miércoles, 28 de abril de 2010

El origen del movimiento de Independencia en Guanajuato.

Ojos de agua e inundaciones era cosa común en el Bajío durante el siglo XIX, aquí una escena en la Hacienda de Burras, municipio de Guanajuato.


En el artículo anterior vimos como, un año luego de iniciada la guerra de Independencia, la vida seguía su curso normal. En realidad fue, mayormente en el Bajío donde la lucha continuaba luego de los fusilamientos de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez, los levantamientos en esta parte central de la Nueva España seguían. Albino García, Andrés Delgado, Tomasa Estévez, solo por mencionar los tres salmantinos que seguían “al pie del cañón”. Pero… ¿Por qué fue precisamente en El Bajío donde se inició el movimiento Insurgente? Una buena base para entenderlo, es la que Mónica Blanco y su equipo nos ofrecen, a continuación transcribo una parte del capítulo relacionado a los años anteriores al inicio de la lucha armada.


Magníficas haciendas se levantaban en El Bajío, conocido como “el granero de México”. Aquí la Hacienda La Labor en el municipio de Apaseo el Grande.


El movimiento de Independencia encontró en el Guanajuato de 1810 los elementos propicios para comenzar una prolongada guerra, que sacó a flote las contradicciones del desarrollo de la región y que habían entrado en crisis durante los últimos años coloniales.


La insurrección surgió en la región y después se extendió a otras partes, abriendo camino a un número mayor de fuerzas políticas y económicas, unas ya manifiestas y otras latentes, las que al final condujeron a la independencia con respecto al gobierno español.


A lo lejos vemos la laguna de Yuriria, la que se levantara en las ciénegas que provocaban las crecidas del Río Lerma, obra maestra de la ingeniería Agustina del siglo XVI.


Desde que estalló la guerra de España contra la Gran Bretaña, hacia finales de 1804, las imposiciones y exigencias de la Corona sobre la Nueva España exacerbaron la inconformidad generada por las Reformas borbónicas en la Nueva España entre los grupos de poder. La precaria situación económica del gobierno español hizo que éste buscara una salida a través de la consolidación de los vales reales, lo que afectó directamente a la Nueva España. Al clima de inquietud se agregó la aprehensión de Fernado VII, a mediados de 1808, y la ocupación del gobierno de España por las fuerzas napoleónicas (Crisis política de 1808 en México). El colapso de la Corona española propició un fallido intento –encabezado por el virrey José de Iturrigaray y otros notables miembros del gobierno, como Juan Francisco Azcárate y Lezama, Francisco Primo de Verdad y Ramos y Melchor de Talamantes- de establecer un gobierno regido desde el cabildo, independiente del gobierno español.


Troje en la Hacienda de San Nicolás de los Agustinos, municipio de Salvatierra.


El virrey fue depuesto por la conspiración de Gabriel de Yermo, un reconocido comerciante español; pero, a partir de entonces, la inseguridad en el gobierno fue propicia para la ebullición de constantes debates y conspiraciones sobre el futuro político de la Nueva España. Las ideas de la Ilustración y sobre todo la forma de adaptarlas a la realidad colonial fueron el sustento de conspiraciones como la de Querétaro en 1810, en el poblado de Dolores.


Hacia el sur de la Intendencia de Guanajuato los límites los marcaba la Sierra de los Agustinos, aquí una vista en algún sitio del municipio de Acámbaro.


El boyante Bajío a finales del XVIII era escenario de una serie de contradicciones sociales, políticas y económicas, lo que facilitó el surgimiento de una revolución armada que enfrentó a distintos poderes. “La historia agraria del Bajío mexicano –afirma Tutino- ilustra un proceso social que transformó una sociedad agraria estable en un terreno abonado para los Insurgentes.” Las condiciones de estabilidad que hacia mediados del siglo XVIII habían prevalecido en la región comenzaron a revertirse. La relativa y amplia posibilidad de ocupación y subsistencia rural experimentó hacia 1785 deterioros considerables, transmitiendo dicho decaimiento hacia las áreas de producción textil y, en pocos años, también la minería entró en crisis.


De igual manera, entre 1808 y 1809 la población volvió a sufrir escasez, con lo que aumentaron los precios no solo de productos agrícolas, que eran la base de la subsistencia de la población, sino también los de los insumos de la industria minera, como el azogue.


Al sur de la Intendencia se ubicaba una próspera hacienda, quizá una de los latifundios más grandes, Santa Ana Pacueco, en el actual municipio de Pénjamo.


Las empresas textiles también fueron vulnerables a los vaivenes agrícolas de finales del siglo XVIII. La falta de empleo rural favoreció una mayor participación de la población agrícola en la producción de textiles, aun en condiciones muy precarias, y convirtió la industria de Guanajuato y del Bajío en una actividad dominada por el trabajo de maquila. La sobreproducción que esto implicó se tradujo en una baja de precios, sobre todo en los textiles, que se vieron más perjudicados por la apertura comercial. Como ya se mencionó, las empresas del Bajío competían en desventaja con las de Cataluña, cuyas exportaciones quedaron exentas de impuestos en 1780 y cuya apertura se extendió hasta 1786. La subordinación de los productos textiles a los mercados externos las hizo aún más vulnerables e inestables.


El río Lerma, Río Grande conocido anteriormente, irriga todo el Bajío, aquí a su paso por Pueblo Nuevo.


Hasta 1810 la minería había mostrado niveles de producción muy importantes, pero no por ello carecía de problemas, asociados principalmente a los costos de producción. Las grandes inversiones, que habían permitido obtener grandes ganancias, tuvieron que ser replanteadas a fin de lograr ahorros, los que naturalmente se buscaron en la mano de obra. En varias ocasiones se suprimió el partido, especie de comisión por producción extra que recibía el trabajador minero además de su salario base, y con frecuencia constituía su principal ingreso. Aunque esto no ocurrió en todas las explotaciones mineras, la amenaza a las tradiciones que habían permitido forjar el esplendor minero del siglo XVIII afectó a los trabajadores de ese sector, que, de ser –con todas las limitaciones del término- “la aristocracia laboral”, pasaron a ser los excluidos de la bonanza guanajuatense.


Al fondo el cono volcánico conocido como La Batea, característico del gran Valle de Santiago, la escena vista desde la Hacienda Camargo en el municipio de Cortazar.


Estas transformaciones en la industria minera y textil y en la agricultura de Guanajuato, en combinación con la crisis española, fueron el detonador de la revuelta armada. La violencia que caracterizó la insurrección de Hidalgo se nutrió en gran medida de la crisis regional. Para los pobladores de Guanajuato la adhesión al ejército insurgente no fue tan diferente a su experiencia, años atrás, de resistirse a la expulsión de los jesuitas.


Haciendo los límites de la Intendencia hacia el occidente llegamos a Los Altos, allí es donde se localiza la Hacienda de Cañada de Negros, en el municipio de Purísima del Rincón.


El texto ha sido tomado del libro: Breve historia de Guanajuato. Mónica Blanco y varios. Fideicomiso Historia de las Américas. FCE. México, 2000



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