viernes, 13 de abril de 2018

El Acta de la villa de Salamanca: El rechazo a la Constitución de Apatzingán

   Fue en Apatzingán que se emitió la Constitución de 1814, oficialmente nombrado como Decreto Constitucional para la libertad de la América Mexicana y en algún momento se hizo jurar por los ayuntamientos de distintas poblaciones, entre ellas la villa de Salamanca y al no haber sido el Ayuntamiento precisamente, sino un grupo de rebeldes, en una sesión de cabildo se anula tal juramento tachado de inmoral y más calificativos que veremos a continuación:

  En la villa de Salamanca a dos de agosto de 1815: el muy ilustre cabildo, justicia y regimiento, compuesto de los Sres. Presidente Teniente Coronel D. Manuel de Yruela Zamora, comandante militar y político de ella y su jurisdicción, Regidores D. Vicente Martínez de Parra, Alcalde Ordinario de segundo voto en turno, alguacil mayor D. José Tomás Machuca y D. Plácido Soldevilla, con asistencia de D. José Bernardo Barriga, procurador general provisionalmente nombrado por ausencia del propietario, estando juntos y congregados en la sala capitular de sus acuerdos, presente asimismo el señor cura párroco de éste partido, Dr. D. José María Cenón, y los vecinos principales así eclesiásticos como militares y seglares para dar cumplimiento al superior bando publicado en la Corte de México a 24 de mayo del corriente año, se hizo a todos presente, y siendo exhortados a que manifestasen sus sentir sobre la insolente y execrable constitución firmada por once rebeldes, que aseguran ser depositarios de la voluntad general de las provincias de este reino, dijeron: que no han dado jamás sus poderes ni directa ni indirectamente a los pérfidos, obstinados rebeldes, cuya temeraria y muy atrevida constitución, no menos que sus infames, escandalosos, sacrílegos papeles, contrarios en un todo a las sagradas protestas que intentan osadamente destruir, han visto con horror y con la más justa indignación, admirando los criminales excesos a que se han llegado los pérfidos desnaturalizados rebeldes, que han sido y serán por todos los siglos el objeto de execración y del horror aun de las más incultas generaciones. y no pudiendo reprimir los leales sentimientos de su alma, explicaron con el mayor entusiasmo y con las más sensibles demostraciones su constante fidelidad a nuestro augusto y muy amado soberano el Sr. D. Fernando VII (Q.D.G) en cuya defensa protestaron derramar hasta la última gota de su sangre, con la cual hicieran lavar el negro horror que han echado los siempre detestables traidores sobre esta América Septentrional, ejemplar purísimo de fidelidad con el dilatado espacio de casi trescientos años. Últimamente dijeron que todo cuanto han expuesto lo aseguran bajo la sagrada religión del juramento. En cuyo testimonio lo firmaron conmigo considerando que los individuos que actualmente hay en este muy ilustre ayuntamiento y el citado señor cura párroco con su clero, haciendo lo que yo por mi y nombre de la oficialidad y vecinos de esta villa, actuando por receptoría con dos testigos de asistencia aceptados y jurados en forma a falta de escribano público o real que no lo hay en los términos prevenidos por decreto. De todo doy fe.

Manuel de Yruela Zamora, Vicente Martínez de Parra, José Tomás Machuca, Plácido Soldevilla, José Bernardo Barriga, Dr. José María Cenón, Br. Ignacio Muñoz Ahumada, Br. Francisco Pablo Castañeda. Lic. Manuel Procopio Alvis. De asistencia: José María Alvarado y José Vicente Texeda.

Fuente:

Gaceta del Gobierno de México. Sábado 13 de enero de 1816, Tomo VII, No. 848, pp. 46-47

martes, 10 de abril de 2018

La situación de México en vísperas del inicio de la Guerra de Independencia

   El maestro Silvio Zavala nos hace ver con claridad en apenas pocas cuartillas, cual era el estado que guardaba la Nueva España poco antes de comenzar el movimiento de insurrección, al ver la parte económica, industrial y comercial, no podemos más que sorprendernos, razón por la cual comparto el texto. Aclaro que las imágenes corresponden a otra fuente, la de Lorenzo Zavala, también yucateco, quizá sean parientes.

   El clero poseía en Nueva España fuertes capitales impuestos sobre propiedades rústicas. No era acreedor exigente: asegurado el dinero mediante hipotecas, aguardaba pacientemente el hundimiento total del propietario o su restablecimiento económico. La iglesia se había convertido, de este modo, en la fuente principal del crédito agrícola. El Estado español se encontraba en grave situación hacendaria y calculó que podría obtener del capital eclesiástico americano 44 millones de pesos. El decreto de 26 de diciembre de 1804 ordenó el establecimiento de cajas de consolidación y la venta de las fincas de crédito vencido. Los valores se depreciaron y surgieron protestas de los labradores y comerciantes de Valladolid en Michoacán y del tribunal de minería. El virrey Iturrigaray ejecuto la ley y sus sucesores la suspendieron por decreto de 26 de octubre de 1808. 

   La agricultura mexicana producía azúcar en ingenios trabajados en mayoría por hombres libres, a diferencia de la economía esclavista de las Antillas. En 1803 la explotación fue de 500 mil arrobas. La cochinilla constituía otro cultivo afortunado: por el puerto de Veracruz se enviaba anualmente a Europa cerca de 50 mil arrobas, que valían más de tres millones de pesos. Los cereales, raíces nutritivas y el maguey, eran otros ramos atendidos. Con el trigo y el maíz la producción anual, de acuerdo a los promedios de los diezmos, ascendía a 22 o 24 millones de pesos. Según veremos más después, la porción exportada no era el factor principal de la balanza comercial. El régimen español no había distribuido las tierras convenientemente; en la revolución de independencia y en las subsecuentes de México los campesinos participaron con entusiasmo.

   En la minería descansaba la capacidad de compra de la Nueva España y era la fuente principal de los impuestos. Producía anualmente 23 millones de pesos. La circulación del numerario en la Colonia se calculaba en 55 millones. De Almadén y de Idrija se importaban hasta 16 mil quintales de azogue para beneficiar la plata. Las guerras de la metrópoli entorpecían el abastecimiento de este ingrediente y desequilibraban la producción minera. El reparto del azogue constituía un medio de enriquecimiento y de favoritismo para los virreyes. La famosa mina de la Valenciana en Guanajuato empleaba tres mil obreros. En treinta mil se calculaban los trabajadores mineros de todo el país, dos tercios por ciento de la población total; la zona de Guanajuato, foco principal de la revolución de Hidalgo, producía diariamente 11 370 quintales de plata y empleaba 14 618 mulas. Debe tenerse en cuenta que la Colonia importaba mercancías de Europa por valor de veinte millones de pesos y solo exportaba productos por valor de seis; el déficit de 14 millones y los que anualmente se enviaban fuera de la colonia, según veremos detalladamente al hablar de la hacienda pública, se compensaban con la producción metálica. Esta fundaba el convencimiento europeo acerca de la riqueza de México.

  La industria era de menor importancia. En Querétaro funcionaban veinte obrajes y trescientos telares, que consumían 46 000 arrobas de lana y producían 6 000 piezas de paño, valuadas en 600 000 pesos. En la misma ciudad se empleaban 200 000 libras de algodón. A juicio de un observador inteligente de la época, el atraso de los telares mexicanos dependía de la falta de máquinas sencillas para despepitar el algodón y del lamentable estado de los operarios, encerrados en “unas inmundas cárceles tan contrarias a la saludo, como a la perfección del tejido y de los colores”. En Puebla había 1 200 tejedores; los productos valían cerca de millón y medio de pesos. En la Intendencia de Guadalajara se fabricaban telas de algodón y lana por una cantidad semejante. Los géneros eran bastos. El rendimiento total de la industria mexicana se calculaba en siete u ocho millones de pesos.

 Los artículos de exportación comercial se reducían a: plata, oro, grana, añil, harina, cueros, azúcar y vainilla; los de importación a: vino, papel, canela, azafrán, hierro, acero y ropas. Los efectos introducidos de España valían 11 539 219 pesos y del extranjero 8 851 640. En 1802 llegaron a Veracruz 558 buques. El comercio de Acapulco, principal puerto del Pacífico, se elevaba a millón y medio de pesos. El sistema comercial del monopolio se hallaba debilitado por las concesiones legales de los Borbones y por el contrabando. De acuerdo con la Real orden de 18 de noviembre de 1797, que autorizó la introducción de efectos de propiedad española bajo pabellón neutral, frecuentaron Veracruz muchos barcos procedentes de Jamaica. Durante el gobierno de Iturrigaray se negociaron permisos para comerciar con Nueva Orleáns. Él, a su vez, introdujo fraudulentamente 170 bultos de mercancías, que le produjeron 119 125 pesos y al fisco un desfalco de 9 530 pesos.

  La libertad de comercio fue defendida por los diputados criollos en las Cortes españolas. Larrazábal decía: “Hasta ahora, señor, hemos vivido los españoles de ultramar en la opresión de no poder comerciar libre y directamente no con nuestros hermanos de Manila ni con los extranjeros… Deben, pues, abolirse todas estas leyes injustas para ultramar, útiles solamente para cuatro particulares.” Inglaterra no era ajena a la política contraria a las restricciones comerciales; Wellesley había ofrecido al gobierno español un empréstito a cambio del comercio libro con ultramar; en junio de 1818 España proponía a las potencias europeas la libertad de comercio si la ayudaban a pacificar América. El 22 de abril de 1811, en la esfera de las concesiones de carácter limitado, obtuvieron los ingleses el derecho de conducir a las colonias sus géneros finos de algodón, durante seis meses, que fueron prorrogados en enero de 1812, septiembre del mismo año y julio del siguiente.

   El valor de la recaudación de la Hacienda pública de México era de 20 075 261 pesos: 5 500 000 procedían de impuestos mineros, 3 500 000 del tabaco, 700 000 de la pólvora, 120 000 de naipes, 760 000 del pulque, 260 000 del estanco de la nieve, 45 000 de gallos, 3 000 000 de alcabalas, 1 057 715 de tributos personales de indos y castas, 500 000 de almojarifazgo, 2 700 000 de bulas, 100 000 de media anata y mesada eclesiástica. La recaudación era muy costosa. Los gastos importantes consistían en: situados ultramarinos para otras colonias de economía insuficiente 3 011 664, cobres para fundiciones de España 124 000, más 50 000 para la fábrica de artillería de Gimena, 50 000 para el encargado de negocios de la Corte en las Provincias Unidas, 4 090 688 destinados a gastos de justicia, administración, milicia y pensiones de Nueva España, 1 752 750 para necesidades extraordinarias y 6 899 830 para Europa.

  Los principales cargos de la magistratura civil eran ocupados por españoles; sólo en algunos ayuntamientos existía predominio criollo. La conducta poco honrada de los últimos virreyes rebajó la consideración del público. Entre el alto y el bajo clero la división era honda: en la guerra civil los sacerdotes humildes adoptaron el partido de la independencia y los prelados y la inquisición defendieron la causa española.

  El ejército se componía de 9 910 hombres de línea; la oficialidad había sido educada en las normas hispanas, especialmente a partir del año 1765, en que Carlos III envió 2 000 individuos de tropa, cuadros de jefes y oficiales, cinco mariscales y un teniente general. Las milicias provinciales ascendían a 21 218 unidades y las urbanas a 1 059. Del total de 32 196 hombres, eran infantes 16 200 y los demás de caballería, considerada excelente. Se destinaban anualmente a la tropa reglada 1 500 000 pesos, 300 000 a las milicias y 1 000 000 a los presidios. La guerra hispano-inglesa de 1804 originó medidas particulares de defensa: Iturrigaray, que gozaba fama de militar experto, visitó Veracruz y formó cantones de tropas en Jalapa, Córdoba y Orizaba. No consideraba defendible el puerto, lo que incomodó mucho a los comerciantes del mismo. Iturrigaray declaró en su causa que la Nueva España era inconquistable por franceses, ingleses y angloamericanos y aun por todos juntos, idea de independencia militar que contribuyó a la emancipación política del país. La oficialidad formada en los cantones desempeñó papel importante en la guerra civil.

   Medía Nueva España en 1804, 81 144 leguas cuadradas; su población era de 5 764 700 habitantes, o sea, 71 3/8 por legua cuadrada; en las Provincias Internas, norte del país, la densidad disminuía en relación con la de la meseta productora de cereales; las costas insalubres tampoco competían con ésta. Los europeos no excedían de 80 000; los mestizos, mulatos y castas en general, y menos de 10 000 negros. La desigualdad de las fortunas sorprendía a los viajeros: lujosos carruajes junto a hombres desnudos y hambrientos.

   La desunión era general: los españoles del consulado escribían que los criollos eran irreligiosos, hipócritas, dilapidadores, “nación enervada y holgazana”, los indios “tan brutos como al principio”, las castas ”tienen sus mismos vicios”. El criollo Mier equiparaba a los españoles de la Colonia, por sus injurias, con beduinos o malcriados hotentotes y afirmaba que no conocían más letras que las de cambio.

  El clero constaba de 9 a 10 000 individuos y con sus criados llegaba a la cifra de 15 000. Humboldt predijo que la población crecería cuando se neutralizaran las epidemias y carestía del maíz, y las ínfimas clases de los habitantes mejoraran en bienes, industria y comodidad.

  De los 11 026 habitantes de la capital, 10 760 eran seglares y 816 religiosos y estudiantes. El seminario instruía a 318 alumnos y el Colegio de San Ildefonso a un número igual. Por cada 100 habitantes de la ciudad había 49 criollos, dos españoles, 24 indios, seis mulatos y 19 de otras castas. La tirantez de las costumbres era exagerada: los amores del hijo de Iturrigaray con una cómica, la Chata Munguía, preocuparon a innumerables personas, algunas de rango eclesiástico.

  La Gaceta discurría en un tono mediocre. En materia de cultura las instituciones e ideas tradicionales comenzaban a remozarse por influencia del enciclopedismo, especialmente en botánica, mineralogía, bellas artes y otras direcciones que no implicaban perturbación política.

  La revolución criolla esbozó un programa destinado a reformar las bases del Estado colonial: democratización de la agricultura, libertad de comercio e industria, supresión de estancos y gravámenes hacendarios, libertad de los esclavos, supresión de tributos personales, acceso de los hijos del país a los altos empleos civiles, eclesiásticos y militares; en resumen, la revolución burguesa en un país señorial, minero, de variadas razas, castas y jerarquías, extenso y pobremente poblado. La abrumadora tarea esperaba a los incipientes parlamentos. El gobierno efectivo de los caudillos comprobaría que la constitución real del país, distaba mucho de la proyectada en los primeros momentos de la vida independiente, y que el programa revolucionario tropezaría con grandes dificultades para su realización. (1)

Fuentes:

1.- Zavala, Silvio. Apuntes de historia nacional, 1808-1974. FCE. México, 1990, pp. 11-15

2.- Zavala, Lorenzo. Ensayo histórico de las revoluciones de México desde 1808 hasta 1830. Edición facsimilar. FCE, México, 1985

domingo, 1 de abril de 2018

5 de febrero de 1812 en la Ciudad de México: la entrada de Calleja

   En este Bicentenario, del cual aun nos quedan cuatro años por conmemorar, han habido muchas fechas que pasaron desapercibidas o no fueron del todo difundidos sus recordatorios. Encuentro un dato más bien curioso, que escribe Lucas Alamán en su Historia de Méjico [con j], que relata la entrada triunfal que hace a la ciudad de México luego de la victoria obtenida en Zitácuaro días atrás. 

  "La batalla de Zitácuaro se libró el 2 de enero de 1812, en Zitácuaro, Michoacán. Las tropas realistas eran dirigidas por Félix María Calleja y el ejército insurgente por Ignacio López Rayón. El virrey Francisco Xavier Venegas ordenó la toma de Zitácuaro pues ahí se situaba la Suprema Junta Nacional Gubernativa, órgano director de la insurgencia. Durante la batalla, Ramón López Rayón perdió un ojo. Tras varias horas de combate, finalmente la ciudad cayó en manos de los realistas, poniendo en fuga a la Suprema Junta Nacional Gubernativa hacia Tlalchapa y Sultepec." (Wikipedia)

Puestos en contexto, veamos lo que escribe Alamán:

  Marchaba al frente Calleja con su estado mayor y una lúcida escolta, seguían por su orden los cuerpos, formando la cabeza de la columna los granaderos, en cuya primera fila se hacía notar D. Domingo Mioño, español, natural de Galicia, y avecindado en Colima, donde había gozado de comodidades, quien para dar ejemplo a sus paisanos de la decisión con que debían obrar en su propia defensa, servía como soldado, y nunca quiso ser más que el primer granadero de la Columna, como Latour d'Auvergne lo había sido en Francia de la república. Méjico presenciaba por la primera vez un espectáculo militar imponente; el concurso era inmenso y la gente veía con admiración aquellos soldados cuyas proezas había leído, y en especial aquellos cuerpos levantados por Calleja en S. Luis, que habían hecho de una manera tan bizarra la campaña, y a cuya aproximación había debido la capital un año antes, no haber sido devastada por la muchedumbre que Hidalgo condujo hasta las Cruces, estimulada por el deseo del pillaje y la desolación.

  Un accidente inopinado turbó la solemnidad de la entrada. Al pasar el general Calleja delante de la última casa de la primera calle de Plateros, junto al portal de Mercaderes, con los vivas y aplausos del pueblo, se alborotó el caballo que montaba el mariscal de campo D. Judas Tadeo Tornos, director de artillería, que iba al lado de Calleja, y parándose de manos dio con ellas en la cabeza de este, tirándole el sombrero y haciéndole caer en tierra, cuyo golpe fue bastante fuerte para que fuese menester llevarlo cargad o a la casa del platero Rodallega y ponerlo en cama por algún rato, hasta que un tanto repuesto, pudo ir en coche a presentarse al virrey a palacio. Los que se habían burlado del prodigio de las palmas de Zitácuaro, tuvieron ahora ocasión de contraponer agüero a agüero, teniendo por mal anuncio el que Calleja en medio de su triunfo, cayese con el mariscal Tornos, que también fue derribado del caballo, a los pies del altar de un santo mejicano, en el día de la fiesta de este y en la misma calle en donde este había ejercido el oficio de platero.

  El ejército desfiló delante del palacio, saludándole y aplaudiéndolo el virrey, que salió a los balcones para verlo pasar. Su fuerza en este día era de 2.150 infantes y 1.852 caballos, que daban el total de 5.982 hombres, número que parecer a muy corto, atendiendo a las grandes victorias que obtuvo sobre reuniones de gente, aunque indisciplinada, incomparablemente más numerosas; pero entonces se hacía mucho con poco, mientras que después la impericia de los que han mandado ha sido causa de que nada se haya hecho con mucho. Acompañaban al ejército mil quinientas cargas de víveres, cantidad de parque y la artillería tomada en Zitácuaro, todo lo cual hizo que tardase en entrar desde las doce y media hasta las cuatro de la tarde. Seguíanle porción de mujeres y estas llevaban consigo los despojos del saqueo de aquella villa. La plana mayor se presentó en seguida á cumplimentar al virrey, quien con ella y los empleados superiores y otros individuos que acostumbraban asistir a su corte, se trasladó a la catedral magníficamente iluminada. Recibiólo el cabildo eclesiástico y se cantó un solemne "Te Deum, "para dar gracias a Dios por las victorias obtenidas por aquel ejército.

  La tropa se alojó en los conventos, habiendo estado la víspera el virrey mismo en el de S. Agustín, destinado a la columna de granaderos, para cuidar de que se dispusiese aquel cuartel con toda comodidad. Calleja se hospedó en la casa del conde de Casa Rul, en la que fueron continuos los convites y obsequios, concurriendo a la mesa  los jefes del ejército y todas las personas distinguidas de la ciudad, y en ella se ensalzaron en los brindis en prosa y verso las victorias del ejército y las hazañas del general, cuyo mérito se calificó superior al de Fabio Máximo y otros capitanes de la antigüedad. Se hicieron en el teatro funciones en obsequio del ejército y su jefe, y cuando este se presentó en él, fueron grandes los aplausos y los vivas.

  Venegas concurrió la primera noche, y viendo que hacia un papel secundario y desairado, no volvió las siguientes. Debió desde entonces ver en Calleja un rival, y persuadirse que el favor popular estaba enteramente de parte de este. En obsequio del ejército, los panaderos que casi todos eran españoles, a quienes se pidieron a prorrata las raciones de pan necesarias, no quisieron cobrar cosa alguna en los días 5 y 6 de Febrero.

  La llegada del ejército a la capital venció la repugnancia del virrey para conceder premios á sus individuos. Calleja había instado repetidas veces, como en otros lugares hemos visto, y en especial después de la batalla de Calderón, sobre la "necesidad que en su concepto había, para reanimar el valor y entusiasmo del ejército, de conceder a la tropa y oficiales algún premio ó distinción, que les hiciese olvidar los riesgos a que se exponían, y apreciar su suerte", contrariando además la idea que los sediciosos esparcían, de que servían a un gobierno que ni estimaba ni recompensaba sus servicios.

  Irónico es imaginar que mientras en la casa del Conde Casa Rul se daban grandes fiestas, él permanecía al frente, en marzo, un mes luego de la entrada de Calleja a la ciudad de México, moría en el sitio de Cuautla.

Fuente

Alamán, Lucas. Historia de Méjico. Tomo II, Imprenta de J.M. Lara, México, 1850, pp. 474-479

domingo, 18 de marzo de 2018

El pozo de Hidalgo en San Miguel el Grande, Guanajuato

  Estamos en San Miguel de Allende y estamos topando con algo de lo que nunca antes había oído, la existencia de un pozo en el que... de acuerdo a la leyenda [más que a la historia], el Padre de la Patria sacó agua de un pozo [o alguien lo hizo por él] y bebió refrescante agua.

 La placa dice [cuál historia romántica] que don Miguel Hidalgo acampó en este lugar, de ahí que el abastecimiento de agua haya sido en el pozo. Hasta ahí vamos bien con el romanticismo [propio de muchas de las anécdotas que se crearon en torno a los primeros meses del movimiento insurgente] pero, al enfrentarnos a la historia documentada, las cosas no coinciden... ¿por qué?

  Dudo que el cura Hidalgo haya acampado, siendo que él llevaba varios años viviendo en el pueblo de Dolores y era bastante sociable, por lo que conocía a mucha gente en la región, especialmente los entonces llamados "principales" de cada población, por lo que, más bien se hospedó en la casa de uno de ellos, y no acampando con la tropa...

  Si se hospedó o acampo, es irrelevante, el punto está con el agua del pozo, lo cual quizá ocurrió, pero, de haber sucedido, no fue el 20 de septiembre, sino el 17 o 18 de Septiembre de 1810, dado que el contingente llegó ya en la tarde, quizá en la noche, del 16, y el 19 en la madrugada partieron rumbo a Chamacuero.

  El 20 de septiembre el cura Hidalgo estaba ya en Celaya según lo comprobamos arriba con lo escrito por don Carlos Herrejón sobre la Ruta de Hidalgo.

El pozo se encuentra en el lobby del hotel Real de Minas en San Miguel de Allende, Guanajuato.

miércoles, 14 de marzo de 2018

La Cabalgata de la Insurgencia por San Luis Potosí

Gusto me da saber que en el estado de San Luis Potosí se mantiene la tradición, año con año, de recordar la Ruta de Hidalgo, justo por donde están localizadas las Cabezas de Águila correspondientes al estado potosino que es cruzado del 8 de febrero al 3 de marzo, coincidiendo los sitios con las fechas de 1811, cuando Miguel Hidalgo encabezaba el contingente. 




jueves, 1 de marzo de 2018

Sobre las propiedades de don Miguel Hidalgo y Costilla

   Lo que vemos marcado en café oscuro es el actual municipio de Hidalgo en Michoacán, se localiza en la parte nor-oriente del estado, sitio por el que entraron los conquistadores al imperio Purépecha. Ese rumbo era conocido como Taximaroa y el asentamiento hispano ocurre en la primera mitad del siglo XVI. Para el siglo XVIII el Padre de la Patria, junto con el capital reunido por su familia, adquieren una propiedad en la zona, se dice de tres haciendas, pero, al parecer era una sola que se conectaba una con otra, la extensión era grande, se componía de 4 sitios de Ganado Mayor y 3.5 de Menor, esto equivale a 8,866 hectáreas.

 Se dice que una parte era para la crianza de toros de lidia, sabemos bien el gusto que Miguel Hidalgo tenía por la fiesta brava y sabemos también que la familia Hidalgo había adquirido préstamos a través de la Iglesia y que al finalizar el siglo XIX se vieron en problemas pues ocurrió aquello conocido como la "consolidación de los vales reales", es decir, las deudas de la Iglesia fueron incautadas por la Corona española y ahora los deudores lo eran del Rey y se veían presionados a pagar de inmediato. En buena medida fue el detonante del inicio de la guerra de Independencia.

  Encuentro en el Archivo Histórico del Estado de Guanajuato que nos da muy buena información sobre las posesiones de Hidalgo, su avalúo y la nueva deuda adquirida, veamos:

 "Guanajuato y diciembre dos de un mil setecientos noventa y cinco años. Este día por ante mí en el Registro de Instrumentos Públicos a mi cargo, el Br, D. Miguel Hidalgo Costilla otorgó escritura confesando haber recibido de mano de Andrés Sayas y Herrera como tesorero mayordomo de la Archicofradía del Cordón de esta ciudad, los dos mil pesos pertenecientes a la memoria de misas dispuestas por Doña Bárbara Badillo, los mismos que a censo redimible se hallaban impuestos por su esposo, y albacea del Regidor Don Pedro Luciano de Otero, sobre su Hacienda de Labor y campo nombrada Santa Catarina de Cuebas; cuya cantidad se obliga a tener en su poder en depósito irregular a su favor de dicha memoria de misas por tiempo de cinco años corrientes desde esta fecha que se cumplen en igual día de dos de diciembre venidero de 1800, obligándose asimismo a la paga de los cien pesos anuales de réditos para cuyo seguro hipoteca las Haciendas de San Nicolás, Santa Rosa y Jaripeo, ubicadas en los pueblos de Irimbo y Taxiamaroa, compuestas de cuatro sitios de ganado mayor y tres y medio de menor, lindando por el sur con la de Puguero y pueblo de Junundeo, por el norte con la de Zapo y Chamuco por el oriente, con el pueblo de San Lorenzo y por el poniente con el rancho de San Martín, declarando ser valiosa en cuarenta y seis mil pesos y tener sobre sí el gravamen de quince mil pertenecietes a una capellanía de obras pías. Y para que conste pongo esta relación, de ello doy fe.

José Ignacio Rocha.

Fuente:

AHGEG. Libro de Becerro No. 9, 1794-1795; f. 88v-89v. Part. s/n

martes, 27 de febrero de 2018

Última parte de la carta de Beltrami con el relato de lo sucedido a Francisco Javier Mina

Esta es la última parte de la carta (la Séptima, fechada el 12 de noviembre de 1824 en Guanajuato) que el viajero y explorador Giacomo Constantino Beltrami envía a la condesa, su amiga. Esta vez da cuenta de lo ocurrido en la ejecución y días posteriores de la muerte de Andrés Delgado, "el Giro":

Mina para engañar al enemigo dispersa su tropa, y se refugia á Jaujilla, un fuerte en que se sentaba otro simulacro de congreso que el padre Torres había creado para cubrir con una egida de legalidad su despotismo y sus atrocidades. Allí renueva ante el congreso su proyecto de sorprender á Guanajuato. Después de alguna oposición, logra obtener cincuenta hombres que le ayuden en esta empresa: los envía á un punto de cita, dando al mismo tiempo sus disposiciones para reunir en ese punto la fuerza toda que acababa de dispersar; pero la empresa se malogró.

De nuevo dispersa sus tropas, y seguido de una pequeña escolta, toma el camino de la cordillera dé Santa Rosa al Norte de Guanajuato. Era un domingo: se detiene para oír misa en una capilla, de campo en que solo los días festivos celebraba misa un sacerdote de Silao. Este ministro de paz y de caridad cristiana, solicita volver á Silao, y da al coronel Orrantia la dirección, que Mina había tomado sobre la cordillera. Orrantia no duda que pueda haberse dirigido á casa de su amigo Herrera, al Venadito: sin pérdida de tiempo combina sus movimientos de tal manera, que nadie pueda prevenir de ellos á Mina: llega en la noche, hace rodear con su tropa á todo el rancho á distancias bien calculadas.

Mina no ve el peligro sino hasta el instante en que ya no es tiempo de combatirlo ni de evitarlo. La casa que ocupaba y que está actualmente bien destruida, tiene por detrás una gran barranca que baja á un torrente. A este ataque imprevisto, permanece como aturdido por un instante: finalmente, impelido por Herrera y su hermana, se precipita al torrente por la barranca con la esperanza de salvarse á través del bosque espeso que adornan sus orillas y la montaña; pero la tropa de Orrantia recorría ya todo el lecho del torrente y se extendía por todas partes: un dragón corre sobre él y lo amenaza con una pistola. Mina había quebrado su sable en la bajada de la barranca, no le quedaba medio alguno de resistencia: le dijo tranquilamente; Párate! yo soy Mina, condúceme ante tu comandante. Orrantia tuvo la cobardía que Mina lo reprochó con valor, de maltratarlo y de darle de plano con el sable. De toda la escolta de Mina y de sus oficiales, algunos se salvaron en la montaña, los demás fueron asesinados. A D. Pedro Moreno, el comandante del Sombrero que se encontraba allí por casualidad, le cortaron la cabeza y la expusieron á mil insultos en presencia del mismo Mina.
Este desde que llegó á México, jamás se había abandonado durante la noche á un imprudente descanso; esta fue la primera vez que lo hizo: y aún se había desnudado. El mismo D. Mariano Herrera salía de su rancho ó de su hacienda, para ir á buscar su lecho á la montaña ó á los bosques, cambiaba no solo de lugar, sino de dirección, y se acompañaba solamente de un fiel criado. Esta noche se entregó también á los encantos de una amistad llena de atractivos, y de una seguridad engañadora. Ved, condesa, la fatalidad!

En vano procura, el hombre escapar de su destino, y in qua hora non putatis mors venid. D. Mariano fue también preso, y no se sustrajo de la muerte, sino por la conducta heroica y resuelta de su hermana. Habíasele atado con cordeles lo mismo que á Mina: la heroína le da furtivamente un puñal para que los cortase en el camino; pero según parece, Mina, resignado á su suerte y desesperando en lo de adelante de la salud de la independencia encargada á hombres como Torres, no quiso servirse de esta arma. Fueron conducidos á Silao y después á Irapuato: de allí condujeron á Mina al cuartel general de Liñán, delante del fuerte de los Remedios. Apodaca habría querido llevarlo á México para que su muerte se verificase con mayor solemnidad, ó para arrancarle sus secretos; pero temiendo las consecuencias del interés que toda el mundo manifestaba en favor de este joven héroe, mandó á Liñán que lo fusilase en el mismo lugar. Fue fusilado en efecto, al frente del fuerte a principios de Noviembre de 1817.

Recordáis que desembarcó, en esta tierra fatal el día 15 de Mayo. Su carrera no fue larga pero será eterna en los fastos de la historia, porque llenó este corto período de su VIAJE sucesos extraordinarios y gloriosas hazañas. Rodeado de toda especie de contrariedades, de obstáculos, de fatigas, de peligros, objeto del más bajo celo y de la más monstruosa perfidia; al frente de un enemigo más poderoso en hombres, en armas, intrigas y crueldades, su conducta fue constantemente generosa, cualquiera que haya sido el objeto primitivo de su expedición á México. A este fin se ha procurado hacer creer que se dirigían sus ardientes deseos de apoderarse de las minas de Guanajuato, á pesar de la oposición de Torres, del congreso y de otros jefes mexicanos. Pero yo creo que era dirigido por la influencia americana que combatía aún en sus filas para, seguir más de cerca al ídolo codiciado; esta misma influencia fue la causa del incendio de todas las máquinas y edificios de la célebre mina de Valenciana, por despecho de haber fracasado el proyecto de la toma de Guanajuato. Yo sé á no dudarlo, que Mina se indignó por esto.

Así pereció el héroe de la Navarra á la edad de 28 ó 29 años; pero murió como, había vivido, con valor y sin comprometer a nadie por confesiones cobardes; pereció á los golpes de aquella tiranía que había tenido á honor defender por sí mismo contra un hombre que se calificaba de usurpador, y que actualmente es admirado de todo el mundo como el gran genio de los siglos. De esta manera por una misa, perdió la vida Mina, como Jacobo II de Inglaterra perdió tres reinos. El gobierno español quiso celebrar el lugar donde Mina fue aprendido: nombró al virrey Apodaca conde del Venadito, acordó condecoraciones que se llaman de honor á Liñán y á Orrantia, y dio un grado y una pensión al dragón que lo había arrestado. Este dragón, por uno de aquellos caprichos de la volubilidad humana, es hoy uno de los más fieles servidores del Venadito, una especie de mayordomo que cuida del campo. D. Mariana hace de él mucho aprecio. Es cierto que en la prisión de Mina se manifestó este hombre tan noble y valiente, como Orrantia cobarde y despreciable.

Aquí no puedo abstenerme de hacer un reproche á mis favoritos Victoria y Guerrero. ¿Cuando llegaba Mina al Bajío, no supieron ellos combinar un plan para reunírsele? Con esto se habría decidido la suerte de los realistas y de la tiranía europea en México. Mas, repitámoslo, ¿si ellos eran tan celosos de los mismos mexicanos, cómo esperar que no concibiesen el mismo celo hacia un extranjero y español? Yo creo que la historia no les perdonará esta falta á la verdad enorme.

El fuerte de los Remedios cayó en manos del enemigo, poco tiempo después de la muerte de Mina. Loa horrores cometidos en la toma del Sombrero, no son sino una imagen pálida de los que señalaron la caída de los Remedios. Los infelices que estaban en el hospital, fueron quemados vivos ó sepultados bajo las ruinas del incendio: loa que tuvieron las fuerzas necesarias para intentar salvarse, fueron clavados con las bayonetas como si fuesen ranas: en fin, á los más horrorosos gritos, accedió en menos de una hora el silencio de los sepulcros. La guarnición había intentado una salida nocturna bajando á una barranca que rodeaba parte del fuerte: los que rodeados por todas partes no pudieron escapar á favor de las tinieblas, fueron asesinados. 

Las mujeres á quienes sé perdonó la vida, fueron rapadas unas y puestas en libertad, y otras condenadas á las prisiones de Irapuato, Silao, &c. Ya conoceréis, condesa, que él padre Torres buscó su salud en la huida: los señores de su clase si bien no son valientes en el cómbate, son al menos diestros en evadirse. No creáis por esto que el fuerte se rindió sin resistencia: la opuso y muy obstinada por cuatro meses contra un enemigo muy superior en fuerzas, y no menos formidable por sus medios de sitiar qué por su furor. Los compañeros de Mina dieron allí el ejemplo de vigilancia, de resolución y dé valor; y si se exceptúa Torres y sus paniaguados, los mexicanos desplegaron igualmente la más noble intrepidez. Liñán selló el cuadro horroroso de esta catástrofe con la destrucción del fuerte, operación ordenada á los mismos prisioneros: y cuándo la concluyeron los hizo fusilar á todos.

Para destruir del todo la causa de la independencia en el Norte, como lo había sido en el Sur, no faltaba más que la rendición del fuerte de Jaujilla, en donde tenía su residencia él congreso, que todavía quería dominar el padre Torres, desde las montañas del Bajío en donde vagaba fugitivo después dé la toma de los Remedios, y siempre como tirano horroroso. La empresa se encargó á D. Matías Martin y Aguirre. Este español se distinguió en el sitio por su valor y en la toma por su generosidad, para vergüenza dé Liñán y de tantos otros monstruos que le habían dado el ejemplo de las más negras atrocidades. El cobarde comandante del fuerte que no había podido sostenerlo por tres meses, sino por las disposiciones sabias, inteligentes é intrépidas de dos oficiales de Mina, Lawrence Chustie y James Devers, de los Estados-Unidos, ofreció á D. Matías entregar la fortaleza, y á estos dos oficiales con la condición de que le garantizaría su persona y sus riquezas. Tal proposición no podía dejar de ser admitida: aceptándola D. Matías trató con los más nobles miramientos á estos dos oficiales, y sin faltar á las condiciones convenidas, reprochó á este infame comandante López de Lara, con una virtuosa indignación su cobardía y su perfidia. Ya veis, condesa, que cuando el azar me presenta un buen español, me apresuro también á recomendarlo á vuestra admiración.

No existía ya de la revolución sino el débil congreso, que habiéndose retirado de Jaujilla antes del sitio, andaba errante en las tierras calientes de Valladolid, y sus esperanzas todas de salud se circunscribían á la actividad y valor de un cierto indio llamado el Giro, que aunque sin conocimientos adquiridos, y joven de veintiséis años, se había mostrado mil veces uno de los más terribles campeones de la independencia.

Torres continuaba con un furor cada día más loco su horrible despotismo. El congreso de acuerdo con el Giro, comandante de la escasa caballería, patriota que se distinguía todavía en el distrito del Valle de Santiago, decreta, su destitución y nombra en su lugar, comandante general de la provincia, al coronel Arago, uno de los oficiales de Mina que habían podido escapar del suceso del Venadito, hermano del célebre astrónomo francés, cuya fama corre por toda la Europa. Torres conspira, se insurrecciona; pero el Giro, lo ataca y lo hace huir. Este monstruo, perseguido por el desprecio y la indignación de los patriotas, no menos que por el aborrecimiento y la venganza de los realistas, fue á concluir su infame vida bajo el hierro de un patriota, á quien había engañado en el juego, y precisamente cerca del lugar en donde su horrible perfidia había por fin conducido á Mina á las manos del enemigo.

Sin embargo, ¿qué podía hacer el coronel Arago en esta terrible anarquía, en medio de aquellos patriotas envidiosos, y á cada paso cortado por el enemigo? ¿Qué podía hacer, cuando un Liceaga uno de los más firmes defensores de la independencia caía bajo los golpes del hierro asesino de los emisarios de un Borja, pretendido patriota, que según se dice le pagaba de esta manera cierta suma, que le debía, librándose al mismo tiempo de un rígido sensor de sus actos arbitrarios? Su más grande sostén, el Giro había sido preso y fusilado: un Huerta celoso de Guerrero y del coronel Bradburn conspiraba, y los abandonaba á la rabia y á las fuerzas superiores del enemigo. ¿Qué podría hacer, repito, un comandante no menos extraño á México, que á las costumbres de sus habitantes, aislado en medio de un enemigo potente y de un pueblo celoso, propenso á las sospechas é ignorante al mismo tiempo? Nada, condesa: de manera que aquí podemos echar el telón al cuarto acto de la tragedia de la revolución mexicana.

El quinto comenzó con el GRITO DE IGUALA, y concluyó con la muerte de Iturbide. Quizá tendremos ocasión de hablar de esto en otra parte con algún detenimiento. Habéis visto que Mina partió de Soto la Marina con cerca de trescientos hombres, oficiales y soldados: asegúraseme que media docena apenas ha escapado de esta catástrofe dolorosa.

Conozco, condesa, que encontráis un gran vacío en esta pequeña relación histórica, sobre una circunstancia cuyo desenlace interesa más á vuestro corazón que á vuestra curiosidad: voy á llenarlo. Os dije que al llegar al Venadito había encontrado al dueño de la hacienda de la Tlachiquera: vuestra agitación sobre la suerte de este distinguido patriota, de este amigo generoso, debe haberse calmado ya: sí, condesa, D. Mariano Herrera está sano y salvo. ¿Pero cómo ha podido escapar de la sanguinaria sed de estos caníbales? Tengo tanta mayor complacencia en referíroslo, cuanto que esta circunstancia derrama un nuevo lustre sobre los sentimientos magnánimos de aquel sexo de que sois un tan noble adorno, y yo uno de los más constantes admiradores.

A los procedimientos, á los rasgos heroicos de su hermana, debió Herrera su vuelta á la existencia; digo su vuelta, porque su vida estaba ya al borde de la tumba. Monta á caballo, se adelanta á la escolta matadora de su hermano, se presenta á Liñán: le habla un lenguaje romano, que realzando su dignidad  y su sexo, envilece al tirano, que no puede rehusarle la gracia de suspender por algunos días su furor homicida., Tan abundante de sagacidad y previsión, como lo era de sublimes sentimientos, vuela en seguida á las prisiones de Irapuato, consuela, reanima á su hermano, y le sugiere la idea de representar el papel de. loco. Las circunstancias auxiliaban á la verosimilidad del papel; lo representa maravillosamente: quizá estaba en efecto loco cuando creía fingirlo tan solo. Se dirige después á México trasportada en las alas de su afecto fraternal, y se presenta al virrey. Este hombre con las amables disposiciones de su alma, habría sido bueno si no hubiese sido el ministro de una nación tiránica: conmovido al aspecto de esta heroína, ordena que si D Mariano estaba en efecto trastornado, se suspendiese la sentencia de muerte.

Sin embargo, sus verdugos quieren gozar de la apariencia del espectáculo homicida, y á excepción de la formalidad fatal, todas las demás fueron plenamente ejecutadas. ¡Lo creeréis, condesa; á un refinamiento de crueldad más bien que á la clemencia, es á lo que debe la vida! ¿Sabéis por qué Liñán obedeció la orden del virrey que habría despreciado en cualquier otro caso? Él mismo lo ha dicho que él no tenía la más leve satisfacción en hacer morir á un hombre, que en el estado en que se encontraba, ningún sentimiento tenía en perdonar la vida, y que no podría dejar muy grandes sentimientos á sus amigos y parientes que le sobreviviesen. Juzgad por este simple razonamiento qué clase de alma se abrigaría en este monstruo.

D. Mariano fue retenido por largo tiempo todavía en las prisiones, en donde su hermana jamás lo abandonó: al fin obtuvo que se le ampliasen estas bajo el pretexto de que su cabeza podía no menos que empeorarse; pero no se le permitió llevarlo á la Tlachiquera, sino dando todas las seguridades que se le exigieron. Debía devolver al gobierno á su hermano, si su locura se curaba. Esta condición es una llueva prueba de la sagacidad feroz de Liñán.

D Mariano permaneció siempre loco como podéis creerlo, hasta que el grito de Iguala vino á proporcionarle un lúcido intervalo, que gracias al cielo dura todavía con la independencia, y que como ella jamás cesará según espero.

Un poco de chanzas sirve algunas veces para distraernos de los gemidos, que recuerdos horrorosos nos ocasionan; me permito por lo mismo, en tono de chanza observar á D. Mariano, que yo estaba tentado de creer que él no estaba verdaderamente loco, y que se vi á en el caso de recurrir á la ficción. Él mismo estuvo tentado de creerlo cuando yo recapitulaba sus desdichas: la 'hacienda y todos los ranchos quemados y devastados, treinta ó cuarenta mil cabezas de ganado menor muertas ó robadas, los campos y las presas de agua destruidas, parientes y amigos asesinados, muchos años de peligros y vejaciones de toda especie, retiradas forzadas á los bosques, el espíritu siempre agitado, el corazón afligido con mil heridas, la prisión y medidas que ponen nuestra existencia á dos dedos de la eternidad, un amigo sacrificado.... qué cosa más á propósito que estas calamidades para desarreglar realmente la cabeza más bien organizada?

El me hizo el honor de darme una carta de recomendación para México, en donde su hermana reside actualmente. Pasé un día muy agradable en compañía de este digno y galante hombre: contrajimos una sincera amistad, y para mejor afianzarla nos cambiamos nuestros caballos: le di yo el mío que estaba llagado de los lomos, por el suyo que era cojo.

Eran estos dos desgraciados que cambiaban sus miserias. Eran dos buenos corazones representados por dos pellejas. Su hacienda comienza á levantarse un poco por el concurso de los rancheros que lo aman y lo estiman y vienen á poner de nuevo ó á fundar sus establecimientos: de una de las más florecientes y de las más ricas de esta fértil provincia, se había convertido en un desierto de más de cien millas de perímetro.

Sus ruinas indican todavía que sus edificios igualaban por su belleza y su estructura á la presa de agua que yo os he manifestado. Abraza la cima de la Sierra-Madre, que corre aquí por la medianía del continente mexicano, y le separa casi á igual distancia del Atlántico y del Pacífico.

De allí bajé al llano de Silao al Oeste de la hacienda: porque el camino del Sur por la montaña, está puesto á través de colinas y de abismos. Un día después llegué á esta ciudad digna de una alta y rica fama.

Después de un pequeño reposo físico y moral, iremos á saltar un poco sobre estas montañas, y á bajar á sus minas para examinarlas con los mineros antiguos y modernos: españoles é ingleses, y las reconoceremos en su aspecto comercial y político.

Fuente:

Beltrami, Giacomo Constantino. México, obra escrita en francés. Tomo II. Imprenta de Francisco Frías, Querétaro, 1853, pp. 156-293