en que salía el correo de esa capital y que aumentaba el riesgo de caer en poder de los insurgentes por la noticia que nos habían dado de estar interrumpida la comunicación en Acámbaro. Llegamos felizmente a la Hacienda de Apeo, distante dos leguas de Maravatío, el día 6. Y por las cartas de recomendación que llevamos, adquirimos noticia de los administradores de las haciendas inmediatas para disponer nuestro tránsito con menos riesgo.
   Todos unánimes nos dijeron que el pueblo de Acámbaro estaba tranquilo, que iban y venían coches sin la menor novedad y aunque fui de opinión que tomásemos caballos en Maravatío, y no cruzar la sierra por tocar en Acámbaro, se opusieron diciendo que sería entrar en sospecha, pues se sabía ya nuestra ida por el correo y que, en caso de querernos coger, saldrían a verificarlo por la misma sierra. Y que por tanto tenían por más oportuno pasar disimuladamente por el arrabal del pueblo sin hacer alto en él y apostar tiros en el camino para hacer el viaje con celeridad. Así lo ejecutamos. Pero con la desgracia de estar vendidos por todos, hasta de los cocheros que nos pusieron en el camino, los que nos hicieron remudar una mula a la entrada del pueblo y otra a la salida, suponiendo cansancio y enfermedad. De suerte que a 2 leguas de haber pasado por Acámbaro, vimos venir como 200 hombres de a caballo para cortarnos y más de 300 de a pie por la cañada, habiéndonos abandonado como 16 vaqueros que pedimos de escolta y sin más defensa para la resistencia que la que podíamos hacer 6 hombres que veníamos en dos coches.
   Nos apeamos prontamente y, ya sin sombrero por no detenerme a cogerlo, teniendo en una mano el sable desenvainado parte y en otra una pistola, hice que todos los demás se pusiesen detrás de mí. Y apuntando la pistola al torero Luna que venía capitaneando su gente, le mandé hacer alto a cosa de 10 pasos, preguntándole qué quería y a quién buscaba. Pero una seña que yo no advertí y que hizo a los indios otro que venía a caballo junto a él, empezaron a llover piedras tiradas con hondas sobre nosotros. Y al querer sortear una, que me venía directamente, me ganó Luna la acción por detrás dándome una lanzada que me tiró redondo en el suelo. Y cuando volví en mí ya me encontré todo lleno de sangre y desarmado, rodeado de una porción de gente de a pie y de a caballo. Y me tiraron una pedrada en la mano izquierda, otra en la espaldilla, una cuchillada en la mano derecha, otra en la oreja izquierda. De suerte que aquella infernal canalla, a pesar de verme indefenso, se saciaba en martirizarme. Me ataron fuertemente y llegando otro de sus mandones que les [rep]rendió el trato que me daban, me hizo entrar en el coche con Rul y Merino, éste gravemente herido en el costado izquierdo y Rul con una cuchillada en la cabeza.
   Entramos a las 5 de la tarde en Acámbaro en medi[o] de la gritería del inmenso pueblo que pedía nuestras cabezas y acabar con todos los gachupines. Creímos que nos despedazaban, pero se reservaban nuestras vidas para mayores y repetidos insultos.
    Nos metieron en un cuarto del mesón rodeado de centinelas y vino un cirujano a reconocernos las heridas. Fue necesario confesar a Merino, al cocinero de Rul y a su asistente. Y aunque primero determinaron dejar a Merino en el pueblo hasta su restablecimiento, lo hicieron salir poco después que a nosotros, haciéndonos continuar la marcha a las 11 de la misma noche para Celaya, donde llegamos a las 11 del día por los dolores que las heridas nos causaba[n], como por ver la infamia de la plebe que nos amenazaba con las expresiones más indecente[s] que puedan imaginarse.
   Allí fue donde nos vimos totalmente saqueados, sin tener ropa que mudarnos y sólo con el colchón que nos quisieron dejar. Pero Dios nos deparó para nuestro consuelo al licenciado don Carlos Camargo que nos atendió en cuanto pudo, facilitándonos buen cirujano, con todos los ingredientes necesarios a nuestra curación y el método que debíamos observar, una muda de ropa a cada uno y cien pesos para lo que pudiera ofrecerse.
   La mañana siguiente salimos para San Miguel El Grande con los mismos insultos de la plebe y aún mayores porque íbamos encontrando la divisiones del ejército de Aldama y todos nos recibían con los mayores vituperios y amenazas.
    A las 6 de la tarde llegamos a cosa de media legua de San Miguel donde encontramos a Aldama, mariscal de campo de entre ellos, y general de su ejército, a caballo, en mangas de camisa, con sable y un par de pistolas de gancho en el cinturón, sombrero blanco y una manta o fr[a]zada en el arzón de la silla, quien después de habernos hecho reconocer por ver si traíamos alguna arma oculta, con palabras indecentes nos hizo volver atrás. Entrando nuevamente en Celaya sin darnos otro alimento que un pocillo de chocolate para recogernos desde otro igual cuando amaneció.
   Ya desde entonces seguimos con su ejército por los pueblos de Acámbaro, Zinapécuaro, Indaparapeo, donde nos detuvimos dos días esperando los ejércitos del cura Hidalgo y el de Allende, que nos incorporaron.

Fuente:

Las Cartas de Morelos en la Biblioteca José María Lafragua, BUAP.  Paleografìa de María del Carmen Aguilar Guzmán y Misael Amaro Guevara. Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Puebla, 2015. pp 211-250

domingo, 10 de marzo de 2019

Una carta del cura de Guanajuato Br. D. Antonio Lavarrieta, 1810

   Ha sido un poco larga mi ausencia en la actualización de artículos, notas, apuntes, sobre la Guerra de Independencia en su etapa inicial, esta vez, como me encuentro trabajando en un texto que habla precisamente del tiempo que va del Grito de Dolores (16-IX-1810) al Sitio de Cuautla (19-II-1812) aprovecho para transcribir algunos documentos que creo son interesantes y que me están sirviendo de referencia a mi trabajo.

  En este caso se trata de una carta que el Cura y Juez Eclesiástico de la ciudad de Guanajuato envía a Calleja haciéndole notar de la confusión que hubo al considerarlo del bando Realista y saqueada su casa cuando ocurrieron los sucesos de Granaditas en septiembre y la Toma de Guanajuato en Noviembre de 1810:

Villa de León, 19 de diciembre de 1810.

Señor general de los ejércitos españoles de pacificación

  El doctor don Antonio Lavarrieta, cura y juez eclesiástico de Guanajuato, ante vuestra señoría con todo el acatamiento debido a su alta representación y a las augustas funciones que ejerce, digo: que la reconquista que vuestra señoría hizo en dicha ciudad, sacándola de la opresión en que la tenían los insurgentes, me cogió en Valladolid, a donde me llevó el deseo de conservar mi casa, condenada al saqueo y la rapiña, porque mi hermano político don Domingo Torices es europeo, y se le supuso arbitrariamente que militaba bajo los estandartes de vuestra señoría.

La certeza de este motivo la acreditan la carta que manifiesto a vuestra señoría y la certificación del señor conde de Sierra Gorda y gobernador actual de la diócesis, y fuera de esto es público y notorio.

Noticioso yo en Valladolid de que vuestra señoría me había buscado en Guanajuato, y que allí se habían hecho informes siniestros de mi conducta por personas que o tratan de levantar su fortuna sobre ruinas ajenas o que quieren vengar resentimientos privados y manados del gobierno que allí he tenido, o que fiscalmente tratan de hacer la corte a los altos personajes con denuncias y murmuraciones, determiné venirme a presentar a vuestra señoría para que residenciara mi manejo y desenvolverle las miras y fines que me había propuesto en acercarme de continuo a los insurgentes, cosas que ni antes ni a todos se podrían revelar sin hacerla perder su eficacia.

Llegué en efecto antes ayer y supe lo mal impresionado que vuestra señoría estaba; resolví por último presentarle esta representación después que hable con vuestra señoría y le explique por mayor todo el misterio de mi conducta.

Vuelvo a confesar a vuestra señoría con toda la franqueza de un hombre de bien, que en obsequio de la humanidad y por obviar atentados que la ultrajaban, me abocaba de continuo con los insurgentes, tal vez hablaba en idioma y al parecer me conducía como ellos, porque con esa moneda creía negociar o comprar garantías para los europeos, sus familias y muchos americanos que la adulación y la intriga daban por reos.

A esto se agrega el poco espíritu que yo tengo, que hacía temer mil peligros a cada paso y no hallar otro asilo que el de la lisonja.

Confieso que el tribunal de la fidelidad nada de esto me indemniza; porque defecto, cobardía, toda neutralidad, y lo que es más, el no ser partidario abierto de la buena causa, es un crimen; pero un crimen de flaqueza y no de designio o premeditación.

Persuadido de ello, no trato ya de vindicarme sino de acogerme a la real clemencia, impetrando como impetro el real indulto, que vuestra señoría ha publicado a nombre de nuestro piadosísimo rey el señor don Fernando VII ofreciendo otorgar en manos de vuestra señoría el juramento de fidelidad más circunstanciado y solemne, por el que me obligaré de buena voluntad a despreciar todo temor y declararles una guerra abierta a estos insurgentes enemigos de la patria y de la religión;

Y por último a compensar cuanto pueda con nuevos servicios al Estado la tal cual mancha que hubiere contraído, procurando mantener en paz y fidelidad el pueblo de Guanajuato que ha sido a mi cuidado, e inspirarles a mis compatriotas ideas de fidelidad.

Protesto a vuestra señoría que mi corazón siempre ha estado por el gobierno, que sobre el despotismo y opresión de los insurgentes pudieron haberme hecho declinar un algo las ideas de humanidad que me propuse seguir.

Sírvase vuestra señoría pues en virtud de sus viceregias facultades declararme indultado, ad-cautelam aceptar el juramento y oferta que le hago, y en seguida mandarme dar mi certificado en los términos que a vuestra señoría le parezca para mi futuro resguardo.—

Por tanto.—

A vuestra señoría suplico se sirva otorgarme esta gracia, por la que quedaré eternamente reconocido.—

Antonio Lavarrieta.—

Villa de León, diciembre 18 de 1810.—

Admito las protestas que el convencimiento y razón arrancan del suplicante; declaro en su favor el indulto, y en su consecuencia, otorgado el juramento que ofrece y que prestará en mis manos, restitúyasele a su curato, en que espera el gobierno que desmentirá con hechos, con palabras y por todos los medios que caben en su corazón sincero, las malas impresiones que ha hecho en el público su conducta; y denle para su resguardo copia certificada de este escrito y mi decreto.—

Calleja.

Don Bernardo Hernández Villamil, teniente coronel graduado de caballería y primer ayudante general del ejército del centro.—

Certifico: que habiéndose presentado a las 10 1/2 de la mañana de este día en el alojamiento del señor general de este ejército, brigadier don Félix Calleja el doctor don Antonio Lavarrieta, cura y juez eclesiástico de la ciudad de Guanajuato, a efecto de prestar el juramento que expresa el anterior decreto, lo verificó en manos de su señoría y a presencia del señor conde de la Cadena, del cura y juez eclesiástico de esta villa don Tiburcio Camilla, y del de Silao don Gregorio Bustillos, jurando in verbo sacerdotis.

Defender abiertamente y sin disimulo, los derechos del trono, la paz de los pueblos y la observancia de las leyes patrias; predicar, persuadir y exhortar a sus feligreses a que las defiendan igualmente, haciéndoles conocer los males en que envuelven al reino los sediciosos, y manifestándoles los errores, injusticias y crímenes de que se han cubierto;

Expresando además que no sólo procuraría convertir al pueblo en favor de la justa causa, siendo uno de sus principales promovedores hasta perder la vida, si necesario fuere, sino que respondía de su fidelidad; cuyas protestas repitió varias veces; todas las cuales fueron admitidas por el citado señor general, de cuya orden pongo el presente documento para los

efectos correspondientes.—

Villa de León, diciembre 19 de 1810.—

Bernardo Villamil.—

Es copia. (Ver nota 1)

Fuente:

J. E. Hernández y Dávalos. Historia de la Guerra de Independencia de México. Seis tomos. Primera edición 1877, José M. Sandoval, impresor. Edición facsimilar 1985. Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Independencia Nacional y 75 Aniversario de la Revolución Mexicana. Edición 2007. Universidad Nacional Autónoma de México.

Versión digitalizada por la UNAM: http://www.pim.unam.mx/catalogos/juanhdzc.html

Nota 1. Este documento y el anterior no figuran en su lugar respectivo, porque su adquisición ha sido hasta la fecha, enero de 1879, pero al formarse el índice cronológico de las piezas que forman la colección, lo citáremos en el lugar que le toca.


martes, 12 de junio de 2018

El uniforme militar del generalísimo Miguel Hidalgo.

     Había transcurrido poco más de un mes desde el Grito de Dolores cuando se formaliza el Ejército Insurgente, los hechos se dan en Acámbaro; dentro de la formación se incluyó el diseño de uniformes, cosa que me sorprende al ver que al ya Generalísimo Hidalgo se le había confeccionado un uniforme. La descripción de las divisas las hace Diego García Conde quien fue testigo de los hechos pues pocos días antes había sido hecho prisionero junto con Merino y Diego Rul. Ya liberado, en Guanajuato envía un informe al virrey Venegas el 12 de diciembre de 1810, el cual dice:

 “Luego conocimos que el ejército marchaba al día siguiente y que nos dejaba allí [en Acámbaro] para salir con él, sin embargo de haber pedido lo contrario, para podernos curar de las heridas, pero no se nos concedió.
  Volvimos a Acámbaro haciendo mansión en los pueblos de Indaparapeo y Zinapécuaro, y allí se hizo la gran promoción nombrando al cura de generalísimo; a Allende de capitán general; al padre Balleza, a Jiménez, a Arias y a Aldama de tenientes generales de campo, con cuyo motivo hubo misa de gracias y Te Deum con repiques y salvas, y después se pasó una revista al ejército, reducida a formar regimientos de a 1 000 hombres de a pie y de a caballo, y pasaban de 80 000.
  Los nuevamente ascendidos se pusieron sus uniformes y divisas, siendo el de Hidalgo un vestido azul con collarín, vuelta y solapa encarnada, con un bordado de labor muy menuda de plata y oro, un tahalí negro también bordado, y todos los cabos dorados, con una imagen grande de Nuestra Señora de Guadalupe de oro, colgada en el pecho.
  El de Allende, como capitán general, era una chaqueta de paño azul con collarín, vuelta y solapa encarnada, galón de plata en todas las costuras, y un cordón en cada hombro que dando vuelta en círculo, se juntaban por debajo del brazo en un botón y borla colgando hasta medio muslo: los tenientes generales con el mismo uniforme, solo llevaban un cordón a la derecha y los mariscales de campos a la izquierda.
  Los brigadieres, a más de los tres galones de coronel, un bordado muy angostito; y todos los demás la misma divisa de nuestro uso.
  A todo el que presentaba mil hombres, lo hacían coronel y tenía tres pesos diarios: igual sueldo disfrutaban el capitán de caballería: el soldado de a caballo un peso diario, y cuatro reales el indio de a pie: los generales y mariscales de campo me decían que no tenían sueldo alguno, y que antes bien habían gastado todos sus intereses; pero lo cierto es que triunfaban y gastaban cuanto querían, como que en los saqueos cogían anticipadamente lo mejor.
  Salimos el día inmediato para Maravatío, y de allí para la hacienda de Tepetongo, y a poco de haber salido de esta población hubo una alarma, diciendo que los gachupines se iban apareciendo en la loma inmediata, con cuyo motivo se hizo avanzar el ejército, que según el desorden en que marchaba siempre, y la gran cola que hacía, esta operación era de muchas horas, pues los indios iban cargando a sus hijos, carneros y cuartos de res, y es de advertir que de los saqueos que hacían, se llevaban las puertas, mesas, sillas, y hasta las vigas sobre sus hombros.
  Se llegó a nosotros el general Balleza y nos hizo atar a los cuatro que íbamos en el coche, a pesar de que los dragones de escolta se resistieron a hacerlo, y hasta lloraron al tiempo de ejecutarlo.
  El motivo de este trastorno no fue otro, que dos europeos escapados de una hacienda que vieron correr, los que ya cogidos se apaciguó el alboroto y nos desataron.
  Después hicimos las jornadas a la hacienda de La Jordana, Ixtlahuaca y Toluca sin novedad particular, más de la corriente de los insultos y gritería continua de la indiada.
  A la salida de esta ciudad, donde nos quedamos con el padre Balleza, después de haber marchado el ejército empezó la plebe a saquear la casa de un europeo, la que atacada por su guardia fue acosada y encerrada en el cementerio de la parroquia, desde donde el citado Balleza empezó a predicar contra los gachupines diciéndoles que no habían hecho más que quitarles el pan de las manos; pero pronto serían los indios dueños de todo; que ellos no trabajaban ni se exponían con otras ideas; pero que no por eso debían saquear las fincas ni las casas, cuyos productos se repartirán después con igualdad; que Nuestra Señora de Guadalupe era la protectora de su causa, y que ya que la había comenzado felizmente, con la misma felicidad la concluiría: les tiraba puñados de medios de cuando en cuando, alternándolos con las voces de mueran los gachupines, de suerte que juntó multitud de plebe, y se marchó con su guardia dejándonos a su discreción , pues solo teníamos una corta compañía de escolta repartida en dos coches, muy distantes uno del otro, y amenazados por los insultos y gritería de ser despedazados.
  Allí me tomaron los indios de su cuenta, empeñados en que yo era el general Calleja, y así se me amontonaban, diciéndose unos a otros: mira al descolorido y descalabrado, es el bribón de Calleja; ¡ah perro! Ahora no te has de escapar, y otras insolencias mucho mayores, que obligaron a la guardia a desengañarlos de que yo no era el que pensaban.

Fuente:

Documento Nu,. 19, Lib. 2, Cap. 3, fol. 296 en los anexos de Lucas Alamán, Historia de Méjico, Tomo I, Segunda Edición, Editorial Jus, México, 1968. pp. 375-390

lunes, 7 de mayo de 2018

Salamanca, escenario de incontables enfrentamientos durante la guerra de Independencia

  La parte norte del municipio de Salamanca y, en general todo el territorio municipal fue escenario de los enfrentamientos de realistas e insurgentes. En el siguiente documento veremos que la hacienda de Temascatío, propiedad de la familia Bustamante de Guanajuato, había sido seleccionado como centro de operaciones. Se mencionan otras haciendas de la región, próximas a ella, como la de San José de Mendoza, hacia el oriente de Temascatío y la de Santa Anna de Cruces al sur-oriente. La falda de la sierra que se menciona en el parte es la de Codornices.

Oficio del Señor Coronel y comandante general Don Antonio Linares.

Excelentísimo Señor:


Manifestándome el teniente coronel graduado del regimiento del Príncipe, don Esuebio Moreno en el adjunto parte los felices resultados que se están logrando con los nuevos destacamentos y correrías incesantes  que hacen las tropas en debido cumplimiento de las inviolables órdenes de V.E., tengo la satisfacción de dirigirlo original a las superiores manos de V.E. para su debido conocimiento. 

Manifiesta dicho jefe sus correrías continuas con bastante fruto, y lo que es más se va observando en todas las gentes de los pueblos y haciendas bastante entusiasmo para defenderse de los restos de la canalla revolucionaria y dar prueba a favor de la inocente causa del Rey nuestro Señor.

En estas circunstancias llevando delante el justificado sistema de V.E. quisiera que mereciese la superior aprobación de V.E., que el Señor coronel D. Anastacio Bustamante se colocase en el pueblo de S. Juan de la Vega con solo 200 Dragones del regimiento de S. Luis, cuya fuerza es más que suficiente para que en combinación con las tropas de Querétaro coadyuve al exterminio de las gavillas de Jalapa y facilite la apertura del camino de Celaya hasta San Miguel el Grande con el auxilio del destacamento de Chamacuero que está al tránsito de aquella villa. De este modo lograré que esta hermosa partida se empleé en objeto que la merezca, pues en el día hallándose la jurisdicción del Valle de Santiago con el gran apoyo de las tropas de Puruándiro y los nuevos destacamentos de Pantoja y Pueblo Nuevo, solo resta la organización de sus haciendas que se puede lograr con ahorro de mucha tropa comenzando  por las principales o por aquellas que por sí solas pueden defenderse con solo que se les auxilie con alguna tropa por término corto que necesiten para fortificarse.

  Bajo este principio he organizado la hacienda de Temascatío donde he reunido más de mil familias, y bien pronto organizaré la de Cruces y Mendoza con la misma tropa, tanto porque estoy de acuerdo con el dueño de ella como porque logra también los auxilios de Temascatío.

  Todo lo que siendo dirigido a establecer una línea impenetrable a la falda de la sierra para colocar dentro de ella todas las familias que se hallan por la parte de arriba como la justificación de V.E. me tiene prevenido, espero de su notoria previsión se sirva aprobármelo, pues de este modo sin causar extorsiones ni vejaciones como lo exige la causa pública y lo desea el infatigable celo de V.E. caminaré rápidamente a la deseada paz. Sin que hacienda ni rancho alguno no quede alarmado, y en la actitud debida de que son todos verdaderos defensores de la quietud pública y de los derechos inconclusos de nuestro amado Soberano.

  Dios guarde a V.E. muchos años. Salamanca, octubre 15 de 1819. -Excmo. Sr. Antonio de Linares. -Excmo. Sr. Virrey Conde del Venadito.

Fuente:

Gaceta del Gobierno de México. Del sábado 6 de noviembre de 1819. México. Tomo X, No. 150, pp. 1167-1168.

martes, 24 de abril de 2018

Algo ocurrido en la Hacienda de la Tlachiquera antes del paso de Mina

   Hace poco vimos en este espacio la relatoria que hace Giacomo Constantino Beltrami de lo ocurrido por el rumbo de León, Guanajuato, cuando Francisco Javier Mina revolucionaba en la zona. Por mera casualidad encuentro en el Archivo Histórico del Estado de Guanajuato un documento que relato algo ocurrido en la Hacienda de la Tlachiquera algunos años antes del paso de Mina, creo que ahí encontraremos varias menciones interesantes que nos dejarán ver lo que era el día a día cuando la región se encontraba inmersa en la incertidumbre que causaban los continuos asaltos de uno y otro bando cuando la larga guerra por la independencia iba apenas a la mitad de su desarrollo:

  Guanajuato, abril 6 de 1814. Este día, por ante mi y en el Registro de Instrumentos Públicos de mi cargo, Doña María Josefa Gorráez, viuda del Regidor Don Francisco María de Herrera, en consorcio de sus legítimos hijos, Da. Manuela y Dn. Manuel de Herrera y Gorráez, celebraron escritura de obligación en favor de la Hacienda Pública, por la cantidad de 23,000 pesos, resto de los 25,000 en que fueron condenados por el Señor Comandante General de Armas de ésta Provincia con el Coronel Agustín de Iturbide, su otro hijo, Don José Mariano Herrera y Gorráez, en consorcio de Don José Domingo Estrada y Don Miguel Borja, que por el crimen que cometieron de infidencia y hacer monedas falsas, obligándose los celebrantes del citado instrumento a que mientras no hagan redención de los citados 23,000 pesos, han de verificarse el rédito anual del cinco por ciento conforme a la Ley Real y nueva reducción de censos. Y para seguro de uno y otro, hipotecaron especial y expresamente sin que la obligación general de bienes derogue ni perjudique a la especial, ni por el contrario ésta o aquella, la Hacienda de labor y campo nombrada La Tlachiquera, con todas sus tierras, labores, simientes, pastos, aguajes, fábricas y demás de que se compone, sin sus reservas alguna, ubicada en la Jurisdicción de la villa de San Felipe, habida legítimamente por herencia de su marido y padre de los celebrantes, Don Francisco María de Herrera, como todo más por menos consta en la citada escritura a que en lo necesario me remito. Y para que conste pongo ese registro. De ello doy fe. 

José Ignacio Rocha.


Fuente:

AHEG. Libro de Becerro No. 9, 1814-1815, f.6v.-7v.



domingo, 18 de marzo de 2018

El pozo de Hidalgo en San Miguel el Grande, Guanajuato

  Estamos en San Miguel de Allende y estamos topando con algo de lo que nunca antes había oído, la existencia de un pozo en el que... de acuerdo a la leyenda [más que a la historia], el Padre de la Patria sacó agua de un pozo [o alguien lo hizo por él] y bebió refrescante agua.

 La placa dice [cuál historia romántica] que don Miguel Hidalgo acampó en este lugar, de ahí que el abastecimiento de agua haya sido en el pozo. Hasta ahí vamos bien con el romanticismo [propio de muchas de las anécdotas que se crearon en torno a los primeros meses del movimiento insurgente] pero, al enfrentarnos a la historia documentada, las cosas no coinciden... ¿por qué?

  Dudo que el cura Hidalgo haya acampado, siendo que él llevaba varios años viviendo en el pueblo de Dolores y era bastante sociable, por lo que conocía a mucha gente en la región, especialmente los entonces llamados "principales" de cada población, por lo que, más bien se hospedó en la casa de uno de ellos, y no acampando con la tropa...

  Si se hospedó o acampo, es irrelevante, el punto está con el agua del pozo, lo cual quizá ocurrió, pero, de haber sucedido, no fue el 20 de septiembre, sino el 17 o 18 de Septiembre de 1810, dado que el contingente llegó ya en la tarde, quizá en la noche, del 16, y el 19 en la madrugada partieron rumbo a Chamacuero.

  El 20 de septiembre el cura Hidalgo estaba ya en Celaya según lo comprobamos arriba con lo escrito por don Carlos Herrejón sobre la Ruta de Hidalgo.

El pozo se encuentra en el lobby del hotel Real de Minas en San Miguel de Allende, Guanajuato.

martes, 27 de febrero de 2018

Última parte de la carta de Beltrami con el relato de lo sucedido a Francisco Javier Mina

Esta es la última parte de la carta (la Séptima, fechada el 12 de noviembre de 1824 en Guanajuato) que el viajero y explorador Giacomo Constantino Beltrami envía a la condesa, su amiga. Esta vez da cuenta de lo ocurrido en la ejecución y días posteriores de la muerte de Andrés Delgado, "el Giro":

Mina para engañar al enemigo dispersa su tropa, y se refugia á Jaujilla, un fuerte en que se sentaba otro simulacro de congreso que el padre Torres había creado para cubrir con una egida de legalidad su despotismo y sus atrocidades. Allí renueva ante el congreso su proyecto de sorprender á Guanajuato. Después de alguna oposición, logra obtener cincuenta hombres que le ayuden en esta empresa: los envía á un punto de cita, dando al mismo tiempo sus disposiciones para reunir en ese punto la fuerza toda que acababa de dispersar; pero la empresa se malogró.

De nuevo dispersa sus tropas, y seguido de una pequeña escolta, toma el camino de la cordillera dé Santa Rosa al Norte de Guanajuato. Era un domingo: se detiene para oír misa en una capilla, de campo en que solo los días festivos celebraba misa un sacerdote de Silao. Este ministro de paz y de caridad cristiana, solicita volver á Silao, y da al coronel Orrantia la dirección, que Mina había tomado sobre la cordillera. Orrantia no duda que pueda haberse dirigido á casa de su amigo Herrera, al Venadito: sin pérdida de tiempo combina sus movimientos de tal manera, que nadie pueda prevenir de ellos á Mina: llega en la noche, hace rodear con su tropa á todo el rancho á distancias bien calculadas.

Mina no ve el peligro sino hasta el instante en que ya no es tiempo de combatirlo ni de evitarlo. La casa que ocupaba y que está actualmente bien destruida, tiene por detrás una gran barranca que baja á un torrente. A este ataque imprevisto, permanece como aturdido por un instante: finalmente, impelido por Herrera y su hermana, se precipita al torrente por la barranca con la esperanza de salvarse á través del bosque espeso que adornan sus orillas y la montaña; pero la tropa de Orrantia recorría ya todo el lecho del torrente y se extendía por todas partes: un dragón corre sobre él y lo amenaza con una pistola. Mina había quebrado su sable en la bajada de la barranca, no le quedaba medio alguno de resistencia: le dijo tranquilamente; Párate! yo soy Mina, condúceme ante tu comandante. Orrantia tuvo la cobardía que Mina lo reprochó con valor, de maltratarlo y de darle de plano con el sable. De toda la escolta de Mina y de sus oficiales, algunos se salvaron en la montaña, los demás fueron asesinados. A D. Pedro Moreno, el comandante del Sombrero que se encontraba allí por casualidad, le cortaron la cabeza y la expusieron á mil insultos en presencia del mismo Mina.
Este desde que llegó á México, jamás se había abandonado durante la noche á un imprudente descanso; esta fue la primera vez que lo hizo: y aún se había desnudado. El mismo D. Mariano Herrera salía de su rancho ó de su hacienda, para ir á buscar su lecho á la montaña ó á los bosques, cambiaba no solo de lugar, sino de dirección, y se acompañaba solamente de un fiel criado. Esta noche se entregó también á los encantos de una amistad llena de atractivos, y de una seguridad engañadora. Ved, condesa, la fatalidad!

En vano procura, el hombre escapar de su destino, y in qua hora non putatis mors venid. D. Mariano fue también preso, y no se sustrajo de la muerte, sino por la conducta heroica y resuelta de su hermana. Habíasele atado con cordeles lo mismo que á Mina: la heroína le da furtivamente un puñal para que los cortase en el camino; pero según parece, Mina, resignado á su suerte y desesperando en lo de adelante de la salud de la independencia encargada á hombres como Torres, no quiso servirse de esta arma. Fueron conducidos á Silao y después á Irapuato: de allí condujeron á Mina al cuartel general de Liñán, delante del fuerte de los Remedios. Apodaca habría querido llevarlo á México para que su muerte se verificase con mayor solemnidad, ó para arrancarle sus secretos; pero temiendo las consecuencias del interés que toda el mundo manifestaba en favor de este joven héroe, mandó á Liñán que lo fusilase en el mismo lugar. Fue fusilado en efecto, al frente del fuerte a principios de Noviembre de 1817.

Recordáis que desembarcó, en esta tierra fatal el día 15 de Mayo. Su carrera no fue larga pero será eterna en los fastos de la historia, porque llenó este corto período de su VIAJE sucesos extraordinarios y gloriosas hazañas. Rodeado de toda especie de contrariedades, de obstáculos, de fatigas, de peligros, objeto del más bajo celo y de la más monstruosa perfidia; al frente de un enemigo más poderoso en hombres, en armas, intrigas y crueldades, su conducta fue constantemente generosa, cualquiera que haya sido el objeto primitivo de su expedición á México. A este fin se ha procurado hacer creer que se dirigían sus ardientes deseos de apoderarse de las minas de Guanajuato, á pesar de la oposición de Torres, del congreso y de otros jefes mexicanos. Pero yo creo que era dirigido por la influencia americana que combatía aún en sus filas para, seguir más de cerca al ídolo codiciado; esta misma influencia fue la causa del incendio de todas las máquinas y edificios de la célebre mina de Valenciana, por despecho de haber fracasado el proyecto de la toma de Guanajuato. Yo sé á no dudarlo, que Mina se indignó por esto.

Así pereció el héroe de la Navarra á la edad de 28 ó 29 años; pero murió como, había vivido, con valor y sin comprometer a nadie por confesiones cobardes; pereció á los golpes de aquella tiranía que había tenido á honor defender por sí mismo contra un hombre que se calificaba de usurpador, y que actualmente es admirado de todo el mundo como el gran genio de los siglos. De esta manera por una misa, perdió la vida Mina, como Jacobo II de Inglaterra perdió tres reinos. El gobierno español quiso celebrar el lugar donde Mina fue aprendido: nombró al virrey Apodaca conde del Venadito, acordó condecoraciones que se llaman de honor á Liñán y á Orrantia, y dio un grado y una pensión al dragón que lo había arrestado. Este dragón, por uno de aquellos caprichos de la volubilidad humana, es hoy uno de los más fieles servidores del Venadito, una especie de mayordomo que cuida del campo. D. Mariana hace de él mucho aprecio. Es cierto que en la prisión de Mina se manifestó este hombre tan noble y valiente, como Orrantia cobarde y despreciable.

Aquí no puedo abstenerme de hacer un reproche á mis favoritos Victoria y Guerrero. ¿Cuando llegaba Mina al Bajío, no supieron ellos combinar un plan para reunírsele? Con esto se habría decidido la suerte de los realistas y de la tiranía europea en México. Mas, repitámoslo, ¿si ellos eran tan celosos de los mismos mexicanos, cómo esperar que no concibiesen el mismo celo hacia un extranjero y español? Yo creo que la historia no les perdonará esta falta á la verdad enorme.

El fuerte de los Remedios cayó en manos del enemigo, poco tiempo después de la muerte de Mina. Loa horrores cometidos en la toma del Sombrero, no son sino una imagen pálida de los que señalaron la caída de los Remedios. Los infelices que estaban en el hospital, fueron quemados vivos ó sepultados bajo las ruinas del incendio: loa que tuvieron las fuerzas necesarias para intentar salvarse, fueron clavados con las bayonetas como si fuesen ranas: en fin, á los más horrorosos gritos, accedió en menos de una hora el silencio de los sepulcros. La guarnición había intentado una salida nocturna bajando á una barranca que rodeaba parte del fuerte: los que rodeados por todas partes no pudieron escapar á favor de las tinieblas, fueron asesinados. 

Las mujeres á quienes sé perdonó la vida, fueron rapadas unas y puestas en libertad, y otras condenadas á las prisiones de Irapuato, Silao, &c. Ya conoceréis, condesa, que él padre Torres buscó su salud en la huida: los señores de su clase si bien no son valientes en el cómbate, son al menos diestros en evadirse. No creáis por esto que el fuerte se rindió sin resistencia: la opuso y muy obstinada por cuatro meses contra un enemigo muy superior en fuerzas, y no menos formidable por sus medios de sitiar qué por su furor. Los compañeros de Mina dieron allí el ejemplo de vigilancia, de resolución y dé valor; y si se exceptúa Torres y sus paniaguados, los mexicanos desplegaron igualmente la más noble intrepidez. Liñán selló el cuadro horroroso de esta catástrofe con la destrucción del fuerte, operación ordenada á los mismos prisioneros: y cuándo la concluyeron los hizo fusilar á todos.

Para destruir del todo la causa de la independencia en el Norte, como lo había sido en el Sur, no faltaba más que la rendición del fuerte de Jaujilla, en donde tenía su residencia él congreso, que todavía quería dominar el padre Torres, desde las montañas del Bajío en donde vagaba fugitivo después dé la toma de los Remedios, y siempre como tirano horroroso. La empresa se encargó á D. Matías Martin y Aguirre. Este español se distinguió en el sitio por su valor y en la toma por su generosidad, para vergüenza dé Liñán y de tantos otros monstruos que le habían dado el ejemplo de las más negras atrocidades. El cobarde comandante del fuerte que no había podido sostenerlo por tres meses, sino por las disposiciones sabias, inteligentes é intrépidas de dos oficiales de Mina, Lawrence Chustie y James Devers, de los Estados-Unidos, ofreció á D. Matías entregar la fortaleza, y á estos dos oficiales con la condición de que le garantizaría su persona y sus riquezas. Tal proposición no podía dejar de ser admitida: aceptándola D. Matías trató con los más nobles miramientos á estos dos oficiales, y sin faltar á las condiciones convenidas, reprochó á este infame comandante López de Lara, con una virtuosa indignación su cobardía y su perfidia. Ya veis, condesa, que cuando el azar me presenta un buen español, me apresuro también á recomendarlo á vuestra admiración.

No existía ya de la revolución sino el débil congreso, que habiéndose retirado de Jaujilla antes del sitio, andaba errante en las tierras calientes de Valladolid, y sus esperanzas todas de salud se circunscribían á la actividad y valor de un cierto indio llamado el Giro, que aunque sin conocimientos adquiridos, y joven de veintiséis años, se había mostrado mil veces uno de los más terribles campeones de la independencia.

Torres continuaba con un furor cada día más loco su horrible despotismo. El congreso de acuerdo con el Giro, comandante de la escasa caballería, patriota que se distinguía todavía en el distrito del Valle de Santiago, decreta, su destitución y nombra en su lugar, comandante general de la provincia, al coronel Arago, uno de los oficiales de Mina que habían podido escapar del suceso del Venadito, hermano del célebre astrónomo francés, cuya fama corre por toda la Europa. Torres conspira, se insurrecciona; pero el Giro, lo ataca y lo hace huir. Este monstruo, perseguido por el desprecio y la indignación de los patriotas, no menos que por el aborrecimiento y la venganza de los realistas, fue á concluir su infame vida bajo el hierro de un patriota, á quien había engañado en el juego, y precisamente cerca del lugar en donde su horrible perfidia había por fin conducido á Mina á las manos del enemigo.

Sin embargo, ¿qué podía hacer el coronel Arago en esta terrible anarquía, en medio de aquellos patriotas envidiosos, y á cada paso cortado por el enemigo? ¿Qué podía hacer, cuando un Liceaga uno de los más firmes defensores de la independencia caía bajo los golpes del hierro asesino de los emisarios de un Borja, pretendido patriota, que según se dice le pagaba de esta manera cierta suma, que le debía, librándose al mismo tiempo de un rígido sensor de sus actos arbitrarios? Su más grande sostén, el Giro había sido preso y fusilado: un Huerta celoso de Guerrero y del coronel Bradburn conspiraba, y los abandonaba á la rabia y á las fuerzas superiores del enemigo. ¿Qué podría hacer, repito, un comandante no menos extraño á México, que á las costumbres de sus habitantes, aislado en medio de un enemigo potente y de un pueblo celoso, propenso á las sospechas é ignorante al mismo tiempo? Nada, condesa: de manera que aquí podemos echar el telón al cuarto acto de la tragedia de la revolución mexicana.

El quinto comenzó con el GRITO DE IGUALA, y concluyó con la muerte de Iturbide. Quizá tendremos ocasión de hablar de esto en otra parte con algún detenimiento. Habéis visto que Mina partió de Soto la Marina con cerca de trescientos hombres, oficiales y soldados: asegúraseme que media docena apenas ha escapado de esta catástrofe dolorosa.

Conozco, condesa, que encontráis un gran vacío en esta pequeña relación histórica, sobre una circunstancia cuyo desenlace interesa más á vuestro corazón que á vuestra curiosidad: voy á llenarlo. Os dije que al llegar al Venadito había encontrado al dueño de la hacienda de la Tlachiquera: vuestra agitación sobre la suerte de este distinguido patriota, de este amigo generoso, debe haberse calmado ya: sí, condesa, D. Mariano Herrera está sano y salvo. ¿Pero cómo ha podido escapar de la sanguinaria sed de estos caníbales? Tengo tanta mayor complacencia en referíroslo, cuanto que esta circunstancia derrama un nuevo lustre sobre los sentimientos magnánimos de aquel sexo de que sois un tan noble adorno, y yo uno de los más constantes admiradores.

A los procedimientos, á los rasgos heroicos de su hermana, debió Herrera su vuelta á la existencia; digo su vuelta, porque su vida estaba ya al borde de la tumba. Monta á caballo, se adelanta á la escolta matadora de su hermano, se presenta á Liñán: le habla un lenguaje romano, que realzando su dignidad  y su sexo, envilece al tirano, que no puede rehusarle la gracia de suspender por algunos días su furor homicida., Tan abundante de sagacidad y previsión, como lo era de sublimes sentimientos, vuela en seguida á las prisiones de Irapuato, consuela, reanima á su hermano, y le sugiere la idea de representar el papel de. loco. Las circunstancias auxiliaban á la verosimilidad del papel; lo representa maravillosamente: quizá estaba en efecto loco cuando creía fingirlo tan solo. Se dirige después á México trasportada en las alas de su afecto fraternal, y se presenta al virrey. Este hombre con las amables disposiciones de su alma, habría sido bueno si no hubiese sido el ministro de una nación tiránica: conmovido al aspecto de esta heroína, ordena que si D Mariano estaba en efecto trastornado, se suspendiese la sentencia de muerte.

Sin embargo, sus verdugos quieren gozar de la apariencia del espectáculo homicida, y á excepción de la formalidad fatal, todas las demás fueron plenamente ejecutadas. ¡Lo creeréis, condesa; á un refinamiento de crueldad más bien que á la clemencia, es á lo que debe la vida! ¿Sabéis por qué Liñán obedeció la orden del virrey que habría despreciado en cualquier otro caso? Él mismo lo ha dicho que él no tenía la más leve satisfacción en hacer morir á un hombre, que en el estado en que se encontraba, ningún sentimiento tenía en perdonar la vida, y que no podría dejar muy grandes sentimientos á sus amigos y parientes que le sobreviviesen. Juzgad por este simple razonamiento qué clase de alma se abrigaría en este monstruo.

D. Mariano fue retenido por largo tiempo todavía en las prisiones, en donde su hermana jamás lo abandonó: al fin obtuvo que se le ampliasen estas bajo el pretexto de que su cabeza podía no menos que empeorarse; pero no se le permitió llevarlo á la Tlachiquera, sino dando todas las seguridades que se le exigieron. Debía devolver al gobierno á su hermano, si su locura se curaba. Esta condición es una llueva prueba de la sagacidad feroz de Liñán.

D Mariano permaneció siempre loco como podéis creerlo, hasta que el grito de Iguala vino á proporcionarle un lúcido intervalo, que gracias al cielo dura todavía con la independencia, y que como ella jamás cesará según espero.

Un poco de chanzas sirve algunas veces para distraernos de los gemidos, que recuerdos horrorosos nos ocasionan; me permito por lo mismo, en tono de chanza observar á D. Mariano, que yo estaba tentado de creer que él no estaba verdaderamente loco, y que se vi á en el caso de recurrir á la ficción. Él mismo estuvo tentado de creerlo cuando yo recapitulaba sus desdichas: la 'hacienda y todos los ranchos quemados y devastados, treinta ó cuarenta mil cabezas de ganado menor muertas ó robadas, los campos y las presas de agua destruidas, parientes y amigos asesinados, muchos años de peligros y vejaciones de toda especie, retiradas forzadas á los bosques, el espíritu siempre agitado, el corazón afligido con mil heridas, la prisión y medidas que ponen nuestra existencia á dos dedos de la eternidad, un amigo sacrificado.... qué cosa más á propósito que estas calamidades para desarreglar realmente la cabeza más bien organizada?

El me hizo el honor de darme una carta de recomendación para México, en donde su hermana reside actualmente. Pasé un día muy agradable en compañía de este digno y galante hombre: contrajimos una sincera amistad, y para mejor afianzarla nos cambiamos nuestros caballos: le di yo el mío que estaba llagado de los lomos, por el suyo que era cojo.

Eran estos dos desgraciados que cambiaban sus miserias. Eran dos buenos corazones representados por dos pellejas. Su hacienda comienza á levantarse un poco por el concurso de los rancheros que lo aman y lo estiman y vienen á poner de nuevo ó á fundar sus establecimientos: de una de las más florecientes y de las más ricas de esta fértil provincia, se había convertido en un desierto de más de cien millas de perímetro.

Sus ruinas indican todavía que sus edificios igualaban por su belleza y su estructura á la presa de agua que yo os he manifestado. Abraza la cima de la Sierra-Madre, que corre aquí por la medianía del continente mexicano, y le separa casi á igual distancia del Atlántico y del Pacífico.

De allí bajé al llano de Silao al Oeste de la hacienda: porque el camino del Sur por la montaña, está puesto á través de colinas y de abismos. Un día después llegué á esta ciudad digna de una alta y rica fama.

Después de un pequeño reposo físico y moral, iremos á saltar un poco sobre estas montañas, y á bajar á sus minas para examinarlas con los mineros antiguos y modernos: españoles é ingleses, y las reconoceremos en su aspecto comercial y político.

Fuente:

Beltrami, Giacomo Constantino. México, obra escrita en francés. Tomo II. Imprenta de Francisco Frías, Querétaro, 1853, pp. 156-293