viernes, 2 de julio de 2010

Santiago Casandejé, municipio de Jocotitlán, Estado de México. Cabeza número 45

A esta estela de Cabeza de Águila la número 39 que encuentro y que correspondería a la número 53 de la lista “oficial” pude llegar gracias a la ayuda de uno de los taxistas que hacen el servicio colectivo hacia esta comunidad saliendo frente a la Terminal de autobuses de Atlacomulco. No tuve la precaución de anotar su nombre pero me llevó hasta dejarme frente a ella y me dijo como llegar a la de Coajomulco, solo que, poco presupuesto y a punto de oscurecer, me impidieron llegar al documentar la siguiente estela.


Estando aquí, en esta comunidad donde se respira el aire fresco de los bosques que, aunque ya no tan abundantes como lo eran en 1810, siguen, escasos, pero siguen allí. Santiago Casandejé está en una parte más alta, se puede dominar el valle donde se asienta la hacienda de La Jordana, valle que se prolonga hasta Atlacomulco. Seguramente cuando los Insurgentes acamparon la noche anterior debió haber sido un espectáculo que a la comarca impresionó, por un lado ver tal cantidad de gente, 80 mil cuando en aquellas comunidades, en el mejor de los casos eran 200 los que habitaban o 500 en las grandes haciendas…


En la noche la cantidad de fogatas que se quemaron debió haber provocado miedo en mucha gente que vio, por primera vez, tal cantidad de fuego iluminando el valle y yo me pregunto ¿cómo se habrán comunicado? Claro es que en español, en ese español rebuscado y casi barroco que se usaba en las clases pudientes, definitivamente no, pues, por un lado, el periodo barroco iba ya en declive, por el otro fuera de Hidalgo, Allende y algún otro de sus capitanes el español cultivado se hablaba, pero, en la tropa, en esa cantidad enorme de indios venidos de todas las comunidades por donde el ejército Insurgente iba pasando.


En Guanajuato se hablaba algo de Chichimeca y Otomí, al pasar por Zinapécuaro, Indaparapeo, Charo y Maravatío se le unieron gentes que pertenecían a las comunidades tarascas que hablaban en Puépecha, entrados ya en el valle de Contepec y el de Temascalcingo, los que se le unieron eran de lengua Mazahua y, seguramente, muchos hablaban el Mexicano, es decir, el Náhuatl, aquello debió haber sido una auténtica Babel en donde las lenguas del México antiguo, mezcladas con el Castellano y el Español Criollo hacían aun más complicada la tarea, las instrucciones debieron haberse dado en distintas lenguas, en las lenguas auténticamente mexicanas, las de la región central de nuestro país.


“Para la gente que ocupaba nuestra provincia, la señal fue espectacular: apareció entre El Oro y Temascalcingo una muchedumbre como de 60 000 personas de Guanajuato y Michoacán que, armadas con palos y machetes, gritaban contra el mal gobierno, aunque también vitoreaban al rey de España; querían acabar con los españoles y al mismo tiempo aclamaban la religión y a la Virgen de Guadalupe. Solo unos 2000 hombres eran soldados con regular armamento. Al frente de todos venía el cura Miguel Hidalgo y Costilla”. (1)


Me sigo sorprendiendo de las complicaciones que estos aguerridos tuvieron, no solo el frío y el hambre, ahora también, la comunicación y las costumbres que cada pueblo va encerrando en el modo de ver y entender las cosas, de ver y entender la vida…


Por cierto. Será bueno recordar que don Miguel Hidalgo además del francés y el italiano, el latín y el castellano, hablaba otomí, purépecha y algo de náhuatl. (2)


Fuentes:


1.- Jarquín, María Teresa y Carlos Herrejón Peredo. Breve Historia del Estado de México. FCE. Colegio de México. México, 1996.


2.- Delgado de Cantú, Gloria. Historia de México, el proceso de gestación de un pueblo. Pearson Educación de México. México, 2002.



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