viernes, 8 de julio de 2011

26 de octubre, 1838. Traslado de los restos de Iturbide a la Catedral de México.

En 1838 hubo un traslado más a la Catedral de México, este fue el del consumador de la Independencia, Agustín de Itrubide. Se dice que ha sido el funeral más fastuoso que registre la Historia de México. La escena que vemos corresponde a las honras fúnebres que se le rindieron en el templo de San Francisco, a un lado del que fuera su palacio imperial, la mansión más espectacular de la capital Novohispana, la del Marqués del Jaral de Berrio, mejor conocida en la actualidad como Palacio de Iturbide. En noviembre de 1833 hubo un decreto por parte de López de Santa Anna para trasladar los restos de Iturbide del lugar de su ejecución, Padilla en el actual Tamaulipas, a la Catedral. Debido a los convulsionados tiempos, esto no se realizó hasta la presidencia de Anastasio Bustamante, quien el 6 de agosto de 1838 emite un nuevo decreto para que, finalmente, el 22 de agosto sean exhumados los restos, encontrando también los de Manuel Mier y Terán, personaje no tan conocido que participó en la guerra de Independencia y que se suicidó en el camposanto donde estaba la tumba de Itrubide. El 24 y 25 de octubre, los restos de Iturbide se mantienen en el templo de San Francisco, el 26 hay una suntuosa procesión hacia la Catedral Metropolitana.

Sabemos bien que una de las celebraciones más pomposas que hubo a lo largo de tres siglos en la ciudad de México fue la del Corpus Christi, la cual incluía una procesión tan numerosa, solemne y suntuosa, que era algo que se antoja espectacular. Había la participación de miles de fieles, al grado que, a lo largo de lo que hoy es el centro histórico de la ciudad, por donde pasaba la Eucaristía se colocaba un toldo que sumaba tal cantidad de metros que, formaban, por que no decirlo, un par de kilómetros, de sombra para que por allí pasara el cortejo. Ese mismo toldo se colocó para que desde San Francisco, pasando por La Profesa continuara rumbo a la Catedral, la escena quedó grabada para la posteridad en el dibujo que ahora vemos. La calavera no estaba en buenas condiciones, hubo la necesidad de aplicarle cera para darle una mejor apariencia, así se exhibió, junto con los demás huesos, escenas de necrofilia que bien se pueden equiparar a las reliquias de los santos que, en algún momento de la Historia fueron tan venerados. Nos apoyamos en el estupendo trabajo de la doctora Velázquez Mantecón para enterarnos de lo que fueron estos ceremoniales:


"Ese día (24 de octubre), desde temprano, sonaron cada cuarto de hora las campanas de muchas iglesias y tronaron los disparos de la artillería, que continuarían después cada hora hasta el 26 que saldrían a su destino en Catedral. Durante estos dos días y fracción que los restos estuvieron con los padres franciscanos, se dijeron más de cien misas, algunas de réquiem -tanto en los altares laterales como en el principal- en un escenario elegantemente arreglado en el que sobresalían, sobre el lienzo negro que cubría el fondo, el verde, el blanco y el rojo de las banderas trigarantes que enmarcaban el catafalco y la enorme cantidad de velas encendidas que confundían su humo con el que salía de cuatro jarrones de plata maciza que hicieron las veces de perfumeros.


"La procesión de las cenizas a la metropolitana empezó a las once de la mañana y fue muy suntuosa [...] todo el trayecto se cubrió con la vela o toldo que se usaba en la fiesta de Corpus y participó tanta gente en el desfile que cuando los primeros llegaron a las puertas del templo, los últimos todavía no salían de San Francisco [...] los que desfilaron iban vestidos a todo lujo: militares, escuelas, cofradías, terceras órdenes, comunidades religiosas, clero, parroquias, cabildo metropolitano [...] la urna fue puesta en un carro enlutado con terciopelo negro, adornado con penachos cuyas plumas eran de los colores de la bandera mexicana. Jalaban el carro seis caballos negros cubiertos hasta el suelo de paño del mismo color [...] en la tarde tuvo lugar un pequeño acto fúnebre con misa, responsos y una oración toda en latín [...] las solemnes exequias fueron al día siguiente -27 de octubre- con la asistencia de las principales autoridades políticas del país [...] al final, pasaron la urna a la capilla de San Felipe de Jesús donde se le construirá un altar que los ha albergado hasta nuestros días". (1)


Fuente:

Vázquez Mantecón, María del Carmen. Las reliquias y sus héroes. Estudios de Historia Moderna y Contemporanea. IIH-UNAM. México, 2005.







"...El catafalco medía un poco más de nueve metros y en él se colocaron los restos en una urna de cristales con bronce dorado y con el águila nacional en su tapa. De nuevo es José Ramón Pacheco quien dio cuenta de que los huesos estaban sobre un almohadón de terciopelo negro "en un cuadrado tejido y piramidal comenzando por los fémures y los radios y acabando por las clavículas, atadas todas las piezas con listones para mantenerlas firmes". Ese cuadrado daba cabida a las vértebras, falanges y demás fragmentos, sobre los que estaba el cráneo, que remataba así la cima de la pirámide. En una cornisa sobre la que se sostenía la urna, pusieron los que llamaron sus "despojos": el sombrero y el manto que usó como fundador de la Orden de Guadalupe, su uniforme de "general mexicano", su banda, su bastón, su sombrero y su espada..."

2 comentarios:

  1. es excelente la forma de narrar un acontecimiento de esa magnitud para un patriota que si bien tuvo errores importantes niunca debio ser jusgado ta duramente por la historia y por sus gobernantes .todo hombre y mujer tenemos claro obscuros deberiamos tener mas objetividad y ser mas justos en nuestras apreciaciones en nuestros dias hay personajes que debian ser pasados por las armas por ser causantes de actos morbidos para la nacion que nos mira y nos observa felicidades amigos y adelate afectuosamente su amigo para lo que se sirvan decir alejandro

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