domingo, 8 de mayo de 2011

Las mujeres de Mina, seis episodios de la participación femenina con el General Xavier Mina

Son tres los nombres que conocemos de mujeres que participaron de algún modo durante la campana del español Xavier Mina en México, una era haitiana, seguramente mulata, la otra una rica hacendada, de ellas conocemos medianamente sus nombres: La Marré y Manuela Herrera. Hubo una más, esa que la tradición popular le ha llamado María y hay quién le ha puesto por apellidos Soto la Marina y luego vienen las anónimas, muchas de ellas que vieron pasar al joven guerrillero que siendo español no peleaba en contra de los españoles, sino en contra de la tiranía del rey Fernando VII. Apoyándonos en la literatura que al respecto hay, conozcamos a estas mujeres guerreras que defendieron la idea de emancipación en nuestro país. Pretendo ser, en medida de lo posible cronológico.

Entre el 15 y 21 de abril de 1817 hace aparición en tierras de la Nueva España esta mujer que a decir de Miquel y Vergés "Se desconoce el nombre de pila de esta mujer francesa. Natural de París, se unió, después de haber estado en Colombia, a la expedición de Xavier Mina. Contaba entonces 52 años pero conservaba, según declaración de Andreas "encantos de juventud". (1). En sus Memorias, William Davis Robinson nos da una relación más completa acerca de quienes la nombran como La Mar y que el historiador Ortuño le da el nombre correcto a su apellido, el cual es La Marré. "Para hacer ver la conducta que observaban las autoridades de México con todo lo que pertenecía a la división de Mina, referiremos lo que hicieron con una francesa que había venido en ella desde Galveston. Esta mujer extraoridnaria se llamaba La Mar. Había residido antes en Cartagena y distinguiéndose muchas ocasiones por su intrepidez y su odio al partido realista en Soto la Marina no cesó de cuidar con el mayor espero a los enfermos y heridos, y durante el sitio, mostró el brío de una amazona.
En la marcha de Altamira y Tampico, aunque expuesta continuamente a las chanzas y desprecios de la escolta se sostuvo con la mayor fortaleza. Sirvió de gran consuelo a los prisioneros, tanto por su buen humor como por sus auxilios que les proporcionaban. Fue enviada a Veracruz y destinada a servir en un hospital en las más penosas y repugnantes ocupaciones. Al fin pudo escaparse, dejando una carta al gobernador de Veracruz y otra al virrey llenas de amargas reconvenciones por las violaciones de la capitulación, y amenazándolas con la venganza de los patriotas. Llegó a la división de Guadalupe Victoria, con la que permaneció algún tiempo, pero tuvo la desgracia de caer otra vez en manos de los realistas.
En julio de 1819, fue trasladada a Xalapa y obligada a servir en una familia particular. En vano presentó memoriales pidiendo permiso para regresar a su país. No lo consiguió y quedó en penoso cautiverio. (2)

Era ya 15 de junio del mismo año, 1817, cuando se dio el enfretamiento en el Fuerte de Soto la Marina "apenas el enemigo había empezado a hacer uso de la primera batería, cuando dispuso guarnecer el río con la infantería ligera de Fernando VII a fin de que la guarnición no pudiera proveerse de agua. El tiempo estaba serenísimo, y poco después del amanecer el calor era insoportable. Con estas circunstancias y con el continuo trabajo de la tropa, empezó a sentir una sed insoportable. Con estas circunstancias y con el continuo trabajo de la tropa, y aunque el río estaba a pocos pasos, tan destructor era el fuego de la infantería, que ni aun los hombres m's valientes se atrevían a acercarse a la orilla. Entonces fue cuando una heroína mexicana viendo que los hombres empezaban a desmayar salió intrépidamente del Fuerte y en medio de un diluvio de balas, pudo, sin recibir daño alguno, llevarles el agua". (3) Al respecto don Manuel Ortuño nos comenta en una atenta nota para este blog que "Cuando María trajo agua a los que resistían en el fuerte, comandaba a los insurgentes el mayor catalán Josep Sardá al que Mina había dejado encargado de resistir el asalto de las tropas del brigadier Arredondo….Mina ya estaba tratando de subir hacia el altiplano camino de Guanajuato, vía San Luis y Peotillos, con sus 300..."


Mientras que eso sucedía en el Fuerte de Soto la Marina en la costa del Golfo de México, a unos trescientos kilómetros de distancia, en el actual estado de San Luis Potosí, donde se ubica la Hacienda del Espíritu Santo, las cosas no marchaban nada bien, era el 16 de junio: "En la hacienda del Espíritu Santo, abandonada por el dueño y todos los hombres -aunque fortificada- las mujeres salieron en procesión con la imagen de la Virgen. Imploraban que se les ahorrasen los atropellos de que se creían amenazadas, y casi tomaron a milagro el ver aquellas tropas respetaban personas y cosas y lo pagaban todo con dinero". (4)


Era ya el 8 de agosto cuando el sito del Fuerte del Sombrero estaba en su punto más álgido, la participación de las mujeres fue notoria, pero las consecuencias de su participación no le fueron nada favorables, de su paradero no sabemos nada: "De allí a poco la situación del Sobrero se hizo insostenible; casi no quedaban municiones, no había agua ni víveres. Los realistas dejaban que las mujeres y los niños bajaran a la barranca a beber; pero una noche, siendo muchas las mujeres, los soldados enemigos las sorprendieron y se las llevaron presas". (5)


Doña Manuela Herrera.

La dama de este nombre que tanto llamó la atención pública en su tiempo, por su inteligencia despejada, personal denuendo, conducta ejemplar y desprendimiento patriótico, fue una joven rica en bienes de fortuna, que con el mayor entusiasmo lo supo emplear en el fomento de la causa que sostuviera la Independencia Mexicana. Siendo todavía menor de edad, vivió con su madre y un hermano suyo en una de sus haciendas, y como por esos días estalló la revolución de mil ochocientos diez, la joven citada desde luego manifestó sin embarazo las simpatías que le inspiraban el grito de Dolores, de tal suerte, que cuando llegaron los Insurgentes a su misma Hacienda, al instante les ofreció la más espontánea hospitalidad y cuanto ahí había lo puso a sus órdenes para el desenvolvimiento de la campaña.

Falleció su madre que era la única persona que la exortaba a conducirse con cautela, para evitar compromisos en lo porvenir. Entonces nada pudo contener sus liberalidades, porque profesaba el principio de que todo pertenece a la patria cuando esta se halla en peligro y se trata de su salvación. Bien pronto su nombre fu uno de los más populares, y ello fue origen de que la señorita Herrera sufriese una serie de importunios y penalidades que solo pudo soportar con la fortaleza del patriotismo.

Como es bien sabido, después de la primera campaña de la Guerra de Independencia, se desarrolló una terrible reacción realista, que puso en riesgo las ideas y sentimientos de los buenos mexicanos. Una fuerte partida de defensores del rey se acercó a la hacienda de doña Manuela, con un encono manifesto en contra de ella, por lo que desde luego conoció que nada bueno debía esperar. Sin embargo no se amedrentó, y antes por el contrario, con bríos de mujer numantina (Defensa numantina) puso fuego a su hacienda y a todo cuanto poseía para que no prestase utilidad a los enemigos de la patria. Luego se lanzó a la lucha, y perseguida de cerca por el feroz guerrillero realisra Encarnación Ortíz, conocido con el apodo del Pachón, no consiguió darle alcance.

Cuando el célebre español don Francisco Xavier Mina se presentó en el territorio mexicano, con objeto de derrocar la tiranía de sus paisanos, doña Manuela Herrera y su hermano se le presentaron ofreciéndole sus servicios. La joven lo hospedó en su rancho de El Venadito, más en este lugar recibió una sorpresa y tanto el nuevo caudillo como la señorita Herrera fueron hechos prisioneros. Doña Manuela fue conducida a otro punto, amarrada, descalza y a pie por una soldadesca desenfrenada que de ella se mofaba, hasta que, habiendo inspirado compasión al jefe Orrante, le mandó poner en libertad absoluta.

Dotada de un temple a toda prueba nunca quiso ampararse al perdón ni aprovechar la devolución que de sus bienes se le ofrecía prefiriendo mejor en los días en que pareció extinto el sacro fuego de la patria vagar al acaso por sendas desconocidas y campos agotados por el azote de la guerra como una mendiga desterrada de su propio suelo que sujetarse al sello infamante del realista. En cierta ocasión en que llevando esa tan miserable existencia llegó a un punto solitario donde se encontraban unas fuentes termales, se quitó sus vestidos y los echó al agua caliente con objeto de matar los parásitos de que estaban pletóricos. Ella se puso a bañar, más grande fue su desconsuelo porque al recoger su ropa la encontró enteramente deshecha por la acción de los minerales de dicha agua.

No le quedó más recurso en su plena desnudez, que refugiarse en una gruta inmediata, donde arregló un sendal de hojas para cubrirse. Y hubiera continuado en aquella vida salvaje, si casualmente no la hubiesen visto unas indias que, asombradas y compadecidas le facilitaron una falda de jerga y una camisa convertida en guiñapos.

Por lo expuesto se comprenderá, como en las regiones donde existen mujeres de tal índole no es posible echen profundas raíces el monstruo cardo del despotismo y la esclavitud. Esta fue doña Manuela Herrera, cuyo supremo ideal fue siempre el que México llegase a figurar en el grupo de las naciones cultas y modernas, de un modo libre, próspero y feliz". (6)

Y ya para terminar es el 19 de Agosto que vemos mencionar, en este caso a don Martín Luis Guzmán, otra participación de mujeres en otro de los fuertes Insurgentes levantados en el actual estado de Guanajuato: "La mujer y los hijos de Moreno y las familias de otros caudillos quedaron en poder del vencedor; los enfermos y heridos fueron pasados por las armas. A los prisioneros restantes se les empleó en destruir las fortificaciones, y, concluida su tarea, 200 de ellos -todos menos los niños y las mujeres- fueron fusilados también". (7). Estos son apenas unos datos más que podemos rescatar acerca de la participación de la mujer en la guerra de Independencia de México, cientos más quedarán en el olvido y cientos de ellas en el anonimato, lamentablemente...


Fuentes:


1.- Miquel i Vergés. Diccionario de Insurgentes. Editorial Porrúa. México, 1980.

2.- Robinson, William Davis. Memorias de la Revolución de México y de la expedición del General Mina. Traducción de José Joaquín de Mora. Londres, 1824.

3.- Robinson. Op. cit.

4.- Guzmán, Martín Luis. Javier Mina. Grandes Novelas de la Historia Mexicana. Conaculta, Barcelona, 2003.


5.- Guzmán. Op. cit.

6.- Hernández, Carlos. Mujéres Célebres de México. Casa Editorial Lozano. San Antonio, Texas. 1918.

7.- Guzmán. Op. cit.





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