domingo, 5 de septiembre de 2010

Itzícuaro, municipio de Morelia, Michoacán. Cabeza 100

La dirección tomada por Hidalgo y su, ahora si lo podemos decir así, cabalgata fue rumbo poniente, hacia la hacienda de Itzícuaro, por cierto, lugar cercano a los cerros de Batea y Molcajete, donde fuera la ejecución de los españoles, es decir el degüello. Y hacia allá enfilamos, fue un poco complicado pues no mucha gente conoce esta población, preguntando en la calle de Morelia, encontré finalmente un cristiano que me indicó como llegar, pero… ¿a cuál? Me preguntó. ¿Cuál? Dije, yo. Si, hay varios Itzícuaros, ¿a cual va usted?


Luego de que conté la historia de las estelas de Cabeza de Águila y ante el desconocimiento de lo que les contaba a mis interlocutores, enfilé al primer Itzícuaro, más conocido como San Juanito y no encontré nada, lo bueno fue que topé con una persona, ya anciana, que me dijo exactamente en donde se encontraba el Itzícuaro que yo buscaba, donde hubo una hacienda, así que, con lluvia pertinaz y luego de varios autobuses y el embotellamiento causado por la construcción del distribuidor vial poniente, llegué a lo que fue la Hacienda de Itzícuaro y sí, allí estaba el Águila.


Solo que no es el águila original, es una copia, igual a la que vimos en Indaparapeo, la que no guarda las proporciones adecuadas y que es una burda, muy burda copia de la diseñada por el maestro Chávez Morado. Como quiera, fue repuesta y colocada en el lugar debido solo que… está mal colocada pues apunta al oriente, es decir, hacia Morelia y si vemos lo esencial de la historia, Hidalgo salió de Morelia, no iba a Morelia, por lo tanto debería no estar apuntando rumbo poniente, sino más bien rumbo norte que es a donde continuaron su camino.


Si comenzamos a sacar deducciones y contamos la cantidad de caballos que llevaban a su salida de Morelia, es evidente pensar la cantidad de kilos, toneladas, para ser más precisos, de granos que se requerirían para alimentar a estos cuadrúpedos, por lo tanto, una rica hacienda con grandes trojes era necesaria en el camino para encontrar el abastecimiento necesario para que los caballos aguantaran el recorrido hasta Guadalajara y los puntos intermedios.


Era 17 de noviembre, al menos la gran mayoría de los historiadores, que no coinciden con la fecha de llegada de Hidalgo a Valladolid, si lo hacen con la fecha de salida, el día 17. Recién se había levantado la cosecha de maíz, ya había pasado un buen mes de ello, por lo tanto las desgranadoras estuvieron trabajando con afán, las trojes estaban llenas del grano, base del sustento humano y, ¿Por qué no decirlo? animal también. Así que las trojes de Itzícuaro seguramente fueron arrasadas.


En los últimos artículos de éste blog hemos hecho mucho énfasis al asunto religioso, una vez más lo haré, para ello me apoyo en Fernando Benítez: “Hidalgo, seguido de un puñado entró a Valladolid secretamente, cansado, abatido y hecho jirones. La ciudad permanecía fiel al antiguo rector de su máximo colegio e Hidalgo logró levantar un nuevo ejército, rehacerse y responder a los cargos de sus enemigos”.


Un manifiesto suyo donde contestaba los cargos de la inquisición fue leído en las iglesias: “Me veo en la triste necesidad –principiaba diciendo- de satisfacer a las gentes sobre un punto que nunca creí me pudiese tildar, ni menos declarárseme sospechoso para mis compatriotas. Hablo de la cosa más interesante, más sagrada y para mí la mas amable: de la religión santa, de la fe sobrenatural que recibí en el bautismo”.


“os juro desde luego, amados conciudadanos míos, que jamás me he apartado ni un ápice de la creencia de la Santa Iglesia Católica; jamás he dudado de ninguna de sus verdades, siempre he estado íntimamente convencido de la infalibilidad de sus dogmas, y estoy pronto a derramar mi sangre en defensa de todos y cada uno de ellos”


Era inútil que Hidalgo, un creyente convencido y un teólogo eminente, tratara de quitarse el sambenito de hereje que le colgaban tan injustamente los prelados de la Iglesia, convirtiendo un delito de orden político en uno religioso, porque en la lucha entre explotadores y explotados –y nuestra época sabe mucho de eso- se empleaban injurias, calumnias y mentiras bajo los disfraces más respetables.


La Iglesia excomulgaba y vejaba a un modesto cura de la Colonia por el crimen de querer libertarla pero no excomulgaba en España a los traidores que seguían al hermano de Bonaparte, según advertía Hidalgo en la nota humorística con la cual terminaba su manifiesto: “entre las resmas de proclamas que nos han venido de la península –decía- , desde la irrupción en ella de los franceses no se leerá una cuartilla de papel que contenga, ni aun indicada, excomunión de algún prelado de aquella partes, contra los que abracen la causa de Pepe Botella, sin que nadie dude de sus ejércitos y Constitución venían a destruir el cristianismo en España”.


El 17 de noviembre abandonó el refugio de Valladolid con siete mil jinetes y 240 infantes y emprendió el viaje a Guadalajara… (1)


Fuentes:


1.- Benítez, Fernando. La ruta de la libertad. Editorial Offset. México, 1982



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