miércoles, 10 de noviembre de 2010

José Antonio Torres, el Padre -no confundirlo con el Amo Torres-

Son homónimos pero su obra es muy distinta, ambos participaron en la lucha por la Independencia, José Antonio Torres "el Amo Torres", fue quien tomó Guadalajara pacíficamente, luego sería sacrificado, en cambio, años más tarde apareció otro José Antonio Torres cuya reputación e ideales dejaron muchas dudas sobre la autenticidad de su incorporación al movimiento Insurgente, veamos pues, la vida de José Antonio Torres, "el Padre Torres".


"Nació en el pueblo de Cocupano, en la antigua provincia de Michoacán, alrededor de 1770. Estudió en Valladolid la carrera eclesiástica con muy poco provecho y, sin duda, con menos vocación, aunque en su disculpa hay el hecho de que fueron sus padres quienes lo impusaron al sacerdocio. En 1810, al producirse la revolución, estaba como vicario en el pueblo de Cuitzeo del Porvenir y se adhirió a ella sin destacar mucho ni manifestarse en ningún aspecto, de los múltiples que tendrá como Insurgente en el trascurso de la guerra. Más bien aparece entonces en segundo término entre los hombres de Albino García con quien lucha en este período. Unido a él, sus campañas iniciales casi no existen; son, más bien, acciones de García a las cuales está subordinado, como ejemplo en el asalto a la antigua ciudad de Valladolid en junio de 1811. En algunos partes realistas también es citado en actuaciones desarrolladas, principalmente, en la antigua provincia de Guanajuato en la cual habrá de destacar en lo futuro.


Después de la captura y muerte de Albino García va cobrando el Padre Torres personalidad y audacia; en 1814, a raíz del regreso de Fernando VII a España, los realistas le mandan una comunicación prometiéndole el cese de hostilidades ya que el motivo -se afirma en el documento- "ha cesado". La ingenuidad del texto implica además confusión, y el padre Torres contestó en un tono muy ponderado, cortés incluso, y manteniendo los puntos de vista de la insurgencia al margen del regreso o el cautiverio de Fernando VII. El texto nos evidencia, además, ya que de otro modo no se hubiera intentado hacerlo desistir de su actitud. Se ha afirmado que la respuestadel padre Torres fue debida al doctor José María Cos, quien se encontraba con él en aquella oportunidad.


Muy perseguido por Agustín de Itrubide, no realizó en aquel año acción notable y más bien hubo de retirarse de diversos sitios ante el acoso realista, como el que hubo de efectuar, asociado a Lucas Flores, a las puertas de Acámbaro, en febrero de 1815. Con anterioridad, simulando ir a reunirse con Morelos a Pátzcuaro, atacó el pueblo de La Piedad, pero fue dispersado por Pedro Celestino Negrete. Esto sucedía a últimos de octubre y la persecución de que en aquellos días se le hacía objeto, se acentuó todavía por parte de Agustín de Iturbide y de Pedro Celestino Negrete, quienes tuvieron una reunión en el pueblo de La Piedad a fin de acabar -según comunicado realista- "con el mal presbítero Torres..."


En diciembre fue atacado en la hacienda de Cuerámaro por las fuerzas de Itrubide, las cuales desbarataron completamente a las diversas partidas insurgentes allí reunidas, haciendo prisionero, entre otros, al padre Sáenz, quien tenía el grado de brigadier, y se le fusiló allí mismo con otros nueve prisioneros. El padre Torres con varios jefes, consiguió huir. En marzo de 1815 atacó Irapuato y, más tarde, La Piedad, en cuya acción los realistas perdieron algunos oficiales. En aquellas fechas Iturbide comunicaba al virrey la necesidad de acabar con el padre Torres que constituía peligro constante para muchos pueblos de la antigua provincia de Guanajuato. A pesar de sus acciones diversas y de la preocupación que éstas producían a los realistas, el padre Torres no tenía mucha aptitud para el ataque y quizá, debido a esto, fortificose en el cerro de Los Remedios, cerca de Pénjamo, refugio, admás de Insurgentes destacados que habían constituído una unidad de combate bajo la autoridad de la Junta de Jaujilla, de la cual el padre Torres era vocal. A la llegada a la Nueva España de Martín Francisco Xavier Mina, éste conferenció en el fuerte de Los Remedios con el padre Torres acerca de los planes futuros; el hecho de haberse dado el mando a Mina disgustó mucho al padre Torres, orgulloso de su grado de Teniente General, otorgado por la Junta de Jaujilla.


A este pequeña vanidad se debió, probablemente, su malquerencia por Mina, quien hubo de soportar el odio de los españoles y el recelos de algunos mexicanos, influenciados por el padre Torres. A raíz del asalto del Fuerte del Sombrero cuando las fuerzas insurgentes que allí había se refugiaron en el de Los Remedios, el padre Torres aumentó sus precauciones y no pudo llegar a una inteligencia con el jefe español, quien deseaba aligerar el cerco realista a la fortaleza de Los Remedios, a base de obligar a las fuerzas sitiadoras a alejarse del lugar ante el peligro de una operación importante sobre otro punto, en este caso, Guanajuato, cuya población era el objeto de Mina. Esta táctica resultaba, a todas luces, mucho más beneficiosa que la de aguardar, en Los Remedios, como así sucedió, el asalto trágico y cruel ya conocido por los insurgentes en la fortaleza de El Sombrero. La Junta de Jaujilla, ante estas dos tácticas, se inclinó por la del padre Torres y Mina se encontró sin hombres para realizar sus operaciones que, de llevarse a cabo, hubieran obligado a Pascual Liñán a abandonar el cerco. En este aspecto hubo una tendencia a no variar el sistema de lucha, que consistía principalmente en escaramuzas en lugar de batallas y en protegerse en reductos inexpugnables que nunca tuvieron esta virtud: Cóporo, El Sombrero, Jaujilla, Los Remedios.


Desde la fortaleza y como resultado de esta táctica fatal, el padre Torres pudo ver el día 11 de noviembre de 1817 el fusilamiento en el cerro del Bellaco, de Javier Mina. No había, pues, esperanza de ayuda y, los sitiados decidieron, después de acciones diversas, el día 1 de enero de 1818 con resultados fatales, repitiéndose las escenas de horror que habían ya tenido lugar en el Sombrero, ya que los fugitivos, a los cuales no dieron cuartel, ni al día siguiente persiguiendo a los que habían andado de noche por caminos extraviados. Pocos se salvaron y, entre ellos, el padre Torres con muy poca gente, y algún oficial distinguido de las fuerzas expedicionarias de Mina, como Erdozain. Fuera de su fortaleza, acosado por los realistas, tuvo muy pocas acciones brillantes y, al cabo de poco, debido a su crueldad, mal visto por los mismos Insurgentes, más que recelosos de su proceder, ya que abusando de su autoridad y por motivos ignorados, hizo fusilar a Lucas Flores y a Remigio Yarza, compañeros que habían resistido las tentadoras ofertas del indulto en aquel momento en que la causa Insurgente especialmente en la antigua provincia de Guanajuato, estaba casi totalmente perdida.


Esto creó una reacción desfavorable para el padre Torres, quien vio desconocida su autoridad por casi todos los rebeldes que aun existían, los cuales, reunidos en Puruándiro, designaron como jefe a Aragó. Además la junta insurgente aprobó la designación de Aragó, cosa que desalentó a Torres, si bien no quizo someterse y se retiró con algunas partidas fieles, al Rincón de los Martínez. Poco tiempo después acababa, sufriendo la pérdida de muchos hombres y resultando derrotado, a Anastasio Bustamante, en el rancho de Los Frijoles.


Las desavenencias entre Aragó y el padre Torres llegaron a su punto álgido en una acción habida entre las fuerzas Insurgentes de los dos jefes y en la cual el padre Torres estuvo en peligro de caer prisionero. Retiróse entonces a la sierra, constantemente perseguido por los realistas que querían apoderarse de él, ya que, al poco tiempo de las rivalidades anotadas entre los jefes de la rebeldía, Aragó se acogió a indulto, Andrés Delgado había muerto, José María Liceaga también y el padre Torres era el único que mantenía tenazmente la prueba de fidelidad a la causa de la Independencia.


A últimos del año 1818, hallándose en una hacienda de Silao con un capitán llamado Juan Zamora, éste perdió más de mil pesos en un juego empeñado con el padre Torres; como no los traía consigo, dejó su caballo. Al día siguiente regresó Zamora con dicha cantidad, pero el padre Tores no quiso devolverle el caballo, del que quería apoderarse; esto motivó una agria discusión que terminó, mientras todos iban de camino, con un lanzazo de Zamora al padre Torres. Sus acompañantes respondieron a la agresión matando al capitán, pero el padre Torres, trasladado al rancho de Las Cabras de la hacienda de La Tlachiquera, falleció poco rato después y allí mismo se le sepultó.


La mayor parte de los historiadores han destacado el carácter cruel de este insurgente y la desconfiuanza, en él innata, que sin duad contribuyó mucho al fracaso de Javier Mina. Hay, en cambio, un mérito de constancia digno de señalarse, ya que constituye casi una excepción entre los jefes insurgentes que lucharon en el año de 1818". (1)


Será bueno anotar algo que el cronista de Yuriria, don José de Jesús Guzmán Cíntora escribio en su Monografía de Yuririapúndaro:


"Por el proceder tan brutal de Iturbide tanto en Yuriria como en Salvatierra, y por el hecho de que siempre que llegaba a Yuriria se hospedaba en el Convento; aunque siempre lo encontraba abandonado pues el cura Quintana se remontaba al cerro, temeroso de este troglodita, el jefe de una partida que se decía Insurgente, y que era el cura Cooperador de Huanímaro, don Antonio Torres, en el año de 1814 llegó a Yuriria y dando rienda suelta a sus instinto de pirómano, quemó el Templo y el Convento por ser el alojamiento ocasional de Iturbide, constituyendo este acto de vandalismo un descalabro irreparable para la ciudad..." (2)



Fuentes:


1.- Miquel i Verguís, José María. Diccionario de Insurgentes. Editorial Porrúa, México. 1980


2.- Guzmán Cíntora, J. Jesús. Yuririapúndaro. B. Costa-Amic Editor. México, 1978

El Cabo Leiton, más que un héroe, un villano de la Insurgencia


Si bien este no es el dibujo del Cabo Leiton, si nos da una cuenta de como luciría, pues este era el insituido a los Capitanes a finales del siglo XVIII.


Don Rafael Iriarte se hallaba en el mineral de Marfil, en Guanajuato, antes de que estallara la insurrección y había sido soldado veterano cuando don Félix Calleja mandaba la 10a brigada del ejército realista en San Luis Potosí, en cuyo tiempo sirvió de amanuense a dicho jefe y desde entonces se le conocía ya con el sobrenombre de Cabo Leiton.

Refiere don Agustín R. González en su Historia del Estado de Aguascalientes, que Iriarte se encontraba en aquella ciudad cuando estalló en Dolores la insurrección, cuya causa abrazó luego, formando un numeroso ejército.

No me ha sido posible encontrar noticias fehacientes acerca del lugar que Iriarte comenzó la organización de éste ejército, pero sí se refiere en algunas historias que a los pocos días de que Hidalgo proclamó la Indpendencia, contaba ya con una numerosa fuerza, aunque compuesta con gente sin disciplina, sin orden, turbulentas y armadas en su mayor número con lanzas, machetes y flechas, pues en aquella imprevista chusma, andaban más de cinco mil indios que por Huejúcar y Colotlán había reunido el padre José Pablo Calvillo, con los cuales se reunió una parte del regimiento de la Nueva Galicia.

Entre tanto, Zacatecas había secundado el movimiento revolucionario, nombrado el conde de la Laguna, don Miguel Rivero, intendente interino de la provincia como ni él ni las autoridades de la ciudad conocían los verdaderos fines o tendencias de dicho movimiento, resolvieron comisonar al doctor don José María Cos, cura del burgo de San Cosme (hoy Villa de Cos, Zacatecas) para que fuera a conferenciar sobre ese asunto con el Generalísimo del Ejército Grande Americano, don Miguel Hidalgo.

El doctor Cos partió sin pérdida de tiempo a cumplir su importante comisión, dirigiéndose a Guadalajara; pero en Aguascaliente se encontró con don Rafael Iriarte, a quién hizo saber el objeto de la citada comisión y las instrucciones que al efecto se le habían dado; y como el cura Hidalgo se encontrab entonces en Valladolid, el doctor Cos entró en explicaciones y arreglos con Iriarte, resultando de estos que la provincia de Zacatecas, sin escrúpulo alguno, estaba en actitud de adherirse a la causa de la insurrección, y que, por tanto, Iriarte podía ir a aquella ciudad, donde no encontraría ninguna resistencia.

Después de la conferencia que el doctor Cos había celebrado en Aguascalientes con Iriarte, este se dirigió con su ejército a Zacatecas, a cuya ciudad pudo entrar, el 3 de noviembre, sin que se le hubiera hecho ninguna resistencia y antes por el contrario, se le recibió con muestras de agrado y aun de simaptía, pues se hicieron en su honor varias demostraciones públicas y le fue ofrecido un banquete de cien cubiertos, al que concurrieron muchas personas prominentes y aun algunos sacerdortes.

Iriarte permaneció en Zacatecas pocos días, ocupándose de procurar recursos y de equipar y aumentar su tropa, aprovechando los buenos elementos que aquella ciudad pudo proporcionarle. Súpose entonces que en San Luis Potosí había secundado el movimiento de insurrección y que el caudillo don Ignacio Allende andaba a punto de ser atacado por el brigadier Calleja. Estas noticias obligaron a Iriarte a abandonar Zacatecas con intención de unirse a Allende; pero en la hacienda de Muleros varió de pensamiento, pues lejos de apresurar su marcha rumbo a Guanajuato, se encaminó a San Luis Potosí, después de haber preguntado a los caudillos insurgentes de aquella ciudad si podía dirigirse a ella, donde llegó el 16 de noviembre.

Iriarte tomó el rumbo de Ojuelos y allí expidió a fray Juan Salazar un nombramiento de comandante para que levantara gente voluntaria y con ella se le uniera.

El caudillo don Ignacio Allende había comenzado a desconfiar de Iriarte, pues éste recibía mal que se le viera como a un inferior, y manifestándose descortés con aquel jefe a quién daba muestras de cierta superioridad, hizo que saliera de sus propias manos la paga de los soldados de Allende, quién temiendo una tropelía de parte del insubordinado Cabo Leiton, marchó a Guadalajara a unirse con el Generalísimo Hidalgo.

A los pocos días el ejército de Hidalgo era derrotado en Puente de Calderón, y con el resto de la tropa que le quedaba se dirigió a Aguascalientes, donde, según parece, permenecía aun Iriarte, quién siguiendo una conducta voluntariosa y egoista, no se había preocpuado de ayudar con sus tropas a los jefes principales de la insurrección.

De Aguascalientes marcharon Hidalgo y Allende a Zacatecas acompañándolos Iriarte, quién quedó acantonado con su tropa en la inmediata Villa de Guadalupe.

Los caudillos de la revolución, después de permanecer en Zacatecas algunos días, acordaron marchar rumbo norte, dejando a Iriarte en dicha ciudad como para cubrir la retaguardia y con orden de que fuera a incorporárseles en la ruta que seguían; pero el insubordinado cabecilla permaneció en Zacatecas todavía algunos días, y en el interín destacó sobre Fresnillo una fuerza de mando de don Mariano Muciño; la que tuvo un encuentro en el rancho de Tapiar con otro realista que venía de Sombrerete, al mando de don Pedro Ruíz Larramendi, habiendo sido rechazados los insurgentes que tuvieron que replegarse a Zacatecas.

Entre tanto el realista José Manuel Ochoa avanzó sobre dicha ciudad por orden del brigadier don Bernardo Bonavía que se hallaba en Durango. No se puede asegurar acertadamete si Iriarte mismo esperó a Ochoa en Zacatecas, o si aquel se dirigió a Saltillo, dejando a Sotomayor o a Muciño en dicha ciudad, pero lo cierto es que Ochoa atacó a la fuerza insurgente que allí había quedado derrotándola el 17 de febrero de 1811, después de una tenaz resistencia.

Los jefes insurgentes derrotados en Zacatecas se dirigieron a Saltillo y en cuanto a Iriarte, se sabe que Allende, al ir a tomar parte en un combate que se esperaba cerca de aquel lugar, dejó encargado el mando del ejéricto a don Mariano Arias y al mismo Iriarte en Matehuala.

Como no había ido a incorporarse al Saltillo con Allende, este al salir de allí rumbo al norte, y poseído de disgusto y de serias sospechas de infidencia contra Iriarte, dio orden a don Ignacio López Rayón para que lo fusilara en caso de que se le presentase; y como esto aconteció después de la captura de los caudillos Hidalgo, Allende y compañeros en Acatita de Baján, el referido Rayón lo hizo pasar por las armas en Saltillo en cumplimiento de la orden mencionada.

Lástima es, en verdad, que uno de los primeros que se apresuraron a secundar el glorioso Grito de Dolores, logrando reunir en pocos días, bajo las libertadoras banderas un numeroso grupo de defensores de la patria, no hubiera sido guiar a éstos por la senda del orden y del verdadero patriotismo, dándoles personalmente un ejemplo digno y honroso.

Tales son las únicas noticias que he podido adquirir acera del desgraciado Cabo Leiton, de quién no se sabe de donde era originario, aunque algún autor supone que lo fue de Zacatecas. (1)


Fuentes:

1.- Amador, Elías. Noticias biográficas de insurgentes apodados. Zacatecas, 1910. reeditado por la SEP en 1946

Mujeres y niños en la lucha. (Artículo de Juan Ortíz Escamilla)


Como en todas las guerras, las mujeres y los niños desempeñaron un papel importante. Criollas, mestizas, indias, negras, ricas, pobres, esposas, madres, novias, amantes, monjas, y prostitutas, en mayor o menor grado arriesgaron vida, libertad y bienestar por una causa que consideraban legítima. Los niños siguieron también las andanzas de sus padres y corrieron los mismos peligros.

La "Capitana", Manuela Medina o Molina, india de Taxco, gran guerrillera, orgullosa portaba el grado recibido de la Suprema Junta Nacional. Otra Manuela, Manuela Herrera, se ganó el cariño y respeto de su gente y prefirió quemar su hacienda El Venadito antes de permitir que los realistas utilizaran sus recursos. Uno de los princiaples apoyos económicos del español Francisco Javier Mina, fue detenida junto con su hermano en 1817 y logró escapar. María Andrea Martínez alias "la Campanera", esposa del cabecilla insurgente Domingo Martínez, se ganó el respeto por su intrepidez y valentía. Estuvo a punto de ser fusilada junto a su esposo, pero la ejecución se postergó debido a su embarazo. También acompañó a su marido Priscila Marquina de Ocampo, de Taxco, quien aparecía en público "con sus charreteras y sables, llena de tanta vanidad y orgullo". En Guanajuato, Juana Bautista Márquez y su hijo, José María, acompañaron a Hidalgo hasta su aprehensión en Acatita de Baján y fueron ejecutados en la plaza pública de Guanajuato.

En Nueva Galicia, la hermana y la madre de Saturnino Oretga, Ana María y Trinidad, fueron detenidas con las armas en la mano por la patrulla de Pedro Celestino Negrete y permanecieron en prisión hasta 1818, ente ellas Romana Jarquín, Rosa Patiño y Cecilia, Micaela, Pioquinta y Ramona Bustamante.

Hubo acusadas de pretender "seducir" a las topas realistas, como Gertrudis Bocanegra, quien hizo que su marido se pasara al bando insurgente, junto con su hijo de diez años de edad. Muertos en campaña, Gertrudis tomó las armas al lado de su yerno, quien en 1817 la envió a Pátzcuaro a espiar la situación y atraer partidarios; al ser descubierta, fue pasada por las armas. Ana Villegas, de Chicontepec, madre de los cabecillas Lorenzo y José Espinosa, también fue detenida por seducir a los indios de su pueblo y fusilada en Tuxpan. Otras fusiladas fueron Manuela Paz y Luisa Martínez de Engorícuaro, pero algunas lograron que se postergara la ejecución por embarazo y se les conmutara la sentencia por prisión, como Mariana Anaya, esposa de Manuel Villalongín.

Sin embargo en el Bajío, Agustín de Itrubide puso en prisión algunas mujeres por el simple hecho de ser familiares o mantener relaciones estrechas con algún cabecilla, y cuando los rebeldes se negaban a acoger al indulto, mandó fusilar a una mujer por cada población destruída, aunque desistió de esta medida por las protestas de los habitantes. En Puruándiro también fueron a prisión la madre, la hermana y los sobrinos (una niña de 11 años y un niño de 4) del cabecilla José María Sixtos. Rita Pérez, esposa de Pedro Moreno, también estuvo encarcelada hasta que su marido solicitara "la piedad del indulto". Con la detención de mujeres, el gobierno presionó a los rebeldes a pedir el indulto. En la ciudad de México terminaron en prisión las mujeres de la familia Villagrán de Huichapan.

Las amantes también sufrieron penalidades. Tal fue el caso de mujeres como María Josefa Paul "amasia del rebelde Padre Torres", María Gertrudis Guadalupe Bernal, amante de Atilano García; María Trinidad Uribe, remitida a la cárcel de México por sus "tratos amorosos" con José María Villagrán, y María Juana Gutiérrez, detenida por "amancebamiento" con el cabecilla Mariano Osorio. Hubo ocasiones en que la esposa y la amante compartieron la misma prisión, como ocurrió con la esposa y las dos amantes de Vicente Vargas.

Hubo detenidos por mostrar simpatías por los rebeldes, ofrecerles asilo o prestarse a transportar municiones. Tampoco faltaron mujeres de la "vida alegre", como "la Marquina", amante del intendente de Tecpan, "la Empreratriz", que apareció con Albino García cuando intentaba tomar Guanajuato, y terminó fusilada en Colima.

Mujeres de la aristocracia también apoyaron la causa insurgente arriesgando la vida, fortuna y tranquilidad. Junto a Josefa Ortíz de Dominguez destaca Leona Vicario Fernández, quién envió aramas, dinero, medicamentos, ropa y correspondencia a los rebeldes. Al ser descubierta huyó disfrazada de negra y se reunió con su novio Andrés Quintan Roo, y a su lado recorrió todas las sedes del Congreso Nacional Americano. Dspués de muchas penalidades, vagando con una hija en los brazos, se indultaron, pero doña Leona no recuperó sus bienes sino después de la independencia. Otra mujer distinguidoa fue Mariana Rodríguez del Toro de Lazarín, principal organizadorade la conspiración en Abril de 1811 para aprehender al virrey Venegas. La conspiración fue descubierta y la familia Lazarín fue puesta en prisión hasta diciembre de 1820. Francisca Michelena también sufrió prisión por simpatía a la insurgencia, al igual que Margarita Peimbert y Mercedes y María Piña. (1)


Fuentes:

1.- Ortíz Escamilla Juan. Mujeres y niños en la lucha. La Guerra de Independencia. Gran historia de México ilustrada. tomo III. Planeta DeAgostini. Josefina Zoraida Vázquez, coordinadora. México, 2006.

Las Cruces y Tebaida, municipio de Cuquío, Jalisco. Cabezas 142 y 143

"Viernes 18 de enero d 1811. Al amanecer de este día y sin poder conciliar el sueño por temor a ser sorprendidos por el enemigo emprenden nuevamente su marcha, tocando Las Cruces y Tebaida del mismo municipio de Cuquío, dirigiéndose a Zacatecas por el rumbo de Moyahua; guía la caravana el cura Calvillo, gran conocedor de esos caminos, cambiando de cuando en cuando sus cansadas cabalgaduras.

Como algunos investigadores aseguran que entró por Peñuelas al estado de Aguascalientes y otros a Zacatecas por la Silleta y Estanzuela, en el curos de este estudio se verá cuál de ellos presenta los testimonios dignos de mayor crédito histórico". (1)

De ese modo termina el profesor Jiménez de la Rosa el recorrido de Hidalgo por el estado de Jalisco, seguimos con la duda si en estas comunidades existe o existió una estela de Cabeza de Águila.
Un dato interesante que encontramos, antes de salir del estado de Jalisco, está en el libro de José María Liceaga, el cual no debemos confundir con Liceaga, el romitense que se fortificó en la laguna de Yuriria; Liceaga era un jóven abogado que recién se había titulado en la ciudad de México en agosto de 1810, cuando regresó a su lugar de orígen, el real de minas de Guanajuato y fue testigo presencial de los acontecimientos dados allí. Luego publicó un libro en donde hace ciertas precisiones a lo que el otro testigo de los hechos, Lucas Alamán, publicó en su libro de Historia de Méjico. Así pues en el libro de Liceaga, relacionado a la Batalla de Calderón, leemos que:
"Se duda, que la dispersión y fuga de los insurgentes de la capital de Guadalajara se debises a una granada de a cuatro, que cayendo en un carro de municiones, lo hizo volar, e incendió la grama seca que cubría el campo, llevando al aire, el fuego y el humo contra ellos mismos; pero bien se puede prescindir de la caída de la granada, cuando se asienta, que el incendio siempre se verificó por el fuego continuo de las dos piezas, que Villamil había lelvado en auxilio de la división de Flón, para que se considerara, invitable la pérdida de las baterías, y con tanto mayor fundamento cuanto, a que se esperaba, que en arquel instante atacarían las fuerzas de Cruz por la retaguardia. Oficiales del ejército me aseguraron que el coronel Sota Riva se había valido del arbitrio de hacer, que corriera la voz en todo el campo insurgente, de que acababan de llegar esas tropas, con lo que, al paso que a los sitiados no les quedaba otra esperanza, de salvación, que la de una violenta, y precipitada fuga, cobraron nuevo aliento los sitiadores."
"Detenido Calleja en las inmediaciones de puente de Calderón, no pudo entrar a Guadalajara el 21 de enero y en la tarde del mismo llegó el brigadier Cruz. Con la entrada de los dos ejércitos, salieron de los lugares, en que estaban ocultos, los españoles que habían escapado de los degüellos, y don Roque Abarca, que había sido Presidente e Intendente de la Provincia, a cuayos empleos no se le restituyó; y habiendo emprendido después su viaje para España, murió en Yucatán..." (2)


Fuentes:

1.- Jiménez de la Rosa, Felipe. Ruta de Hidalgo 1810-1811. Lápiz y Papel de México. México, 1960.

2.- Liceaga, José María. Adiciones y rectificaciones a la historia de México. Comisión Nacional para las Celebraciones del 175 Aniversario de la Indpendencia Nacional. México, 1985.

Cuquío, Jalisco. Cabeza número 141

Notamos una cosa curiosa en la Cabeza de Águila ubicada en Cuquío, Jalisco, en donde se ve la escultura remozada, seguramente a consecuencia del Bicentenario, en donde, contrario a lo establecido en el diseño original, en el que la linea diagonal de la base da hacia la la parte trasera de la cabeza, esto con el fin de mantener la armonía, fue alterada, quizá notaron que estaba mal colocada y decidieron girarla. En la fotografía que más adelante encontrarás, se ve cual era el diseño original de la estela. Curiosidades del Bicentenario...


Esta es la casa donde se dice que durmió el cura don Miguel Hidalgo, en la parte alta aparece la placa en mármol que, durante los festejos del Centenario, se mandaron colocar en distintos puntos de la Ruta de Hidalgo en donde se identificaban los sitios más relevantes de su paso.


Este es el interior de la casa en Cuquío en donde se dice, pernoctó el cura Hidalgo, descanso más que merecido luego de la derrota en el Puente de Calderón.



El padre Hidalgo arriba a Cuquío el 17 de enero de 1811 con sus compañeros en desgracia por la noche de ese día, encontrándose con la sorpresa de que "la iglesia tiene la puerta principal muy inmediata al camino y por esos se advirtió gran movimiento como de una solemne función: se preguntó su objeto, y se le dijo: que era una rogación a Dios por la vida del señor Hidalgo, porque ya sabían la pérdida de la guerra en Calderón; pero ignoraban la suerte del Generalísimo con cuyo nombre era conocido el Sr. Hidalgo, muy reconocido a semejante acto dejó recado al señor Cura del pueblo diciendo que no le avisaran, porque hallándose en el altar y en un acto tan solemne y santo, no era prudente distraerlo; y además, que iba de prisa y no podía perder momento". (1)

"Este viernes, regresa Hidalgo a Guadalajara, con su mermado ejército, en compañía de Joaquín Arias e Ignacio Camargo. De allí se traslada a Cuquío donde tras de desmontar del caballo, en un descanso, les dice a las personas que allí encuentra: "¡Desgracias, desgracias; pero no hay cuidado, que pronto nos veremos!" pide de almorzar unos huevos, que se le sirven, y antes de media hora se retira en compañía de sus compañeros [sic] y otra porción de insurgentes que mientras duró el almuerzo han ido llegando en pelotones, tomando el camino a Zacatecas. Ese mismo día, como a las cinco de la tarde, llega Allende, con otro contingente de insurrectos, entre ellos Marroquín. El Capitán general trae herido el muslo . Viene con sombrero de falda y cotón de gamuza picada". (2)

Fuentes:

1.- Jiménez de la Rosa, Felipe. Ruta de Hidalgo 1810-1811. Lápiz y Papel de México. México, 1960.

2.- Martínez Álvarez, José Antonio. Miguel Hidalgo, marcha de la libertad. Consejo Consultivo Editorial del Bajío. Celaya, 2008.

Lo que sucedió a Calleja y el Ejército Realista luego de la batalla de Calderón


Eran las cuatro de la tarde, y el ejército realista, después de seis horas de combate en que varias veces estuvo a punto de ser completamente destrozado, acampaba vencedor sobre las posiciones de los independientes, apoderándose de ochenta y seis cañones, de varias banderas y de gran cantidad de armas, municiones y perterechos. La caballería persiguió a los fugitivos; el viejo conde de la Cadena, despechado por las derrotas que habían sufrido aquel día, se lanzó también en seguimiento de los dispersos pero llevado por su arrojo demasiado lejos, se vio de repente rodeado de enemigos y sucumbió lucahndo como bueno; y al día siguiente se encontró su cadáver lejos del campo de batalla y cubierto de heridas.

Fue la persecución activa y sangrienta, y aquél enorme ejército, cuyos jefes principales tomaron la dirección de Aguascalientes y Zacatecas, acuchillados sin piedad por la cabllería, iban dejando tras sí un reguero de muertos. Tal fue la Batalla de Puente de Calderón, que demostró una vez más la superioridad del orden y la disciplina respecto del número, "triste y tardío desengaño, dice un historiador [José María Luis Mora] pero muy útil a los que habían tomado por su centa la causa de la patria, que en lo sucesivo procuraron organizar sus fuerzas de otro modo y lograron prolongar la resistencia por diez años hasta el triunfo final que vino en 1821". Considerable fue la pérdida de los independientes en esta memorable batalla, auqnue no llega a expresarse en ningún documentooficial el número de muertos y heridos que en ella tuvieron; la de los realistas según las noticias más seguras, ascendió a quinientos de unos y otros, contándose entre las primeras el conde de la Cadena, como hemos dicho ya, y entre los segundos el general Emparán y el capitán don Gabriel Martínez, comandante del escuadrón de dragones de España. Unos y otros, indpendientes y realistas, pelaron ese día con igual bravura, y si al cabo la fortuna favoreció a los soldados veteranos, que de nada carecían y cuyo equipo y armamento eran brillantes, no fue sino a costa de inmensos esfuerzos; y más de una vez se vieron en peligro de ser destrozados; como lo dijo el mismo Calleja al virrey en un oficio reservado que lo dirigió al día siguiente de la batala. Proponía, además el brigadier español que se concediese a sus soldados un distintivo honorífico por las acciones en que habían combatido (el gobeirno español concedió poco después a los individuos del ejército del centro un escudo por premiode su valor en Aculco, Guanajuato y Calderón, Fernando VII agració a Calleja, cuando éte volvio a España, con el título de conde de Calderón). Y en esta ocasión se expresaba Calleja en los siguientes términos: "Este vasto reino pesa domasiado sobre una metrópoli cuya subsistencia vacila: sus naturales y aun los mismos europeos están convencidos de las ventajas que les restarían de un gobierno independiente; y si la insurrección absurda de Hidalgo se hubera apoyado sobre esta base, me parece, según obsrvo, que hubiera sufrido muy poca oposición".

"Nadie ignora que la falta de numeraria la ocasiona la península; que la escacéz y alto precio de los efectos es un resultado precios de espculaciones mercantiles que pasan por muchas manos y que los premios y recompensas que tanto se escasean en la Colonia, se prodigan en la metrópoli".

"En este estado, si no se acude prontamente al remedio, puede no tenerse; y contrayéndome al ejército, me parece de absoluta necesidad que por ahroa se les distinga con un escudo que en su orla exprese sucintamente las tres acciones que han libertado la América exceptuando unicamente de esta gracia al jefe, oficial o soldado que notoriamente se haya conducido mal, y colocándole al lado izquierdo del pecho..."

"Es menester acudir al remedio, y sococar las quejas en su orígen; y ya que haya dificultad en acordar premios y recompensas efectivas y útiles, no haya a lo menos en conceder distinciones de pura imaginación. Un laurel en la antigua Roma le produjo más victorias que hojas pendían de sus ramas. El ejército es el único apoyo con que contamos, y él es únciamente el que nos ha de salvar. Los pueblos no entran sino por la fuerza de sus deberes".

Calleja se mantuvo sobre el campo de batalla hasta el 20 de enero en que ocupó el pueblo de San Pedro inmediato a Guadalajara, donde se le presentaron los ministros de la Audiencia, el Ayuntamiento, el Cabildo Eclesíastico, los prelados de las religiones y los doctores de la Unviersidad protestando fidelidad acendrada al gobierno virreinal, los unos por lisonjear al vencedor del momento, y los otros por tener realmente vinculados sus intereses con los de la dominación española. No se engañó, empero, el suspicaz Calleja con aquellas ardientes demostraciones de adhesión, y aunque a todos contestó con templanza, escibiría ese mismo día a Venegas: "Aquí se me han presentado, después del medio día que llegué, los miembros de las corporaciones civiles y eclesiásticas con señales del mismo vivo reconocimiento al ejército que los ha libertado de la opresión en que vivían y del amor y fidelidad a su legítimo gobierno. He hecho entender a todos, en nombre de V.E., sus beneficios mirar y aunque no estoy seguro de la sinceridad de las expresiones de todos, he creído necesario usar del lenguaje de la benignidad para inspirar confianza".

Al día siguiente hizo su entrada en Guadalajara dirigiéndose desde luego a la catedral, donde se cantó el Te Deum acostumbrado. Tres horas depués llegó al frente de sus tropas el brigadier José de la Cruz, quién, después del combate de Urepetiro, ( Batalla de Urepetiro), forzó sus marchas para unirse al ejército del centro sin haberlo logrado antes de la batalla de Calderón. No obstante ser Calleja menos antiguo que Cruz en el grado de brigadier, quedó al mando en jefe de los cuerpos del ejército, acordándose luego que mientras el primero permanecía en Guadalajara arreglando el gobierno de la provincia, el segundo marcharía en breve sobre San Bals a fin de arrancarle el poder a los independientes. (1)

Todo el texto aterior fue extraído del libro México a través de los siglos. Hay un párrafo que me llama muchísimo la atención, ese donde Calleja dice de los acaparadores en la metrópoli, es decir, en la ciudad de México y, me hace reflexionar en que, han pasado doscientos años y las cosas no han cambiado en mucho...

Fuentes:

1.- Riva Palacio, Vicente. México a través de los siglos. Tomo V. Editorial Cumbre. México, 1984

Enlaces:

La correspondencia que sostuvo Calleja con el virrey Venegas se puede consultra completa, junto con muchos más documentos en la monumental obra de Juan E. Hernández y Dávalos, Colección de documentos para la historia de la guerra de indpendencia de México de 1808 a 1821. Originalmente publicada a mediados del siglo XIX y que ahora digitalizó la UNAM, la puedes ver aquí:

martes, 9 de noviembre de 2010

Estado de Jalisco, Cabezas número 137, 138, 139 y 140


Mapa del rancho de San Joaquín de las Calabazas, municipio de Acatic, Jalisco. Data de 1896. Colaboración de Sergio A. Cárdenas.


Jueves 17 de Enero de 1810. Mientras los franciscanos aseguran que Hidalgo volvió a Guadalajara al sobrevenir la malhadada derrota de Calderón, otros niegan tal hecho por considerar ilógico su retorno, en virtud de que cada jefe opta por el rumbo que mayor seguridad personal le ofrece el momento supremo, en tales casos, conjetúrase que volver a la ciudad tapatía era tanto como encajonarse o pretender ocupar puntos ya en poder de las fuerzas enemigas, sin duda alguna, siendo aun más peligrosa y aventurada tal idea cuando las tropas Insurgentes habían perdido la moral y mucho del armamento que poseían antes de la infausta acción y, en esos casos, solo se piensa en salvar distancias ya sea para reorganizarse o por protección personal.

Más bien se cree que la aseveración de los franciscanos en la cual se funda el ilustre historiógrafo tapatío Lic. Luis Pérez Verdía, se confunde con los que manifestan otros investigadores con todos los visos de veracidad "que fue Abasolo, quien volvió a la referida ciudad, ya anocheciendo y que para ocultar la derrota ordenó echar a vuelo las campanas del triunfo".

Don Lucas Alamán da como ruta seguida por el cura Hidalgo, después del desastre: Guadalajara, Zapotlanejo, Tepatitlán, Aguascalientes, Pabellón y Zacatecas.

El Licenciado Jorge Gurría Lacorix, señala: Puente de Calderón, Guadalajara, San Cristóbal de la Barranca, Tecatán, Cuquío, Yahualica, Nochistán, Teocaltiche, Tequexquite, Encarnación, Peñuelas y Aguascalientes.

Amaya, opina que pasó por: Ixtlahuacán del Río, rumbo a Cuquío, continuando a Yahualica, Teocaltiche; prosigue a Moyahua y Juchipila. El itinerario también ha sido desechado a exepción de Cuquío, Moyahua y Juchipila, en virtud de que, se le hace pasar por Aguascalientes, población que tocó Hidalgo, según testimonios aportados por el Dr. Avilés Solares, Topete del Valle y J. T. Vela Salas, en sus respectivos apunts históricos de gran valía para la historia de México.

Los ilustres historiógrafos: Luis Pérez Verdía, Luis Páez Brotchie, Luis Castillo Ledón y el Dr. José Avilés Solares se inclinan por el siguiente peregrinar: Vado de San Cristóbal, La Silleta, Estanzuela, Mezquital del Oro, Moyahua, Juchipila, San José de los Osotes, Apozol, Jalpa, Calvillo, San José de Gracia y Hacienda de San Blas del Pabellón.

El docto profesor José T. Vela Salas, Inspector Federal de Educación por muchos años en Aguascalientes y originario de la propia entidad, manifiesta que el recorrido del párroco de Dolores fue por: Cuquío, Apozol, Jalpa, San Pedro, Teocaltichito, San Jacinto, Tecongo, La Presa, La Mora, Cerro Blanco, Valle de Huajúcar, San José de Gracia, Hacienda de Pabellón, Arámbula, Ojo de Agua, Rincón de Romos, Escaleras, Cerro, Rosas, Laguna de Piedras y Chiquihuitillo.

Finalmente el erudito profesor Alejandro Topete del Valle, afirma que no regresó a Guadalajara y señala la siguiente ruta, manifestando que el cura Hidalgo, transcurrido el tiempo indispensble para reponerse del agobio que causara la desventurada acción bélica de Calderón, observa, acompañado de un grupo de personas (23) desde una loma a su ejército en desbandada, así como el camino a Guadalajara, diciendo al grupo que lo rodea: "Quien nos hubiera dicho ayer a estas horas lo que habríamos de ser hoy; a la vista tenemos un gran libro que no hemos tenido tiempo de estudiar por nuestros precipitados movimientos. Muy cara nos ha salido esta experiencia, pero ellos nos guiará, ¡Adelante, adelante, compañeros!" y luego montando a caballo emprende la marcha con rumbo a Cuquío, con su reducida comitiva, sin recursos económicos ni materiales, pasando previamente por Manatán. El propio profesor Topete del Valle asegura que de haber retornado a la Perla de Occidente hubiera cometido un acto temerario e imprudente, colocándose en situación comprometida, fácil de ser copado en virtud de que los puntos por donde debía pasar, ya estaban en poder de las fuerzas enemigas.

Además debe considerarse que como propósito principal de todos los jefes, era el de alejarse al norte encontrándose en circunstancias tan apremiantes como se encontraban, con mayor razón trataría de salvar en el menor tiempo posible, la mayor distancia por los caminos más seguros a fin de ponerse cuanto antes al amparo y protección de núcleos amigos, pensando seguramente en Aguascalientes, por encontrarse allí José Rafael Iriarte o se el cabo Leyton, tratando siempre de mantener contacto con las serranías por razones de seguridad, asilo y refugio en caso de emergencia.

La prisa que tenía, la comitiva en derrota, queda evidenciada con el ejemplo elocuente que dio a sus compañeros el gran sacerdote, quien bajándose de la cabalgadura para dar descanso a su bestia dijo: "este es el mejor modo de remudar en estos lances". De Calderón pasa por: Manatán, Rancho de San Agustín de las Calabazas, Tepetates, Tepeposco, Cuquío, Las Cruces y Tebaida.

Cuenta la tradición que a la llegada al Rancho de San Agustín de las Calabazas, encontraron como único sustento, unos cuantos aguacates que al ser repartidos, tan sólo uno tocó al párroco de Dolores, haciendo tales elogios del fruto que saboreaba, llegado a compararlo por su exquisitez con las ricas viandas que tomara en la cocina de San Felipe Torresmochas y en Dolores, lo cual causó regocijo entre el grupo de fugitivos que la segía, continuando con mucho ánimo su camino a: Tepetates, Tepeposco y Cuquío.

Arribando a este último poblado ya entrada la noche donde recibieron una impresión bastante satisfactoria según lo describe don Pedro García y que muy amenamente refiere el profesor Topete del Valle, en su estudo denominado "Ruta seguida por el padre Hidalgo", que tuvo la gentileza de enviar al que esto escribe.

Conclusión:

Cabeza número 137 debería estar en Manatán o Tacatán, Jalisco

Cabeza número 138 debería estar en Las Calabazas, Jalisco

Cabeza número 139 debería estar en Tepetates, Jalisco

Cabeza número 140 debería estar en Tepeposco, Jalisco

Fuente:


Todo lo aquí escrito ha sido tomado del libro Ruta de Hidalgo 1810-1811, del profesor Felipe Jiménez de la Rosa, editado por Lápiz y Papel de México en la ciudad de México, 1960.