lunes, 20 de diciembre de 2010

Otro de los Aldama, el licenciado Ignacio.


Una de las tantas apacibles calles de San Miguel el Grande en el norte del estado de Guanajuato.

El licenciado don Ignacio Aldama, uno de los caudillos y mártires de la libertad mexicana, nació en San Miguel el Grande. Abrazó la carrera de la abogacía y se recibió en México; pero como dicha profesión era poco productiva en las poblaciones del interior del país, se dedicó al comercio, en el que, fomentado por los españoles don Juan de Issasi y don José Landeta, del mismo San Miguel, logró con su honradez y laboriosidad formar un capital de 40,000 pesos. No asisitió personalmente al Grito de Dolores dado el 16 de septiembre de 1810; pero habiendo entrado al día siguiente los insurreccionados a San Miguel el Grande, se unió a ellos y fue nombrado Presidente de su Ayuntamiento, por cuyo motivo el Colegio de Abogados, que al principio de la revolución publicó una alocución en contra de ella, le hizo borrar de la lista de sus individuos. No se sabe si permaenció en San Miguel hasta la aproximación a dicha villa del conde de la Cadena, o si en las jornadas de Guanajuato y Monte de las Cruces; lo primero nos parece más verosímil, pues según vemos en la Historia del señor Alamán, se incorporó al ejército de Hidalgo con su familia, la de su hermano don Juan y alguna gente que venía de San Miguel, cuando se hallaba en las inmediaciones del pueblo de San Jerónimo Aculco, casi a la vista de las tropas de Calleja; sus intenciones eran tan rectas como las de su dicho hermano. Nada se sabe del porte que tuviera el licenciado Aldama en esa acción ni en la de Guanajuato y Puente de Calderón, si concurrió a ellas; pero el Gobierno español dio tal importancia a su persona, que fue uno de los exceptuados con los otros caudillos de la revolución, del indulto concedido a los que abandonasen las filas de las tropas independientes, y su cabeza fue puesta a talla lo mismo que la de su hermano don Juan Jiménez, Allende y el cura Hidalgo.

Esta es la mansión que fuera de la familia Allende en San Miguel el Grande, inconfundible por la escultura del caudillo en la esquina. Foto de 1953 aporximadamente.

Habiendo tomado Allende la resolución de marchar hacia el Norte se dispuso le precediera el licenciado Aldama, que tenía el grado de Mariscal de Campo, a quien se nombró embajador cerca del Gobierno de los Estados Unidos, ya fuese para proporcionar los auxilios de armamento y hombres que se trataba de solicitar, o sólo para asegurar una favorable acogida, remitiendo con él una suma considerable en barras de plata y numerario.

Habiendo llegado a Béjar, acompañado, en calidad de secretario del padre franciscano Salazar, encontró mal dispuestos los ánimos de los vecinos de esa ciudad, que estaban sumamente disgustados con el gobierno del capitán Casas que había hecho allí la revolución; y cabalmente en aquellos momentos había llegado a dicha población el subdiácono don José Manuel Zambrano, hombre de espíritu emprendedor, que por su vida traviesa y aventurera había dado no poco que hacer a sus prelados y al gobernador Salcedo. Zambrano, conociendo que no sería fácil ejecutar de pronto una contrarrevolución, para reponer las cosas en su anterior estado, tomó con sus confidentes el partido de aparentar que sus designios sólo se dirigían contra el despotismo de Casas y contra los desórdenes de su gobierno; y siendo fácil sucitar enemigos al que manda, consiguieron por este medio atraerse muchos acérrimos partidarios de la misma insurrección.

Portada de otra mansión en San Miguel el Grande, la del conde de La Canal.

El ejemplo que Hidalgo había dado persuadiendo al pueblo de que los españoles trataban de entregar el reino a los franceses, encontró luego imitadores, y el padre Zambrano se valió del mismo ardid para hacer sospechoso al licenciado Aldama, haciéndole pasar por emisario de Napoleón, porque usando las divisas adoptadas por los insurgentes, llevaba, como Mariscal de Campo, un cordón sobre el hombro izquierdo, según se veía en los oficiales franceses en las estampas de batallas que circulaban por todas partes; insinuando también con demasiada razón, que los auxiliares que iban a buscar Aldama al Norte, no harían otra cosa más que aprovechar la coyontura para realizar sus miras, ya desde entonces bien manifiestas, de apoderarse de aquella provincia. Hecha, en fin, la contrarrevolución el 1 de marzo de 1811, el padre Zambrano arrestó al licenciado Aldama y a su comitiva, remitiéndole a Monclova, donde fue fusilado el 20 de junio del mismo año.

Fuente:

Sosa, Francisco. Biografías de mexicanos distinguidos. Editorial Porrúa. México, 2006.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Juan Aldama, hermano de Ignacio y tío de Mariano y Antonio

Este militar tomó parte en la revolución de Dolores, fue amigo y compañero de Allende, y por él y por sus ideas políticas, se afilió entre los conspiradores de Querétaro. Nació en San Miguel el Grande por los años de 1769 a 1772, y pertenecía a una familia acomodada de la localidad, emparentada con otras de Querétaro y Guanajuato; se dedicó a la carrera de las armas y llegó a capitán del Regimiento de la Reina, donde lo encontraron los sucesos de 1809; tomó parte en la conspiración de Valladolid y luego en la de Querétaro, a donde concurría con frecuencia y pasaba en la casa de su hermano político, don José Ignacio Villaseñor y Cervantes, Regidor perpetuo, que era uno de los comprometidos. Estaba, como los demás, en el secreto de que la revolución debía estallar el 1 de octubre de 1810, y en enre tanto que llegaba esa fecha, procuraba reclutar gente para la revolución.

Una ya añeja vista de San Miguel el Grande, ahora de Allende, fotografía de don Alfonso Sereno.

Se encontraba en San Miguel, lugar de la residencia del Escuadrón que mandaba, cuando recibió en la mañana del día 15 el aviso que la corregidora enviaba con el alcaide Igancio Pérez, de que la conspiración estaba descubierta; comprendiendo Aldama la gravedad de la noticia, y no teniendo con quien consultar, pues Allende no estaba en la población, se dirigió a Dolores, a donde llegó ya entrada la noche, inmediatamente habló con aquél y luego fue introducido a la recámara, donde ya estaba recogido el Párroco; enterado éste de lo ocurrido en Querétaro, comenzó a vestirse profiriendo la célebre frase: "Somos perdidos, señores, aquí n hay más recursos que ir a coger gachupines". Aldama pretendió hacer algunas observaciones a Hidalgo para conseguir que desistiese de la tan extrema resolución, pero ni tuvo tiempo de hacerlas, pues aquél llamó mandar a su hermano de padre, don Mariano; a don José Santos Villa y a los serenos, y salió con rumbo a la cárcel para poner en libertad a los presos. La revolución había comenzado.

Aldama, en unión de Allende prendió a los españoles Rincón y Cortina; y horas después salió para San Miguel con el puñado de hombres que se había reunido; allí recibió el encargo de cuidar de la seguridad de los españoles presos, a cuyo objeto destinó parte del Regimiento de la Reina, del que era capitán; y que se reunió en la villa a los sublevados. En Celaya manifestó francamente a Hidalgo el disgusto que le causaba el sistema que empezaba a observarse, de entregar al saqueo ls casas de los españoles, a lo que el cura contestó que el no sabía otro modo de hacerse de partidarios, y que si Aldama lo tenía, se lo propusiese. Desde entonces quedó disgustado, pero ya era tarde para retrarse de la revolución, y su cabeza, así como la de sus compañeros había sido puesta a precio.

Casa de la familia Aldama en San Miguel el Grande.

Con el grado de mariscal que se le dio en la promoción de Celaya, siguió en el ejército, pero poco es lo que se sabe que hizo; en Guanajuato no mandó el ataque de Granaditas, y días después, el 3 de octubre, salió por el camino de la sierra, en obsrvación de los movimientos de Calleja; recorrió buen trecho de la provincia, llegó a San Felipe, y cuando se convenció de que este general aun no movía su ejército, regresó a San Miguel, engrosó sus ferzas y siguió el camino de Celaya y Acámbaro, yendo a reunirse con el ejército en Indaparapeo; en su tránsito recibió en calidad de prisioneros a los coroneles García Conde y Rúl, y al intendente Merino, que iban comisionados por el virrey Venegas a poner Valladolid en estado de defensa; los retuvo a su lado hasta la llegada a esa población, y evitó que se les diese mal trato. Aldama, que entró con el grueso del ejército el 17 de octubre, no tomó parte en ninguna de las disposiciones dadas para la aprehensión de los europeos y confiscación de sus bienes.

Una escena del que fuera el típico y apacible pueblo de San Miguel de Allende...

En Acámbaro recibió el empleo de Teniente general, que le fue discernido en la promoción habida allí, y con tal carácter asistió a la Batalla de las Cruces donde tuvo a sus órdenes todas las fuerzas que desde San Miguel le obedecían; fue uno de los que más disgustos manifestaron por la retirada de México, y en Aculco se vio obligado a abandonar su familia, que se le había reunido y que ningún insulto sufrió, gracias a que el coronel García Conde supo corresponder al buen trato que había recibido de Aldama. Este acompañó a Allende a Guanajuato donde se ignora lo que hiciera por defender la ciudad, y a Guadalajara, donde se ocupó de reunir elementos; parece que en el Puente de Calderón tuvo el mando de una de las alas del ejército independiente y se retiró cuando vio la batalla perdida. Reunido a Allende, Arias y Jiménez, acordaron los cuatro quitar el mando a Hidalgo, como lo verificaron en la Hacienda del Pabellón, y en Zacatecas, viendo que era indefendible la ciudad, resolvieron dirigirse al Saltillo, de donde continuaron para los Estados Unidos.

Inconfundible, la Parroquia de San Miguel, en San Miguel el Grande.

Aldama, que era el de más edad y más sensato entre los caudillos militares insurgentes, consideró que su causa estaba perdida y, en consecuencia, fue de los que más calurosamente apoyaron el proyecto de emigración, y consiguió que su hermano, el licenciado don Ignacio fuese nombrado Plenipotenciario en aquella nación y que se adelantase al ejército; al mismo tiempo hizo que Jiménez preparase alojamientos y subsistencias en todo el camino, y dio muestras de gran actividad. Nunca creyó, como tampoco lo creyeron los demás jefes, que la traición los asechace en su ruta y contaba llegar a la frontera sin novedad siendo difícil decir lo que hubiera sucedido después, pues es probable que el gobierno de Filadelfia se desentendiese de sus demandas de auxilio y que cuando mucho, nada más le permitiese hacerse de armas y municiones, vendiéndoselas muy caras.

Aldama, como todos sus compañeros, cayó preso en Acatita de Baján y fue llevado a Chihuahua, donde rápidamente se le formó causa; aunque no se le podía probar que se había portado cruelmente, bastaba el hecho de que siendo militar se había sublevado para que se le condenase a muerte; además, su cabeza estaba pregonada y valía diez mil pesos. Condenándolo a la última pena no pudo ni escribir a su familia, y recibió la muerte en unión de Allende, Jiménez y Santa María, el 26 de junio de 1811. Su cabeza fue una de las destinadas a un ángulo de Granaditas.

Fuentes:

Villaseñor y Villaseñor, Alejandro. Biografías de los héroes y caudillos de la Independencia. Editorial Jus, México, 1962.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Don Luis Malo, otro de los personajes no tan conocidos de la Insurgencia

La zona norte del Bajío, cuna de la Independencia, con su característico paisaje de nopales y cactus. Foto de 1954 de don Alfonso Sereno.

"Fue este de los primitivos conspiradores de San Miguel, y estaba, por lo mismo, al tanto de los preparativos para la revolución. Nativo de la comarca de San Miguel el Grande, vivía en la hacienda de la Erre, en donde vivía largas temporadas, y otras en la población; asistía a las juntas que se celebraban en la casa de don Domingo Allende, y había contribuído con algunos fondos para los pequeños gastos que se habían hecho. Ignorntes de las denuncias que hubo, le sorprendió ver llegar el 16 de septiembre a los primeros jefes, acompañados de algunos centenares de hombres, y saber que ya había dado principio la revolución de Independencia. Ordenó que se les sirviese la comida allí, y como una vez terminada ésta manifestase Hidalgo su resolución de seguiradelante, Malo no tuvo inconveniente en seguir las banderas insurgentes como se había comprometido y emprendió con los demás, el camino de San Miguel. Antes de esto consiguió que el español, dependiente de su hacienda, apellidado Peniche, no fuese llevado preso; Allende consintió en dejarlo libre, con la condición de que fuese a San Miguel el Grande a conseguir que el comandante Camúñez no adoptse una actitud hostil contra los Insurgentes.

La Casa de los Conspiradores en San Miguel Allende, fotografía tomada de la Revista México en las Artes, No. 122, 1969.

"Malo siguió al ejército a Valladolid y a las Cruces, y en la acción de ese nombre estuvo a las inmediatas ordenes de Jiménez, con el grado de teniente coronel, que le había sido conferido en Celaya; mandó, con Aldama, la columna que flanqueó las posiciones de Trujillo mientras Allende atacaba de frente. Estuvo en Aculco y acompañó a los generales a Guanajuato a la defensa de cuya plaza contribuyó; y se retiró con ellos a San Felipe y a Ojuelos; allí fue designado para que en unión a Carrasco y de Mireles, que desde Dolores estaban en el ejército, sirviesen a las órdenes del mariscal Jiménez en la campaña del norte, que iba a emprender.

Sirvió bien durante toda ella, que se señaló de las demás por la ausencia de exacciones, matanzas, etc., que había en las otras; entró en el Saltillo y regresó a esperar a los caudillos a Matehuala, no volviendose a separar de ellos hasta llegar a Acatita de Baján. Cayó prisionero, pero su menor graduación hizo que no fuese enviado a Chihuahua, sino que quedase en Monclova cuando se procedió a separarse los prisioneros y se recurrió al artificio de decirles que los que eran militares lo manifestasen para que fuesen empleados en la instrucción de la tropa.


Fotografía de don Alfonso Sereno de la Hacienda de la Erre, así como lucía en los años cincuenta, en la actualidad está totalmente en ruinas.

"Fue fusilado en Monclova en compañía de Mascareñas, en los últimos días de marzo de 1811, casi sin formación de causa. A este insurgente no lo menciona ni Alamán ni Bustamante ni otros historiadores que han copiado a aquellos, y únicamente lo cita Liceaga, y su nombre se ve en la lista de los que fueron hechos prisioneros en Baján y en algún otro documento".

Fuente:

Villaseñor y Villaseñor, Alejandro. Biografías de los héroes y caudillos de la Independencia. Editorial Jus. México, 1962.

jueves, 16 de diciembre de 2010

La razón de los hechos de Hacienda de San Blas del Pabellón

Lo escrito por el primero de los biógrafos de Ignacio Allende, originario también de San Miguel el Grande, Benito A. Arteaga, nos dará una visión más de las razones por las cuales don Miguel Hidalgo fue destituído del cargo que ostentaba desde hacía cuatro meses. "En efecto, deshecho en absoluta dispersión, aquél grande ejército de la Independencia, que seguramente alcanzaba a cien mil hombres: ocupadas las ciudades principales y demás recursos por las tropas realistas; ensoberbecidas éstas y sus jefes con sus repetidas victorias; cada día más pujante el gobierno virreinal con éstos antecedentes y el poderoso apoyo que le prestaban el clero alto que sojuzgaba las conciencias en contra de la insurrección y su crecido número de acaudalados, que en propio sentido prodigan su dinero; el desaliento que habían causado las horribles matanzas que habían tenido lugar en tan poco tiempo, pues en menos de tres meses habían muerto por la libertad cerca de treinta mil mexicanos, la pésima conducta que observaban varios guerrilleros insurgentes, como Villagrán en la sierra de Calpulalpan, Herrera en la provincia de Potosí, y otros, desacreditando los principios que proclamaban: las continuas prisiones, los repetidos fusilamientos y el choque abierto y casi irreconciliable en que estaban los primeros caudillos de la insurrección, todo presagiaba que si no era un imposible hacer la Independencia, era preciso, sí, emplazarla para otra época, y persuadía la necesidad de adoptar otra táctica y otros medios para proseguir en la demanda.

En estos términos lo comprendió Allende y por lo tanto juzgó que era llegado el caso de poner en ejecución el plan que desde un principio se había propuesto, esto es, de retirarse a los Estados Unidos, para recabar de aquella nación, si fuere dable, los recursos que necesitaba para el logro de sus fines, ya que en la suya la torpeza de unos, la traición de otros y la ingratitud de muchos se lo agotaban. En consecuencia de ésta resolución y de acuerdo siempre con sus inseparables amigos y paisanos de don Juan Aldama, don Luis Malo y en unión de otros jefes se dirigió a la ciudad de Zacatecas, teniendo presente que este punto, a la vez que se hallaba en el propio camino que intentaba seguir, podía proporcionarle el dinero y las tropas que necesitaba para su expedición, y además, la circunstancia de reunirse con don Mariano Jiménez quién, como hemos visto, había sido comisionado en Guadalajara para que fuese a proteger los movimientos que por aquellos rumbos había en favor de la Independencia, lo cual desempeñó perefectamente, debido a su actividad, a sus conocimientos militares y a la libertad de que disfrutaba en sus operaciones, pues en muy poco tiempo batió y venció a don Ambrosio Cordero, en el paraje nombrado Agua Nueva, cerca de Saltillo, y a don Manuel Ochoa, en el Puerto del Carnero; pero Hidalgo, con una multitud de oficiales de alta graduación y alguna tropa, había tomado la misma dirección, reuniéndose poco después en la ciudad de Aguas Muertas con Iriarte, que podía disponer aun de mil y quinientos hombres, con los que ambos marcharon también para Zacatecas, y por esta causa pudo alcanzarlos antes Allende en la Hacienda del Pabellón.

Tal vez sin este incidente, Hidalgo y Allende no hubieran vuelto a verse jamás, y al cabo de algún tiempo habría sido en situación muy diferente, porque por fin Allende había tomado su partido sin contar con Hidalgo; pero éste, según lo oímos decir a algunas personas de ésta ciudad que pudieron tener noticia de semejantes sucesos, cuales fueron don José María Núñez de la Torre, don Hermenegildo Franco y otros que por desgracia han muerto ya; propuso en una junta de generales que se hizo en dicha hacienda, promovida por el propio Hidalgo, reunir de nuevo el ejército y ocupar a Querétaro, donde, en su concepto, se le podría resistir a Calleja o a cualquiera otro jefe realista, en tanto que se generalizaba la insurrección y de este modo se facilitase su triunfo sin perjuicio de mandar nueva comisión, por haber sido hecho prisionero Letona y dádose la muerte asimismo en el pueblo de Molango en la Huasteca; y esto no solo no fuera conforme las ideas de Allende, sino que antes bien lo indignara hasta el extremo, recordando que las batallas de Aculco, de Guanajuato y de Calderón, la más importante de todas, por sus resultados, se habían perdido por el capricho, por la omisión y por la vanidad de Hidalgo, se originó entre ambos una disputa tal, que dio por resultado su rompimiento absoluto y la notificación formal que le hizo Allende a Hidalgo, que desde aquel propio instante quedaba depuesto del mando supremo que había ejercido así en lo militar como en lo político, por sólo un acto deferencia suya y falsamente entendido de que por su talento, por sus luces y por su experiencia había de haber sabido dirigir mejor que él aquel vasto y complicado plan de insurrección que se le confiara, y, por último, que volviendo a ocupar su antigua posición de primer caudillo de la Indpendencia no deberían ser ya obedecidas otras órdenes que las suyas.

Los que estaban presentes, reconociendo la justicia y necesidad de aquél procedimiento, protestaron a Allende su entera subordinación, y en consecuencia se le reconoció igualmente por Generalísimo de las Tropas Independientes, con cuyo carácter invitó aun a Hidalgo para que siguiera acompañándolo, no sólo porque separado quedaba en inminente peligro de caer en manos de los enemigos, sino porque a la naturaleza de la empresa convenía la presencia de su persona en el ejército; en lo que convino Hidalgo, sin haber hecho observaciones de ninguna clase. De este modo terminó el choque de los primeros héroes de la patria, necesario a lo que parece en aquellas aciagas circunstancias (y cuyo peso no se conoce hoy suficientemente porque ya pasaron); pero por desgracia crió, digámoslo así, entre los espíritus de partido de los gobernantes que les sucedieron, éste germen de división, que aun lograda la Independencia ha mantenido a la nación en perpetuas convulciones. ¡Quiera el cielo, puesto que todavía es tiempo, que los mexicanos aleccionados por una larga y dolorosa experiencia, hagan olvidar con su conducta los desaciertos de sus caudillos, y sólo aspiren a disfrutar de la libertad y de la paz que conquistaron ellos con las armas y con su sangre sellaron!

Fuente:
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Arteaga A. Benito. Rasgos biográficos de don Ignacio Allende. San Miguel de Allende, año de 1852. (Edición Conmemorativa por el Gobierno del Estado de Guanajuato, 2003.)

miércoles, 15 de diciembre de 2010

La Hacienda de San Blas del Pabellón

En esta fotografía que data de 1909 podemos apreciar cual era el estado de la Hacienda del Pabellón, vemos a la gente con esos característicos sombreros que se usaron a finales del siglo XIX y principios del XX, y también como se mantenía la cenfa de color azul y palo de rosa que decoraba todo el frente de la Casa Grande.

Luego, para 1960, fue colocada la Cabeza de Águila como parte del programa de la Ruta de Hidalgo 1801-1811; recordándonos así del importantísimo acontecimiento sucedido en la Hacienda, cuando Allende y los demás Capitanes, deciden quitarle el mando a Hidalgo, el cual, desde ese momento se convirtió, en buena medida, en rehén de sus propios compañeros, todo esto debido a su comportamiento nada heterodoxo.

Al entrar en la hacienda encontramos un mapa del estado de Aguascalientes hecho en azulejos en donde se marca la Ruta de Hidalgo, según la información con que se contaba en ese entonces, 1964, cuando fue colocado. Es un trabajo del maestro Miguel Romo González.

La puerta de entrada a la Hacienda conserva ese claro característico, en la parte alta, el cual se dejaba para que el hacendado, el "Amo", entrara en su caballo, sin necesidad de bajarse de su cabalgadura.

Fue en octubre de 1964, cuando gobernaba el estado de Aguascalientes el Prof. Enrique Olivares Santana y el país don Adolfo López Mateos, que la Hacienda del Pabellón fue rescatada, creando así el Museo de la Insurgencia.

Y fue ahora, en el año del Bicentenario y que la UNESCO nombró a éste lugar como Patrimonio de la Humanidad, dentro del título otrogado al Camino Real de Tierra Adentro, que la Hacienda fue nuevamente rescatada, difnificada. Ahora nos ofrece una visión más exacta de cuan espeléndida fue en sus años de mayor producción.

Hace cien años, con motivo de las Fiestas del Centenario, el gobierno central de Porfirio Díaz, mandó colocar placas de mármol en los lugares más emblemáticos por lo que fue el paso del cura Hidalgo.

Fue en esta sala donde se hizo la junta de Capitanes en donde don Miguel Hidalgo es notificado de que no tiene más a su cargo el mando del ejército Insurgente. En la actualidad exhibe objetos propios de la hacienda, de finales del siglo XIX.

Estupendo es el trabajo de rescate logrado en tan emblemático edificio.

Se mantuvieron los colores originales y se creó un jardín botánico especializado en las cactáceas de la zona norte del estado de Aguascalientes.

Un bello lugar es la Hacienda del Pabellón, recinto del Museo de la Insurgencia.

Dentro del programa de rescate se incluyó la dignificación del templo de San Blas, el cual contiene verdaderos tesoros en su interior.

Al fondo, como marco espléndido de la naturaleza vemos estos paredones los cuales se integran a la perfección al diseño de la Hacienda del Pabellón.

martes, 14 de diciembre de 2010

La versión de Castillo Ledón del paso de Hidalgo por Aguascalientes


Una vez en Aguascalientes, aunque los recursos de esta villa de sólo trece mil habitantes, eran bien escasos, se trató de reforzar el maltrecho ejército, mermado más que por las bajas cruentas, por las inevitables deserciones. Reconcentráronse, sin embargo, algunas bandas dispersas que iban en busca de sus jefes, y el refuerzo mayor lo dió Iriarte, que encontrándose allí con dos mil hombres, se unió con ellos y con los caudales sacados de San Luis, los que agregados a una cantidad más fuerte salvada por Rayón, con grave riesgo de su vida, en el mismo campo de batalla de Calderón, dieron la suma de quinientos mil pesos. Poco o nada tuvo que ver en estos arreglos Allende, profundamente disgustado por el último desastre y porque el torero Marroquín, enterado de que trataba de eliminar a Hidalgo por cualquier medio, había venido amenazándole de muerte en el camino, lo que le hizo mantenerse en gran retraimiento.

Aldama volvió a incorporarse allí, al cabo de una inexplicable ausencia de tres meses, pasada tal vez en sus tierras nativas , y lejos de ocuparse de los problemas presentes y futuros, su primer acto es ponerse de acuerdo con el padre Balleza para fugarse los dos en momento oportuno.

Salió Hidalgo en compañía de Iriarte y su gente con destino a Zacatecas, por el camino de Rincón de Romos, y apenas llegado a la hacienda de Pabellón, diéronle alcance Allende y los otros jefes, confabulados ya para arrancar al Cura el mando supremo de la revolución. En la sala principal de la casa de la hacienda, se congregan los jefes todos, a efecto, no de proponer y discutir ese plan, sino de imponerlo; de arrebatar al Cura y Caudillo, por la fuerza, la investidura que se le había concedido desde las juntas secretas de San Miguel el Grande y Querétaro, confirmándosele en Celaya y Acámbaro; pero que sobre todo la tenía bien adquirida por su acto decidido y valeroso de la madrugada del 16 de septiembre de 1810. La disputa, que no fué otra cosa, duró bien poco, culminando en amenazas personales de Allende, de Arias, Arroyo, Casas y otros jefes, aun de quitarle la vida si no renunciaba al mando en favor del primero de ellos.

Rayón fué más razonable defendiendo a Hidalgo y propuso que el mando se dividiese en político y militar, para que el Cura quedase con el primero. Accedió al fin éste, de manera verbal, sin ninguna otra formalidad, aunque quedando sobreentendido de que seguiría simulando ser el Generalísimo, a fin de que infundiese fe y confianza en la causa por medio de su presencia, y de que había orden de matarlo si llegara a intentar separarse del ejército, cosa que también se haría con Iriarte y Abasolo, lo que quería decir que se le consideraba al Cura como el alma de la revolución y el único que podía ejercer un poderoso influjo en las masas.

Se le culpaba de las derrotas sufridas, especialmente de la última, que de haberse resuelto en victoria habría permitido la recuperación de Guanajuato, la ocupación de Querétaro y un nuevo ataque a México, coronado de éxito, que tal vez hubiese conducido a un rápido y definitivo triunfo del movimiento, ya que casi todo el país se hallaba en poder de los insurgentes. No era él culpable de tales fracasos, puesto que si carecía de dotes militares, Allende había demostrado también, no poseerlas; tampoco se debían a falta de valor de las masas beligerantes, sino más bien a las condiciones y circunstancias en que éstas se encontraban.

En realidad lo que acababa de lograrse, era la consecución de las muy premeditadas intenciones de Allende, de quedarse con el mando militar, cosa a la que aspiró desde el primer momento, cuando horas después de la proclamación de la independencia, tuvo la primera disputa con Hidalgo en San Miguel el Grande. Conseguido al fin su propósito, ahora los acontecimientos dirían si estaba él en lo justo.

El ex gobernador nayarita, Luis Castillo Ledón, dibujo del periodista Salvador Pruneda.

Postergado el Cura y dueño Allende del poder, se continuó la marcha por la hacienda de San Pedro, Tlacotes y Guadalupe, hasta Zacatecas, acabando de salvar las veintisiete leguas que median desde Aguascalientes. Hidalgo no se detuvo en Zacatecas, sino que fué a alojarse al convento de Guadalupe, distante una legua, donde el guardián fray José María Sáenz lo alojó en una celda, llenándolo de atenciones . Hidalgo le solicitó le facilitase un religioso que los acompañara a las Provincias Internas, por el prestigio que los frailes tenían entre los bárbaros del Norte, pero el guardián, que era español, se lo negó.

Hasta aquí lo que escribió el nayarita Castillo Ledón, en donde no se hace mención a detalle de los lugares por donde pasó el cura Hidalgo luego de lo sucedido en la Hacienda de San Blas, será cosa de ir a caminar ese camino para recuperar la huellas que él fue dejando.

Fuente:

Castillo Ledón, Luis. Hidalg, la vida del héroe. Volúmen II. Comisión para la Celebración del 175 aniversario de la Independencia. México, 1985.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Hacienda de San Blas del Pabellón, municipio de Rincón de Romos, Aguascalientes. Cabeza número 149

El camino que conduce a la Hacienda de San Blas del Pabellón, así lucía a principios del siglo XX.

La crónica del profesor Topete del Valle asegura que el cura Hidalgo salió de San José de Gracia el 24 a las 5 de la mañana con el fin de llegar a Pabellón, arribando el propio día; Amaya dice que fue el 25, sea lo uno o lo otro, lo cierto es que, cuando el padre Hidalgo llegó a la Hacienda de San Blas del Pabellón, ya se enontraban allí Allende, Aldama, Jiménez, Iriarte, Arias, Rayón y demás jefes insurgentes, aunque otros aseguran que después llegó Allende.

Una vez reunidos todos en el antañoso caserón de la Hacienda se constituyen en asamblea, tomándose como recinto la amplia sala del señorial caserón, cuyos vestigios de su grandeza aun pueden apreciarse. Acto seguido se deja oír la voz tonante y airada de Allende, dirigida al párroco de Dolores, señalándole los graves errores cometidos en la campaña durante el tiempo que fungió como jefe supremo del movimiento de Independencia, puntualizándole: no haber aceptado la evacuación de Guadalajara, por lo que se le consideraba como el inmediato culpable de la derrota de Calderón.

Otro carrgo más fue el empeñarse en consentir que la masa del pueblo participara en los combates, quien, en lugar de reforzar a los combatientes veteranos, era la primera en sembrar el pánico y la indisciplina. También se le hacía responsable de la no ocupación de la capital del reino, así como de las derrotas sufridas en Guanajuato, Aculco, etc., etc., Todos hablaron con la emoción y sinceridad que la situación del momento imponía.

El párroco de Dolores, hombre de profunda penetración psicológica pensó en esos instantes que bastaba una sola expresión favorable a su persona para provocar sangrienta contienda ahí mismo, entre ellos y, hasta, posiblemente su muerte, lo cual hubiera aprovechado el gobierno virreinal, por lo que optó por guardar silencio y aceptar los cargos que se le imputaban, así como dejar el mando supremo del movimiento. Después de todas las discusiones habidas, la reunión culminó como era de esperarse con la separación del mando que había ostentado hasta ese momento el padre Hidalgo, quedando depositado en Allende, mando que le fue ratificado posteriormente en Saltillo. Así terminó la reunión de los jefes de la insurgencia en la histórica hacienda de San Blas del Pabellón conviniendo todos en continuar la marcha por la tarde rumbo al norte y simular ante la tropa y el pueblo que el cura Hidalgo seguía siendo el alma del movimiento libertario, por ser el único que podía ejercer influjo podroso en el sentimiento de las masas.

El párroco de Dolores depués de la reunión caminó por la plaza, largos momentos, platicando de cuando en cuando con grupos que se acercaban a él para saludarlo, dejando en ellos, la impresión de que su conversación era amable, amena, bondadosa y dulce, así llegó la tarde cuando principiaron a salir pequeños contingentes prosiguiendo el desplazamiento al día siguiente con el grueso de las fuerzas, ya bastante mermadas, en virtud de que Allende había dispuesto la selección de las fuerzas por razones de la táctica militar.

En tanto que esto pasaba en la Hacienda de Pabellón el teniente general Mariano Jiménez, ex estudiante de minería del Colegio de Guanajuato, que operaba en Coahuila, obtenía un gran triunfo después de reñido combate, derrotando en Carneros y Agua Nueva, al teniente coronel Ochoa y a Cordero, quien fue entregado al propio Jiménez por sus mismos soldados. Esta victoria obligó al gobierno del Nuevo Reino de León, a declararse en favor del movimiento de Independencia, lo que también secundó el territorio de Texas.

Los triunfos anteriores fueron opacados en gran parte con las derrotas sufridas por los Insurgentes en San Blas, Tepic, Aculco, Guanajuato y Calderón, motivo por el cual algunos criollos organizaron una contra revolución, declarándose nuevamente bajo el dominio de la autoridad virreinal, lo que dio motivo a la aprehensión del mariscal de campo, licenciado Ignacio Aldama, en Béxar, cuando se dirigía a los Estados Unidos del Norte, en comisión diplomática.

Entre los miembros de la contra revolución figuraba Francisco Ignacio Elizondo, capitan de compañías presidiales en esa región, quien se apoderó de Monclova, aprehendiendo a las autoridades que Jiménez designó después de los triunfos alcanzados en Agua Nueva.

Al cura Hidalgo, ya despojado del mando supremo continúa su marcha en unión de Allende y demás jefes Insurgentes con rumbo a Zacatecas. A temprana hora del día siguiente el grueso de las fuerzas inician su salida llevando como guía a don José Antonio Torres, conocido como El Amo Torres, recorren, según T. Vela Salas:

Arámbula,
Ojo de Agua,
Rincón de Romos,
Escalera,
Cerro Blanco,
Las Rosas,
Laguna de Piedras y
Chiquihuitillo.

Entra nuevamente al estado de Zacatecas por Tierra Colorada hasta pasar por la Hacienda de San Pedro Piedra Gorda.

Todo el texto anterior lo tomé del libro del profesor Felipe Jiménez de la Rosa, Ruta de Hidalgo 1810-1811 publicado en la ciudad de México por la casa Lápiz y Papel de México en 1960, como contribución del autor a los festejos del Sesquicentenario. Cabrá mencionar que las fotos de éste artículo no corresponden, en lo mínimo, al estado de Aguascalientes, las he incluído para darle imágen visual solamente. La cámara me fue robada en Zacatecas con todas las fotografías, estupendas, por cierto, que había logrado a lo largo de la geografía hidrocálida, si me es posible regresar y adquirir una cámara fotográfica, incluiré algunos artículos para mostrar lo que son estos lugares en la actualidad.

Las fotos que aquí aparecen fueron tomadas así:

1.- Hasta monumental en la entrada norte de Jilotepec, Estado de México.
2.- Uno de los varios puentes que existen en Tepeji del Río, Hidalgo.
3.- Monumento a Miguel Hidalgo en la autopista México-Querétaro
4.- Antorcha simbólica del Bicentenario en Morelia, Michoacán
5.- Estatua ecuestre de José María Morelos en Morelia, Michoacán.